Esta novela gráfica corresponde a la primera parte de una trilogía que se ambienta en la época de transición entre las dos Guerras Mundiales.
De corte intimista, Berlín no pretende contarnos grandes historias heroicas o tramas apasionantes a las que estamos acostumbrados en narraciones que se centran en las guerras, sino que se fija en lo pequeño.
Su personajes son corrientes muestras de la población alemana de la época: un burgués, un judío, un pobre… y como tal se ve reflejado en su singularidad, reflejando los miedos y expectativas.
Lo que consigue Lutes es contar cómo se vivía en esta época obviando lo que se cuenta en los libros de historia. Es decir, cuenta sobre el comunismo desde el punto de vista del ciudadano, la desconfianza de los acontecimientos que se van dando lugar desde la visión de la persona de a pie, sin analizar tendencias, teorías ni ideas.
Utilizando únicamente el blanco y negro y con el simple trazo de su lápiz, nos muestra una historia de sensaciones, de gestos, de emociones.
Juntando todo lo anterior, consigue que el lector tenga la sensación de cercanía para con los personajes. Si en otras novelas se da la imagen de que los que vivieron en esa compleja época eran héroes o villanos, aquí estamos ante la visión opuesta.
En definitiva, es una novela que me ha gustado. Deja un sabor de boca de tristeza por cómo encara los acontecimientos, pero es inevitable teniendo en cuenta los temas que trata. Otro ejemplo de la gran calidad de las novelas gráficas, y de lo bien que sirven para alternar con otros libros o bien en épocas en las que disponemos de poco tiempo.
¿Por qué leo a Pla? ¿Por qué continúo con la lectura de un libro que comencé hace ya un año?
Pues porque cuando tengo poco tiempo, cojo El cuaderno gris y me encuentro con esto:
21 de marzo.- Inicio de la primavera. Biblioteca. Mientras traduzco a Renard pienso que es más importante dominar un oficio cualquiera que poseer una curiosidad dilatada, vastasísima. La curiosidad se puede improvisar; un oficio no. La curiosidad es superficialmente agradable pero deja un cierto vacío amargo por dentro. Un oficio es monótono y pesado pero tiene momentos de una voluptuosidad fascinadora que compensa de la monotonía.
Un hombre equilibrado debe ser aquel que, mirado por un lado, presenta unas cualidades y, mirado por el lado opuesto, unos defectos.
De todos los anuncios que he visto en Barcelona -y los hay muy bonitos- el que por su vaguedad me ha impresionado más es éste: Primeras Comuniones, de 6 a 8. Otro anuncio magnífico: El Considerado. ¡Qué perfume tiene de barcelonismo!
En el Journal d´un poète de Alfred de Vigny, hay una frase en cursiva. Ésta: L´esperance est la plus grande de nos folies. Es una frase de una apariencia terrible y que, a pesar de todo, quizás es plausible y muy puesta en el nivel de la vida. Si se puede llegar a vivir al margen de lo que Vigny llama la mayor locura, cualquier cosa agradable que os ocurra, por muy pequeña que sea, os deslumbrará de felicidad. A los que, por el contrario, viven en las alucinaciones de la esperanza, todo lo que les ocurra, por más fascinante que sea, les parecerá poca cosa, una miserable pequeñez ridícula. Vivir en la esperanza es vivir en el desencanto continuado y sin remedio.
Después, coloco el marcapáginas en el libro y miro al vacío.
Más o menos dos minutos después me doy cuenta de que tengo la boca abierta.
Año nuevo, vida nueva, dicen. No voy a llegar a tanto, pero, en ocasiones, cuando termino un libro me pasa por la cabeza que lo mismo podría despellejarlo que no. En muchas ocasiones no lo hago: despellejo cuando está en el lado oscuro. Pero sin embargo, hay muchas que no me convencen. Que podría hablar bien o mal, según lo que quisiera reflejar en lo escrito.
Portada de "Ordeno y mando", de Amélie Nothomb.
