Literatura

Lectora pero poco

Llevo unas semanas leyendo lo justo. Escojo un libro que quiero leer y consigo, con suerte, leer 20 páginas. En otras ocasiones llego a los dos párrafos, se me cierran los ojos y termino dejando el libro en la mesilla para otra ocasión.

Otras veces escojo un libro y las letras pasan por mis ojos sin comprender del todo, me falta concentración o, si soy capaz de mantenerme leyendo unos minutos (media hora con suerte), la mente se me va a otra tarea más sencilla y menos exigente (desde ver una serie, mirar por la ventana o fregar el suelo).

La sensación diaria que me acompaña es que no tengo tiempo para leer: que los escasos momentos en los que puedo dedicarle a la lectura son insuficientes, que no avanzo, que sigo una y otra vez en la misma página. Imaginad lo que varía la trama en una historia de 1000 páginas: nada.

Van pasando los días, las semanas, y sigo con los mismos libros que empecé a leer hace un mes. Tampoco ayudan las redes sociales (especialmente Instagram): me meto y veo esplendorosos ritmos lectores, lecturas vertiginosas, alguien que ha leído Guerra y paz en un mes (cuando lo llevo un año y medio con él pendiente), otro que lee 5 tochos en 15 días, los que consiguen llegar a los 10 libros al mes, los que han leído YA todas las novedades.

La comparación me abruma y genera en mí dos cosas: la primera, que pienso que qué absurdez, compararse en un hobby, (¡a mi edad!) y después, la sensación de ser yo la rara. Quizá toda esa gente dispone de 8 horas de lectura, quizá soy yo la que no se organiza mejor, no sé.

¿No os pasa a vosotros también? A veces parece como si todo fuera una competición: leo más, leo más rápido, leo antes que tú esta novedad.

En definitiva, si tengo poco tiempo para leer, imaginad para actualizar este espacio. Señal del cielo o no, el disco duro del ordenador se rompió el mismo día que publiqué la entrada del aniversario, y desde entonces los momentos de sentarme para contaros algo de mis lecturas se han hecho cada vez más escasos.

Contadme: ¿estáis como yo? ¿Tenéis tiempo para leer? ¿Las redes sociales os generan las mismas sensaciones que a mí? Y sobre todo, ¿estáis leyendo?

Sigamos (leyendo o no), sigamos.

Namaste.

Literatura

IMM (73)

Parece que fue ayer cuando os enseñé los últimos libros que había comprado y ya estoy aquí, de nuevo, con otra entrada sobre mis adquisiciones.

Lo admito: no es que compre por encima de lo que leo, es que la costumbre de pasarme todos los jueves por la librería me va a dejar en números rojos. Empecemos:

  • Los demonios, Fiódor Dostoievski. Del genial ruso he leído Los hermanos Karamázov, El idiota, El jugador, Memorias de la casa muerta y Crimen y castigo. Aunque mi idea original es releer este último, al final, y animada por la edición de Galaxia Gutenberg, me he decidido a comprar este.
  • García Márquez: historia de un deicidio, Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 2021). Un ensayo sobre la escritura, que Vargas Llosa presentó como su tesis doctoral. Si soy sincera conmigo misma, este libro se va a pasar cogiendo polvo una buena temporada. Si intento engañarme me digo a mí misma que cómo he podido vivir tanto tiempo sin él.
  • Poeta chileno, Alejandro Zambra (Anagrama, 2021). Este es uno de esos libros que he tenido varias veces en las manos pero que siempre he acabado dejando en su sitio. ¿El motivo? Nunca había leído al chileno. Sin embargo, al haber leído Bonsái, del que os hablaré en breve, me he acabado convenciendo a mí misma que ahora sí que puedo llevármelo a casa. Miedo me da el tiempo que le va a tocar esperar en la estantería.
  • Crímenes ilustrados, Modesto García, ilustraciones de Javi de Castro, (Plaza y Janés 2021). El año pasado, durante el confinamiento, Modesto García se dedicó a plantearnos por Twitter acertijos en forma de asesinatos. La cosa cogió ímpetu y fuimos muchos los que nos unimos a descifrar quién era el asesino. Pues bien, todo aquéllo ha acabado formando parte de este cómic. Si como yo lo seguisteis, muchas historias ya os sonarán. Si no, es una buena opción para una tarde entretenida solo o entre amigos.
  • Trilogía de Copenhague, Tove Ditlevsen (Seix Barral, 2021). Con este título me he tirado a la piscina sin saber si hay agua. No conozco la historia y tampoco a la autora, pero Trotalibros lo ha recomendado y he caído.
  • Tokio Redux, David Peace (Hoja de Lata, 2021). De Peace no he leído nada, pero cuando vi que los amigos de Hoja de Lata publicaban esta novela, tuve dudas: la primera porque es una trilogía y mi TOC me obliga a empezar por el principio. La segunda: que con esa escandalosa portada tenía que comprarlo, sí o sí. Así que cuando Marta comentó que era una buena novela y después leí su reseña, acabó de convencerme.