¿No os ha ocurrido nunca? ¿No habéis leído novelas que no eran nada del otro mundo? ¿Que se quedaban en lo grisáceo, con la seguridad de que dentro de un tiempo no sabríais decir de qué trataban?
Pues bien, he decidido probar a hacer eso mismo: hablar bien y mal al mismo tiempo. No miento ni en una ni en otra opinión, son más bien la separación de mis dos mitades. Una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Dr. Jekyll
Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo, no avise a la policía. Esta es la recomendación que le hace un conocido a Baptiste Bordave.
Quién sabe si por el destino, la casualidad o la fatalidad, al día siguiente de tener esta conversación, una persona fallece en su casa. ¿Y qué hace nuestro protagonista? ¿Seguir a rajatabla el consejo? Sí, pero es que además va más allá: decide intercambiarse por el muerto. De buenas a primeras, Bordave pasa a ser de un solitario pobre a un ricachón que posee una villa y una mujer.
Nothomb consigue enganchar al lector desde la primera página, al sorprender con la trama inicial, al inocularnos el gen de las ganas de saber más, qué pasará, cuándo y por qué.
¿Con quién se ha cambiado Bordave? ¿Qué secretos tiene? Desde el momento en el que el protagonista sale de su casa con ganas de ser otra persona se crea una trama a medio camino entre una novela policía y las novelas a las que nos tiene acostumbrados la belga.
Porque es claro que, antes o después sucederá algo que haga desenmascarar al protagonista, abandonar su sueño del cambio de vida; pero al mismo tiempo Nothomb consigue que sintamos lástima por él, que nos pongamos en su lugar, que nos planteemos cómo sería un cambio de vida. Esto lo intercala con sus frases críticas (que más bien parecen autocríticas) que van floreciendo a lo largo de toda la historia.
Así, la autora consigue, como siempre, una novela muy dinámica, plagada de diálogos, en la que uno se pone a leer un rato y acaba leyéndoselo casi entero. Porque otra de las cosas que caracterizan las novelas de Nothomb es que sus novelas, sean autobiográficas o no, siempre son muy cortas, novelas con las que evadirse de las preocupaciones y que se pueden leer de una sentada.
Mr. Hyde:
Nothomb consigue un buen punto de partida: un muerto y un intercambio de vidas.
Lo confieso: es un inicio prometedor. ¿Qué pasará? ¿Cómo se darán cuenta de que se ha cambiado de vida? Teniendo en cuenta que el librillo tiene poco más de 150 páginas no se puede andar por las ramas… ¿verdad?
Sí y no. Se pasa rápido pero no porque interese en demasía lo que nos cuenta, sino porque según vamos pasando las páginas (esas páginas con un tamaño de letra gigante) esperamos que suceda algo, que nos muestre alguna cosa, que haya más trama aparte de la inicial.
Y de repente, llegas al final. Y te quedas mirando la página en blanco que llega justo cuando se termina el libro. La miras. Sigue en blanco. Luego lees la siguiente: “Impreso en Sant Boi de Llobregat”. Y te preguntas ti mismo si ese es el pueblo en el que nació Pau Gasol. Pero después te das cuenta de que no deberías estar preguntándote eso, así que te dices a ti mismo: ¿pero cómo, ya se ha terminado? ¿Así de repente? Y te das cuenta que has leído una historia que probablemente ni recuerdes cuando te dé por escribir la reseña.
Al final, vuelves a mirar la portada. Y entonces, por fin, en voz alta, preguntas: Amélie, ¿eres una buena novelista o cuentas muy bien tu historia? Me temo que es lo segundo, así que tienes un problema. Sí, lo tienes. Porque una vez que cuentes todas las cosas extravagantes que te han sucedido en la vida, estás vendida. Tus lectores seguirán esperando tus libros y poco a poco, se darán cuenta de que lo de inventar se te da mal.
Después te verás obligada a comentar cosas que te contaron que le pasó a otra persona, pero para que la coja enganche al lector dirán que te pasaron a ti; y a partir de ahí la cosa no mejorará, porque tus lectores se darán cuenta de la farsa. Se darán cuenta de que inventando pierdes la chispa, te quedas a medio camino, no consigues embaucar al lector con las frases extrañas que se te pasan por la cabeza. No los haces reír. Simplemente consigues que te lean porque tus novelas son cortas, se leen rápido y no eres tonta. Sabes que no aguantarían libros con tres tomos, como los de otro escritor japonés, o que la profusión de descripciones te pone en evidencia.
Eres una autora de diálogos, de personajes raros, pero sobre todo, de historias cotidianas. No puedes ser como los demás, no puedes inventarte una búsqueda de un carnero por el medio de un bosque o que un personaje se vaya a un mundo ficticio lleno de podredumbre.
Tú eres una escritora de lo cotidiano: de las relaciones humanas, del amor, del trabajo, de todas esas cosas que nos pasan a los que no escribimos. Cogemos tus libros para dejar de pensar en lo que tenemos por la cabeza, para ver qué ideas se te pasan por la mente. No para leer tramas que mezclan la novela negra edulcorada con tus diálogos de siempre, porque no cuela.
Así que no, querida Amélie. No me convences en esta faceta. Eso sí, leeré tus libros autobiográficos, que a estar como una chota no te gana nadie.
¿Un IMM publicado hoy? ¿Antes de que vengan los Reyes Magos? Qué raro, ¿no?
Pues quizá sí, pero el motivo de la aparición de estos nuevos libros es, simplemente, porque llevo mucho tiempo pensando en enseñároslos, y como apenas tengo tiempo para sentarme a escribir, lo he ido atrasando.
Sin más dilación (¿a que parece una entradilla para entregar un Óscar?), los libros que os voy a enseñar hoy son:
Las torres de Trebisonda, de Rose Macaulay. Me llamó la atención por la sinopsis: un estrambótico grupo por Oriente Medio… no sé por qué, pero me recordó a Willy Fogg.
Castilla y otras islas, de Jesús del Campo. Un recorrido por fortalezas, castillos y campos de esta tierra tan desconocida para algunos y tan presente para otros. Me recordó a Una habitación en Holanda por la mezcla de historia y geografía y me apeteció leerlo.
Esto es todo por hoy. Prometo volver en breve con alguna reseña, que son ya varias las que se me acumulan. Mientras tanto seguiré leyendo uno de los libros que conforman los 50 libros para leer antes de los 30… ¿adivináis cuál?
Sé que habéis sido buenos, así que espero que los Reyes Magos os llenen de regalos. 🙂
Llega el momento de la tercera y última parte del resumen de 2011.
Me alegra poder decir que este año ha sido muy bueno en cuanto a las lecturas que más me han gustado, y eso implica en que me ha sido difícil elegir cuáles debían de quedar fuera de esta lista.
Para facilitar la tarea, voy a dividir lo que más me ha gustado en dos: unos, los que son entretenidos, y me han gustado y los otros son los que más me han gustado de todos (en ambos casos, el orden no implica jerarquía).
Entretenimiento y algo más.
Tokio blues. Norwegian Wood. Haruki Murakami. Bastante comenté ya en aquélla entrada. Pues bien, si Murakami no me convenció en otras ocasiones, en esta historia de melancolía y amor sí que lo hizo. De momento el libro que más me ha gustado de lo poco que he leído de él.
Recuerdos de un callejón sin salida. Banana Yoshimoto. Una completa desconocida que llegó a mis manos por casualidad, y que con su melancolía y delicadeza me convenció completamente con estos relatos que nos ofrece en esta edición.
La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Junot Díaz. Uno para desengrasar. Más frívolo que los que figuran aquí, más superficial, más nerd. Una novela que figuraba desde hace mucho entre mi lista de pendientes y que por fin leí en 2011.
Una temporada para silbar. Iván Doig. Una tierna historia que tiene como protagonista a una familia estadounidense al contratar a una nueva doncella.