Y vosotros, ¿habéis comprado muchos libros estas semanas? ¿Tenéis alguno en la lista para comprar en breve?

Namaste.

Literatura

Duodécimo aniversario

Comentaba el año pasado (qué mal empezar mencionándome a mí misma) que no podía prometer un año más, pero fijaos, semana tras semana ha llegado de nuevo el 23 de mayo.

Doce años.

Me preguntaba por mail un nuevo lector llamado Diego que cuál era mi propósito para escribir. Me habría gustado responder algo interesante y grandilocuente como que estoy escribiendo mi propio libro, que tengo formación para ello o que sé de lo que estoy hablando. En lugar de eso le dije la verdad: leo, escribo una entrada y ya.

Leo y comparto porque leo más atentamente al saber que después escribiré sobre lo que me ha sugerido; apunto, anoto y marco y analizo mucho más que si no escribiera la reseña.

Compartir permite, además, empezar una conversación con vosotros, que dais vuestro punto de vista y me recomendáis nuevos autores y títulos.

Así que a mi paso y a mi manera, reseñando libros que no están de moda, despellejando a otros que sí lo están, a un ritmo mucho más pausado que los demás (cuando paseo por Instagram siempre me pregunto: ¿¡cómo pueden leer tanto!?) llega otro aniversario.

Doce años. No sé vosotros, pero en mi vida hay pocas cosas que lleven tanto tiempo. Así que me alegro que aquel día tuviera la idea feliz de crear este espacio que tantas alegrías me ha dado.

Gracias a los que me acompañais en este viaje.

Sigamos leyendo.

Namaste.

Literatura

Una habitación propia, Virginia Woolf

Virginia Woolf era una de mis eternas pendientes desde hace mucho tiempo. Aunque tengo varios libros de ella en mis estantes hasta que no me hice con esta edición de Austral no pensé de verdad en leerla.

Una habitación propia aúna varias charlas que impartió Woolf en la universidad, donde reflexiona sobre los aspectos esenciales del carácter para necesario de la personalidad para crear una obra literaria y el papel de la mujer en la creación literaria.

Compara y analiza el carácter y la situación de los poetas con las de sus compañeras mujeres y opone la situación de los primeros (de clase alta en su mayoría, con comodidades y capacidad de hacer lo que quisieran en cada momento), con la situación de las mujeres, que no sólo no disponían de dinero ni de tiempo para dedicar a aquello que quisieran, sino que ni siquiera podrían utilizar una mesa donde poder sentarse a escribir.

Así, Woolf compara al poeta varón, para el que el genio creador siempre era bien visto desde fuera: aportaba un status y era realmente una posibilidad factible de generar rentabilidad asociada. Mientras que para las mujeres escribir pasaba siempre por hacerlo bajo pseudónimos, ocultándose siempre del foco de la sociedad que además las obligaba a dedicarse a otras tareas consideradas como aceptables, como coser y encargarse de la familia.