Cuatro hermanas. Jetta Carleton. Otra preciosa novela de Libros del Asteroide, en este caso la visión de una familia cuyos componentes tienen mucho que contar. He dudado si ponerla en el otro apartado. Muy recomendable.
Vive como puedas. Joaquín Berges. Otro descubrimiento: en este caso se trata de una historia muy divertida pero que al mismo tiempo tiene mucho de real. La mezcla resulta interesante:
El infierno de los jemeres rojos. Denise Affonço. Muy duro. No sé si me dieron más miedo los brutales actos que se cometieron o que se aconteciera en la década de los setenta. Hace cuatro días.
Joyas o lo que mejor he leído en 2011
El ruletista. Mircea Cartarescu. Todo un descubrimiento, este autor que no conocía de nada. Y de repente llega y con un librito de apenas ochenta páginas me hace pasar un mal rato, me incomoda y me estresa.
Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig. El primer libro que leo del austríaco y doy fe de que no será el último. Su pulcro estilo y su mezcla entre historia y novela son dos rasgos suficientes como para decidirse a leerle. Y por qué no, con este libro.
Plenilunio. Antonio Muñoz Molina. Ya era hora. Sí, ya era hora de que leyera un libro de Muñoz Molina. Salí encantada, por ese estilo, por el modo de encadenar las frases. Lo que otros lo hacen difícil, él lo hace fácil. Si tuviera que compararle con su contemporáneo Marías, diría que Marías sale perdiendo. Pero bien es cierto que me queda mucho por leer de ambos. ¿Alguna sugerencia?
El arte de volar. Antonio Altarriba y Kim. Si tuviera que escoger la novela gráfica que más me ha gustado, sería ésta. Por lo brutal de la historia y porque además es cierta y nos pilla muy cerca. Con permiso de Asterios Polyp es la novela gráfica que más me ha gustado.
La ofensa. Ricardo Menéndez Salmón. Lo trágico, la guerra, la incertidumbre… estos temas se tratan en la novela utilizando un estilo que roza lo poético, con una elección muy cuidada de las palabras. Para releerla, sin duda alguna.
El inicio de la primavera. Penelope Fitzgerald. A Fitzgerald ya la conocía por La librería, pero esta novela me aportó mucho más. Por la forma: el impecable estilo de la autora. Por el fondo: una compleja novela que encara diversos aspectos del Moscú de principios del siglo XX. Redonda.
El siglo de las luces. Alejo Carpentier. La Revolución Francesa desde el otro lado del Atlántico. Una novela superlativa.
Los enamoramientos. Javier Marías. Cuando leí que Marías hablaba de asesinatos en su última novela, me extrañó. Por supuesto, se equivocaban. La muerte la utiliza como punto de partida para hablar del amor y de la ausencia. El autor tiene su propio estilo: si te gusta, es una apuesta segura. Si no, mejor pasa a otra cosa.
Las partículas elementales. Michel Houellebecq. Un autor del que mucho se ha dicho y al que leí, por primera vez en 2011. Un acercamiento acertado. Una novela que tiene de todo. Es muy inteligente este francés.
Y vosotros, ¿cuáles son los libros que más os gustaron de 2011? ¿Tenéis alguno para recomendarme?
Esto es todo por el momento. En breve, más reseñas de libros que leí en 2011 pero que no me dió tiempo a reseñar.
¡Feliz 2012 a todos! (y si es el fin del mundo, que nos pille leyendo) 🙂
Pasamos ahora con los libros que no me han gustado. Revisando los títulos que he leído durante este año me ha sorprendido que la mayor parte de los libros me han gustado y bastante. Por eso ha sido fácil hacer esta lista, que he decidido dividirla en dos apartados:
Lo peor que he leído en 2011
Es decir, comparativamente los libros que no me han aportado nada, que no es que no me haya convencido la trama, sino que además me han aburrido, han sido previsibles, entre otros aspectos.
Ola de calor, Richard Castle. Ya me tenía que dar en la nariz al saber que se trataba de un libro sacado a raíz de una serie de televisión. Pero no, como me gustaba la serie probé. El libro no vale nada. Es como un capítulo pero leído se hace muy pesado. Aburre.