Llego tarde a Woolf, lo sé. Me queda mucho por leer y conocer, pero creo que Una habitación propia es un buen libro con el que empezar a leer la analítica Virginia, de la que espero mucho en su vertiente novelística.

Toca seguir leyendo.

Te gustará si te gustó

Pros

  • Carácter analítico de la autora.

Contras

  • Me habría gustado más profundidad.

Namaste.

Literatura

La analfabeta, Agota Kristof

¿Cómo puede titularse un relato autobiográfico de un escritor como La analfabeta? ¿Qué nos estamos perdiendo?

Efectivamente, Kristof se declara analfabeta, a pesar de haber aprendido a leer a los cuatro años. La explicación es que ser analfabeta le viene sobrevenido, al abandonar su Hungría natal por una Suiza en la que se habla un idioma totalmente desconocido para ella: el francés.

Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en mis manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa. Tengo cuatro años.

Página 23

En este cortísimo relato Kristof nos habla de su vida de una forma muy esquemática, a través de capítulos escuetos donde narra parte de lo que vivió: su infancia, la familia, la huída de Hungría y sus inicios como escritora, cuando con la nueva lengua consigue escribir y publicar.

¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.

Página 47

Si habéis leído previamente Claus y Lucas encontraréis muchos de los elementos que podemos apreciar en su novela: una infancia difícil en un período donde el país ha sido invadido por un ejército extranjero (sea alemán o ruso), la rutina en una ciudad fronteriza, la guerra. También el dolor y la soledad del refugiado, la añoranza de lo que pudo ser y no fue.

Queda claro que las páginas de la genial novela vienen totalmente marcadas por sus recuerdos. Y que la vida de Kristof no dista tanto de la de los gemelos.

Leer a esta autora, sea del tema que sea, es adentrarse en un mundo crudo y directo, sin subterfugios ni redundancias; donde a la verdad se la mira a la cara aunque duela.

La vida de Kristof duele, y no puede ser de otro modo, ya que comparte cicatrices con una tierra europea llena de sangre en un momento histórico, además, plagado de lágrimas y sufrimiento.

FICHA:

Te gustará si te gustó Claus y Lucas, Agota Kristof.
Pros – Interesante y directo.
– Ayuda a comprender a la autora y sus temáticas.
Contras – Muy corto.
– Habría venido bien alguna información biográfica adicional.

Namaste.

Autor, Bargate, Literatura

No mamá, no, Verity Bargate

No mamá, no fue un título que me recomendaron por alguna red social y que anoté fiándome y curiosa por lo que decían. Los Reyes me lo trajeron a casa y enseguida lo escogí como mi próxima lectura, animada también por ser un libro corto, de los que se leen en una tarde.

Lo leí, no me disgustó y lo dejé en el estante de reseñar.

Ahí se ha quedado semanas, una tras otra, un mes y otro.

Y me di cuenta de que cuando me ponía a escribir una reseña lo que me ocurría es que, en realidad, no tenía nada que decir de este libro. Porque, sorprendentemente, nada ha quedado en mi memoria de él, más que las citas que anoté en mi cuaderno:

Igual que muchas veces es un error volver a un lugar donde una ha sido feliz, a veces incluso hablar de esos tiempos puede ser un error: el negro presente parece todavía más negro por contraste. Entonces empezaba a pensar así; ahora estoy completamente segura.

Página 122

Lo ojeo, releo algún fragmento y nada se me enciende en el cerebro. A veces pienso si puede ser porque no esté lo suficientemente concentrada como para retener la información que leo, o bien que al leer mucho cada libro que leo se difumina… Pero luego recuerdo que no: que puedo recordar determinadas escenas que leí el año pasado o hace cinco o hace diez. Porque me marcaron, porque el autor captó mi atención, porque me dejaron huella.