El ángel perdido. Javier Sierra. Como ya he comentado muchas veces por aquí, tener las expectativas demasiado altas es un problema. Sierra lo vendió tan bien que estaba segura de que me iba a gustar mucho. Batacazo. Ni engancha, ni se sostiene, ni hay intriga ni nada de nada. Llegué a saltarme párrafos por si después se animaba la cosa, pero no resultó. Si un libro que promete intriga no la tiene no puede ser sino un libro malo.
¡Indignaos! Stéphane Hessel. El rey de la corona. El folletín del que todos hablaban, que parecía que nos hacía replantearnos nuestra existencia. Y al final leyéndolo uno se da cuenta de que Hessel no hace más que marear, arengar, contar historias repetidas, decir cosas de perogrullo. Salí muy cabreada con este libro.
Decepciones
Novelas que no llegan a ser de las peores pero que están cerca. Decepciones porque he tenido buenas experiencias con sus autores en el pasado y sin embargo ahora me han hecho dudar de mi opinión.
El cementerio de Praga, Umberto Eco. Ay amigo, ay, señor Eco, que esperaba su libro como agua de mayo y voy y me encuentro con esto, con esta patraña cortapega de otras novelas suyas. ¿No sabe que no puede hacer eso? ¿Que no puede coger los capítulos que no le sirvieron de otras novelas para ponerlos en esta? Vamos a dejar las cosas claras. Habiendo reposado su lectura y rememorando lo que me ha parecido la novela creo que Eco tenía un plazo para escribir la novela. Escribió un tercio del libro, no llegaba a tiempo y después para completar las páginas que le pedía el editor, incluyó fragmentos descartados de otras novelas suyas. Esta es mi plausible explicación. Y espero llevar razón. Porque si no, no entiendo cómo este señor, que escribía tan rebien ha podido publicar una patraña tan grande como lo es esta novela. Una ida de pinza, un desvarío de señor mayor.
El evangelio de Jesucristo. Jose Saramago. En este caso, la cosa cambia un poco. El libro del portugués es denso, pesado, arduo. Al menos tiene una trama clara, al menos se puede proseguir enterándose del asunto. Al menos. Lo cual no quita, como ya comenté en la reseña, que sea un libro demasiado complejo y que directamente sobren páginas. ¿Mereció la pena leer 300 páginas sólo por el final? Sí y no. Pues eso, que esperaba más.
Como todos los finales de año, es el momento de repasar. De echar la vista atrás y pensar, cuáles han sido los mejores y los peores momentos. Así que, en lo que aquí respecta, toda revisar los libros leídos. A lo largo de esta semana podréis ver por aquí “lo más de lo más”. Lo que más me ha gustado, lo que menos, lo que más recomiendo.
Empezaremos por lo fácil.
Abandonos
En este apartado figuran los libros que no he conseguido terminar. Son estos:
Los horrores del escalpelo, Daniel Mares. Conseguí leer unas 150 páginas. La historia no pintaba mal, pero el modo de plantearlo era muy farragoso: saltos temporales, lentitud en las descripciones… eso junto con la pésima edición (aunque por fuera se apreciaba un gran cuidado, por dentro la cantidad de errores ortográficos impedía incluso la lectura). Hasta hoy pensaba que lo había reseñado en el blog, pero me acabo de dar cuenta que no. Os dejo la opinión de algunos de mis compañeros para que juzguéis por vosotros mismos. La reseña de Carol, aquí. La de Atram, pinchando aquí.
Sábado por la noche, domingo por la mañana. Allan Sillitoe. Comenté en su momentoque la entrada me parecía preciosa. Lo era.