Cuando leo un libro que no me gusta, ya sé que saldrá un despelleje, y también qué contaré; qué aspectos no me han cuadrado, por temática o estilo. Pero claro, leer un libro del que no sabes decir NADA tres meses después es mucho peor: la indiferencia suprema de no haber aguantado ni un año en mi memoria, darse cuenta de que si tres meses después no sé qué decir de esta historia, de aquí a cinco años imaginaos.

En mi memoria No mamá, no se emparenta con Tienes que mirar de Anna Starobinets pero de una forma mucho más fría, menos emocional, a medio gas.

No siempre se acierta, no pasa nada. Aún así me sigue dando la misma rabia que la primera vez.

Namaste.

IMM, Literatura

IMM (72)

Os dejo por aquí las últimas adquisiciones de los meses de marzo y abril, que coinciden con algunas compras, los regalos por mi cumpleaños y los libros que he comprado y me han regalado en el Día del Libro:

  • Tienes que mirar, Anna Starobinets (Impedimenta, 2021). Ya os conté en la entrada que le dediqué qué me pareció esta historia tan dura. Una novedad que podéis encontrar en vuestras librerías.
  • Canción del ocaso, Lewis Grassic Gibbon (Trotalibros, 2021). El tercer libro que publica Jan supone el inicio de la trilogía escocesa. Un clásico muy bien valorado por los lectores escoceses del que, a decir verdad, no tengo referencias.
  • Ampliación en el campo de batalla, Michel Houellebecq (Compactos Anagrama, 2001). Del polémico escritor francés sólo he leído Las partículas elementales y ya tenía ganas de volver a leerle. Además me viene bien algún libro un poco más corto teniendo en cuenta mi fijación por los tochos.
  • La edad de la piel, Dubravka Ugresic (Impedimenta, 2021). Me ganó por la portada ya que la verdad, no tengo ninguna referencia de este libro. Lo de siempre: puede ser una total sorpresa o un soberano fiasco.
  • El hombre, un lobo para el hombre, Janusz Bardach (Libros del Asteroide, 2009). Hay varios temas recurrentes en mis lecturas y tanto la Segunda Guerra Mundial como la URSS son frecuentes. En este caso acompañamos al propio Bardach en su periplo por Kolimá.
  • Padres e hijos, Turguénev (Alba Clásica, 2015). Indispensable para las letras rusas que tengo muchas ganas de leer. Las ediciones de Alba Clásica son perfectas para acercarnos a este tipo de libros referentes como este.
  • A través de mis pequeños ojos, Emilio Ortiz (Duomo Ediciones, 2016). El típico libro que quizá a muchos de vosotros os sorprenderá encontrar aquí pero que me llamó la atención desde hace tiempo, seguramente influenciado por el poder y la ternura de Pelusa.
  • La analfabeta, Agota Kristof (Alpha Decay, 2005). Una relato autobiográfico muy corto de la autora del maravilloso Claus y Lucas. Un libro para leer en media tarde. En breve tenéis la reseña.
  • Bomsái y La vida privada de los árboles, Alejandro Zambra (Compactos de Anagrama, 2016). Tenía pendiente leer a Zambra desde hace tiempo pero no sabía bien por cuál de todos empezar. Este que os traigo es una recomendación de Juan Gómez Bárcena, que considera que es un buen título con el que empezar.
  • El fantasma y la señora Muir, R. A. Dick (Impedimenta, 2020). Una comedia romántica y fantasmagórica para rebajar el tono serio de alguno de sus nuevos acompañantes.
  • De noche bajo el puente de piedra, Leo Perutz (Libros del Asteroide, 2016). Recomendación de José Carlos Rodrigo, al que sigo tanto en Instagram como en el muy recomendable podcast Café de Mendel. Coincidimos bastante en los gustos, así que me ha apetecido probar con este autor nuevo para mí.

Y vosotros, ¿habéis leído alguno de los libros que os traigo? ¿Qué habéis comprado el Día del Libro?

Namaste.

Literatura

Feliz Día del Libro

¿23 de abril de nuevo? ¿Otra vez?

Parece que hace una vida, un mundo, del pasado 23 de abril, de aquél momento de incertidumbre en el que todos estábamos encerrados en casa temerosos de las noticias que nos llegaban del exterior. Y resulta que sí, que de nuevo es el Día del Libro. Que ya ha pasado un año, que en esta hilarante nueva normalidad a la que nos hemos acostumbrado demasiado fácilmente, llega la efeméride para recordarnos que esto no es lo que era.

Que nos olvidemos de agolparnos para ver o conseguir que nos firme nuestro autor favorito, que pasemos por nuestra librería pero sin amontonarnos, no vaya a ser; que sigamos comprando pero con distancia (porque para algunos lo importante siempre será comprar y no leer).

Porque, y hoy no sé por qué me ha dado por sacar mi vena hater, me niego. Me niego a aceptar que un brazo digital es lo mismo que la firma que nos deja el autor. Me niego a asumir que ya no habrá Feria del Libro de Madrid o que Barcelona no volverá a ver un Sant Jordi como el prepandémico.

Me planto.

Me niego a aceptar que todos esos famosos se presenten como escritores cuando una editorial planetaria decide que es buen momento para hacerles pasar por intelectuales. Me niego a seguirle la corriente a todos esos premios amañados y toda la pantomima que generan a su alrededor, eventos vacíos donde lo más interesante es el papel con el que lo adornan. Me niego a aceptar que ese autor de moda viene a revolucionar la literatura con la novela más importante del siglo, la historia que cambiará tu vida o cualquier otro lema que se le ocurra al equipo de márketing, que por supuesto, pagaría por no leer ese libro.

Que no cuenten conmigo.

Este año me pongo reivindicativa, porque leer es también aumentar nuestra capacidad crítica, no sólo de lo que nos cuentan sino de la realidad. Y como el tiempo es escaso y la cantidad de libros a disposición prácticamente infinita, desarrollar esa capacidad es fundamental para invertir nuestro tiempo en los libros que verdaderamente nos pueden llegar, en aquéllos que van a suponer, como dijo Kafka:

Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.

Cualquier otra cosa: leer siempre el mismo tipo de libros, o sólo a un autor, supone acomodarse, mantenerse en lo conocido y limitar nuestro espíritu crítico. Y lo que es peor: invertir ese tiempo en leer un libro que habremos olvidado en dos meses cuando podríamos haber estado leyendo un libro que nos llegue de verdad (lo digo por experiencia propia, es algo que me da mucha rabia).

Así que sigamos leyendo, siempre. Probemos a leer nuestros autores, otras corrientes, títulos alejados de lo que solemos leer, autores desconocidos, temáticas nuevas. Leamos también para cuestionarnos la realidad, para analizar lo que nos sucede desde otra óptica, para llegar a donde no habríamos llegado solos.

Esa es la literatura que se queda con nosotros, la que perdura, la que podamos describir dentro de muchos años afirmando ese libro me cambió.

Namaste.

Autor, Halfon, Literatura

Monasterio y Canción. Eduardo Halfon y su mundo

Por casualidad y sin haberlo programado, empecé 2020 igual que lo terminé: leyendo al guatemalteco Eduardo Halfon. El boxeador polaco fue el título que escogí como mi primer acercamiento al autor; el que no esperaba era leer en diciembre Monasterio.

El final del año me pilló sin reseñar Monasterio, como de vez en cuando me ocurre con algunos títulos que voy dejando en el tintero virtual. Lo tenía pendiente y más o menos en mente hasta que Libros del Asteroide edita en 2021 otra historia suya: Canción. Tampoco lo planifiqué pero acabé leyendo también esta última, colándolo frente a otros autores que llevan esperando en el estante mucho más tiempo que Halfon.

Finalmente he decido juntar ambas historias en una entrada conjunta, quizá para acercaros un poco a los motivos de mi obsesión por el autor.