La preciosa portada de Impedimenta del libro de Sillitoe
El protagonista es un joven obrero que trabaja de sol a sol. Su aburrida vida la trata de endulzar los fines de semana, bebiendo alcohol sin parar en el pub de turno. En ocasiones me recordó a Germinal, por su realidad, por la forma de encarar las descripciones y lo marcado de sus personajes. El problema fue que la trama me pareció débil. No terminaba de arrancar, no pasaba nada, era un libro estanco. La casualidad quiso que Aramys anduviera leyendo el mismo libro. Le pregunté que qué le parecía. También lo dejó. Y creo que ambos a la mitad. Tengo la impresión de que fuerte de la trama venía después, pero me pudo la impaciencia y lo dejé.
La novela de Genji. Murasaki Shikibu. Ejem. Aquí está. La doy oficialmente por abandonada. Leí prácticamente la mitad de un tirón. Pero después comencé a relegarla al papel del libro secundario, y ya avancé muy poco. Cada vez que lo cogía leía menos y con menos ganas. Le he dado oportunidades, me he sentido mal conmigo misma por verla tanto tiempo en la mesilla. Pero con este párrafo me libero. Lo dejo. Auf, menos mal.
La novela de Genji es una pedazo de historia que nos traslada al Japón del siglo X. Decía Isi que era como teletransportarse y llevaba razón. No sólo por el lugar y la fecha en la que se escribió, sino por el modo que tiene Shikibu en contar la historia. Lo primero que me sorprendió fue lo fácil que se lee y lo digo porque comparado con otras novelas de esa época esta novela fluye bastante. Entonces, ¿por qué la has abandonado?, preguntaréis. Por una mezcla de motivos. Lo primero, hay una ingente cantidad de personajes. La edición de Austral tiene al inicio una relación de todos ellos que ayuda a situarse (pero si lees de más te spoilean y santaspascuas). El problema es que al tratar de compaginar esta novela con otras, se van olvidando quién es quién y eso complica continuar con la lectura. El segundo es la repetición de temas. Si tuviera que buscar un símil (aunque sea a lo bruto), diría que es como un culebrón. ¿Qué tiene un culebrón? Amores, cuernos, odios. Esas tres cosas. Pues La novela de Genji tiene tres ingredientes y se van repitiendo y repitiendo, en otras situaciones y/o circunstancias, pero los mismos temas. Tras un tiempo me di cuenta de que era una repetición de lo anterior. Los personajes iban envejeciendo pero el hilo es el mismo.
Como no quiero que penséis que no merece la pena, os dejo un par de fragmentos que me han gustado mucho:
Ignoro todavía tus sentimientos.
¿Cómo se puede sufrir por alguien
a quien no se conoce
ni se ha visto jamás?
O el siguiente:
-A merced de los vientos
nos hacemos a la mar sin saber adónde vamos.
Nuestro incierto destino
ponemos hoy en manos de las olas.
En definitiva, esta novela trata de la vida, de los cambios. Contada del modo en el que se hacían entonces las cosas: con el objeto de entretener, de leerlas frente a un público.
Como ya he comentado otras veces, cuando uno lo pasa mal con un libro es mejor dejarlo. Este lleva acosándome muchos meses en mi mesilla, mirándome de reojo. ¡Lleva tanto tiempo que le he puesto un mote a su protagonista!
Pensaba comentaros las antirecomendaciones. Pero me he alargado demasiado, así que eso quedará para la siguiente entrada.
Hacía mucho que no volvía a leer a Paul Auster. Han pasado ya seis años desde que me quedara hipnotizada por la prosa y el uso de la trama en Leviatán, la primera novela que leí de él. Han pasado ya cinco años desde que descubriera otras de sus novelas, como La noche del oráculo y Viajes por el Scriptorium. Ha pasado un año desde que me animara a leer El país de las últimas cosasy La trilogía de Nueva York.
Portada de "El palacio de la Luna", Paul Auster.
La casualidad quiso que varios bloggers comentaran por twitter la idea de leer un libro de Auster conjuntamente. Al final el título escogido fue El palacio de la Luna.
Tal y como comentaba Carol en twitter y ha reflejado en su reseña, el tipo de estilo que utiliza el autor al inicio de la novela parece sacado de una conversación con un amigo. Este tipo de narración consigue que comprendamos cada situación y decisión, además de acercarnos a la historia de un modo intimista, secreto; independientemente que usando la razón sean comportamientos despreciables.