Monasterio comienza con la historia de dos jóvenes que esperan sus maletas en el aeropuerto de Tel Aviv. Acuden a la celebración de la boda de su hermana, que se casa con un judío ortodoxo.

Mi hermana y su novio anunciaron que, pese a ser un restaurante supuestamente kósher, no comerían nada en un lugar así, un así dicho con énfasis, en itálicas.

Página 37

Se dan cuenta de que su hermana no es la joven con la que comparten recuerdos sino una adulta prácticamente desconocida que ha cambiado todo su comportamiento para adaptarse a las creencias de su marido. Paralelamente, y como viene siendo habitual en el autor, el narrador nos cuenta otra historia: el encuentro fortuito con una joven con la que compartió momentos al otro lado del Atlántico.

Recuerdo (…) a un rabino que pregonaba todo el tiempo a favor del Boca Junior y en contra de los matrimonios mixtos, dejó embarazada a una guatemalteca católica con la que luego se casó (autogol, filosofó entonces mi abuelo).

Página 72

En este caso Monasterio se aleja un poco más de la historia de Halfon pero a fin de cuentas mezcla sus temas típicos: la búsqueda de una personalidad propia al margen de la familia, la cuestión religiosa y el sentimiento de la búsqueda de la identidad. También uno de los relatos de El boxeador polaco ahonda en las relaciones humanas amorosas propias del autor: encuentros pasionales pero huidizos y misteriosos, caminos que se bifurcan y se vuelven a juntar y plantean aquél mantra del qué pudo haber sido.

En cuanto a Canción, en este caso nos acerca a la historia del secuestro de su abuelo paterno, también Halfon, también Eduardo, que acaba siendo capturado por un tipo al que llaman Canción. Aquí los saltos espacio-temporales se alternan con la asistencia del Halfon escritor a un evento en Japón sobre autores del Líbano.

Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía -insiste- en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos esos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario. Pero nunca me había invitado a participar en algo como escritor libanés.

Página 11

Paralelamente a su historia surrealista en el país nipón, Halfon nos acerca al momento del secuestro de su abuelo, los motivos de las reivindicaciones de los secuestradores y la historia posterior de Canción. En este sentido, como él mismo comentó en la presentación virtual que organizó José Luis (@icarobooks en Instagram), decidió partir ambas historias y presentarlas entrelazadas, en un trabajo de arquitectura fundamental para la estructura del libro.

La sensación perenne que tengo cuando leo a Halfon es la de entrar en un mundo donde todo es posible, donde aspectos que son normales para él resultan curiosos y extravagantes para los que venimos de familias sencillas y homogéneas (familias en las que todo el mundo tiene la misma lengua y todo el mundo proviene de la misma zona). Su rutina nos parece exótica, interesante, llenas de historias de las que queremos conocer más. Esto es: un abuelo polaco, superviviente de un campo de concentración nazi; otro abuelo que huyó de su Líbano natal (¡que entonces no era Líbano porque ni existía!); un tío que habla ladino nacido en Salónica (bivas, kreskas, engrandeskas, komo un peshiko en aguas freskas amén, decía cuando alguien estornudaba) gastronomía variada e internacional; recuerdos olfativos, táctiles, objetos de vidas que nacieron y crecieron en un ambiente y un mundo totalmente diferente a cualquier cosa que podamos haber vivido los demás. La atracción de aquello que desconocemos y encontramos diferente.

Tiene además una cosa que se agradece mucho en un mundo en el que algunos venden sus libros al peso: la brevedad. Halfon no tiene reparo en meter la tijera y recortar, en quitar partes del libro o en ir directamente al tema del asunto. Sus libros no tienen paja porque cualquier información adicional que no fuera de importancia haría perder fuerza a la historia.

Hace tiempo cuando me gustaba un autor me guardaba alguno de sus títulos para no acabar con toda su obra demasiado pronto. Ahora mi visión del asunto ha cambiado diametralmente y prefiero zambullirme en la buena literatura. En este caso, en el mundo de Halfon y en la manera que tiene de contarnos historias.

No sé si me habría topado con el autor por mí misma. Así desde aquí, reitero mi agradecimiento a David Pérez Vega por la recomendación y aprovecho para hacerlo extensible a José Luis /@icarobooks por organizar eventos tan interesantes y a Libros del Asteroide por publicar su obra.

FICHA:

Te gustará si te gustó El boxeador polaco, Eduardo Halfon.
Pros – Inteligente, certero. Demuestra calidad y originalidad.
– El mundo propio que crea Halfon.
Contras – Sus libros se acaban demasiado pronto.

Namaste.

Autor, Literatura, Peskov

Los viejos creyentes, Vasili Peskov

A nadie voy a sorprender admitiendo, a estas alturas de la película, que al igual que una bonita portada, una buena sinopsis puede hacerme comprar un libro. Este es el caso de este título que os traigo hoy.

Los viejos creyentes nos cuenta la historia de los Lykov, una familia de ermitaños que vivía en la taiga siberiana rusa siguiendo las mismas costumbres y usos de la época del zar. Peskov, periodista del Pravda, se encuentra con esta interesante historia y decide acercarse a conocerles personalmente. Nos irá contando, a modo de ensayo periodístico, cómo son y por qué viven de ese modo los miembros de tan peculiar familia, además de hacer un seguimiento de su vida según va ganándose su confianza y según van pasando los años.

Los Lykov, en el cisma en la iglesia ortodoxa del siglo XVII, eligen aislarse y vivir de forma autónoma, sin contacto con ciudades ni personas. Desde entonces la familia sobrevive a base de una dieta basada en patatas, rezando diez horas al día y rechazando casi cualquier cosa que le ofrecían los visitas (desde harina a una cerilla). Su modo de ver la vida se basa en seguir los fundamentos de su religión, interpretada muy estrictamente, lo cual les impide acercarse a cualquier tipo de modernidad por vieja que sea. Malviven en una cabaña, soportando temperaturas que llegan a los -20ºC.

Los viejos creyentes es una historia surrealista, irreal, que parece inventada. Imaginemos al grupo de geólogos que se encuentra con la familia por primera vez y va comentando la llegada al hombre a la Luna mientras los Lykov pregunta quién es el zar actualmente; o conocer que mientras el equipo le pedía instrucciones a su jefa, la familia se miraba extrañada y la respuesta de Agafia, la más joven de la familia, fue: ¡sé y leer y escribir!.

El problema de Los viejos creyentes es la descompensación: por un lado en la primera mitad todo lo que nos cuenta es nuevo. Hay muchas información sobre la zona geográfica en la que se encuentran, la historia de Rusia y el modo de curtir el material que utilizan para vestirse, por poner varios ejemplos. La redacción casi se convierte en un ensayo específico sobre ambos temas por lo que avanzar se hace arduo. Sin embargo, una vez narrado todo lo que hay que contar, esa información deja de ser novedosa e interesante, por lo que Peskov cae en la reiteración de aspectos, situaciones y detalles que ya había aportado antes. Esta situación es natural si pensamos que muchos de los capítulos finales se publicaron en forma de artículo en su periódico, como forma de actualizar la información de la familia para los lectores que les habían conocido hacía tiempo. Al ofrecerlo en forma de libro, la sensación permanente de la segunda mitad es que no nos está contando nada nuevo, y que lo único que nos puede aportar nueva información es conocer cómo se encuentran de salud o qué decisiones han ido tomando con el paso de los años.

En definitiva, merece la pena acercarse a la historia de los Lykov, pero el libro habría ganado mucho reduciendo los capítulos de la segunda mitad.

FICHA:

Te gustará si te gustó Operación Masacre, Rodolfo Walsh.
Pros – Historia sorprendente e interesante que parece de otro mundo.
Contras – Repetitiva. Habría ganado con menos páginas.

Namaste.