Me gustó el símil de Carol porque es exactamente lo que andaba yo pensando cuando ella lo dijo en voz alta. Eso sí, yo le incluiría un detalle. Pero eso lo voy a dejar para después.
Empecemos ahora por la trama: El palacio de la Luna comienza presentándonos a Marco Fogg, un protagonista con nombre de viajero, unido a la luna. Él es un solitario joven que comienza a abrirse paso por la vida.
El potente inicio es uno de los componentes que me han reconciliado con Auster y esto se debe al uso de determinados factores entre los que destacan: el uso de la trama, el equilibrio del nudo con la profundidad de las reflexiones que nos va dejando en cada página, la rapidez con la que el lector quiere saber más o el modo en el que nos va desgranando cada situación.
Sin embargo, es más adelante cuando el autor cambia el tono que estaba utilizando para contarnos el trabajo que Fogg consigue, y que consiste en cuidar a un anciano. A partir de aquí se minimizan las conversaciones y se pasa a la descripción pormenorizada del trabajo del protagonista, además de que posteriormente sabremos del pasado del anciano.
En este punto la trama se ralentiza y se tiene la sensación de que se hace más lento, si bien todo tiene un motivo. Y es aquí cuando Auster despliega su elenco de casualidades, referencias (literarias, musicales, pictóricas) que forman un entramado sin el cual es imposible concebir este libro.
Pero es que además, con un golpe de frase, Auster sorprende al lector y nos cambia en un momento de situación, nos sorprende y nos vapulea con un vuelco.
Porque otros autores necesitarían muchos párrafos para saltar a otro tema, para iniciar otro hilo, pero Auster no. Con una simple frase cambia de asunto, nos pone patas arriba la trama que considerábamos fija, nos lleva por otro camino sin apenas darnos cuenta.
En definitiva, una novela con peculiares personajes, ávida de descripciones pero que no olvida los frecuentes diálogos, que encara temas muy complejos: el amor, las relaciones familiares, los miedos o el futuro, por decir algunos. Éstas son sólo algunas de las cosas que podemos encontrar en El palacio de la Luna, una gran maraña de hilos, personajes y situaciones que se relacionan muy íntimamente.
Así que, a aquéllos que hayáis llegado a este párrafo os confesaré una cosa: sí, Auster es como es amigo con el que quedas en un bar para tomar unas cervezas. Te cuenta lo que le ha ocurrido durante el tiempo en el que no le vimos, qué ha hecho, qué ha visto y dónde ha estado.
Encontramos que es nuestro amigo, aquél con el que pasábamos tanto tiempo hace unos años, es fácil hablar con él, reírse, que nos entretenga lo que dice. Pero llegado un momento a lo largo de la velada, nuestro amigo nos demuestra que más que un presente es un pasado, un recuerdo de una vida que ya no existe, un lazo con alguien que mantenemos pero que poco pinta en nuestra vida actual. Alguien con el que podemos recordar los hechos pasados pero con el que nunca crearemos recuerdos nuevos. Alguien pretérito. Y como todo lo pasado, un rato está bien, pero más, cansa. Aburre, no interesa. Que se le ha pasado el momento, que ya no nos hacen gracia sus chistes, que sus anécdotas son repetidas. Que todo aquéllo que nos atraía ahora nos repele.
Descubrimos que ni él es quien pensábamos que era ni que nosotros somos los lectores que le leían apasionadamente en sus primeras novelas.
Últimamente me he estado cuestionando a mí misma en una cosa: ¿por qué? ¿Por qué le he dado tantas oportunidades a este autor? ¿Por qué a él sí y a otros no? Muchos otros se han quedado en el camino del primer libro: si no me convenció, los desterré. Otros en el segundo: si no mejoraba, los califiqué como ni fú ni fa. ¿Por qué con Auster no? ¿Por qué he sido tan benevolente? ¿Porque su nombre figuraba en la portada?
Y no es que diga que sus novelas aburran, o estén mal estructuradas, no. El problema es que a Auster le puse un listón tan alto que ahora que no llega queda ridículamente lejos.
No quiero que os quedéis con esto último, sino con todo lo que he comentado hasta ahora puesto en contexto. Probablemente esta reseña es más bien un puzzle de las ideas que se fueron formando en mi cabeza después de leerle en varias ocasiones. Lo digo porque la novela me ha gustado, mucho más que otras suyas, mucho más que otras que leí después. Pero lo que quiero decir es que mi tiempo con Auster ha terminado. Habré leído más, habrán cambiado mis gustos, no sé, pero la sensación es que sus novelas ya no me tocan la fibra. Son otra más. Antes eran garantía de que me gustarían mucho. Ahora no.
Al igual que el año pasado, Fnac continua con la propuesta de regalarnos el contenido de una lista que realicemos siempre que no supere los 2012 euros. Como la posibilidad de que toque sólo existe si publicamos dicho post (como ya hice el año pasado), he decidido intentarlo aún sabiendo que la probabilidad es mínima.
La segunda parte de la trilogía de Estocolmo de Jens Lapidus regresa con tres nuevos personajes. JW, Mrado y Jorge son relevados por Mahmud, Niklas y Thomas Andrén.
Portada de "Nunca la jodas", de Jens Lapidus
La línea es la misma que ya comenté en su momento: coincide con su predecesora en la descripción de los bajos fondos de la capital de Suecia sin que exista ninguna fuerza del orden que pare la cadena delictiva.
El modo en el que únicamente aparece la justicia, la policía y demás son a través de algunos documentos que se aportan como inicio de líneas investigadoras de los actos que se realizan. Si bien, comparado con Dinero fácilaparecen menos documentos de este tipo, quizá para favorecer el dinamismo en la lectura (ya que al ser escritos como documentos oficiales pueden resultar más aburridos cuando se leen varios en poco tiempo).
Comparar a los personajes de la primera y de la segunda parte significa condenar a los de Nunca la jodas a un marcado segundo puesto. Y eso es debido, fundamentalmente, porque pierden el empaque, la fuerza característica que poseían los protagonistas de la primera parte de la trilogía: la historia de Jorge es inevitablemente más entretenida que la de Mahmud, además de que perdemos a JW, verdadero motor de la acción de Dinero fácil.
Mención aparte requiere la edición (si es que a pegar unos cuantos folios en un libro se le puede llamar editar) de Suma de letras. Como viene siendo habitual, lo cual de por sí ya es preocupante, abundan los defectos de todo tipo: de traducción, de ortografía, de calidad en cuanto al papel (se está despegando, inaudito teniendo en cuenta que lo han leído sólo dos personas)… en fin, que me parece una auténtica tomadura de pelo pagar 20 euros por un libro así maquetado. Si el precio fueran 8 euros no diría lo mismo, pero teniendo en cuenta que la cantidad es más del doble, es para pensárselo.
Puede ser que me esté volviendo una exquisita. Puede ser que me esté acostumbrando a ediciones que son diametralmente opuestas a esto. Pero qué queréis que os diga. Si compro un libro por 20 euros, espero un mínimo de calidad, un estándar. El contenido ya es otra cosa, depende de muchas variables. Pero lo de fuera… por favor, ¡y encima tienen la cara de quejarse de que no se compran libros!
Si nos ceñimos al contenido, se trata de una novela entretenida que se lee con facilidad. Que está bien si lo que buscáis es algo de entretenimiento, pero que ya, os adelanto, dista mucho de otras novelas con muchísima más calidad en cuanto a este género se refiere. Ni tiene mucha intriga, ni es muy elaborada ni destaca por nada en concreto. Es una novela gris. Seguramente dentro de un año no recordaré más que el exabrupto del título como detalle significativo.
Pero bueno, que tampoco es tan mala, al fin y al cabo no es el nuevo de Lucía Etxebarria. Viene bien para desengrasar y eso lo ha conseguido.