Igual que menciono que apenas veo películas, o que tengo muchas de esas consideradas imprescindibles pendientes de ver, cuando hablo de novelas gráficas digo que he leído algunas pero que tengo considerables lagunas.
Más tarde, cuando la conversación avanza, me doy cuenta de que poco a poco he ido leyendo unas y otras, al menos las más relevantes, al menos las indispensables. Porque con la tontería, y año tras año, trato de estar al día con esas historias que en forma de viñetas han conseguido un podido por derecho propio en la literatura.
Alimentar a los fantasmas (Reservoir Dogs, 2026) ha sido la galardonada con el Pulitzer, como ya lo fuera esa otra maravillosa historia de Art Spielgelmann, Maus. Ambas tienen un par de componentes en común: son autobiográficas y analizan el pasado de sus progenitores.
Esta es la historia de tres mujeres que comienza cuando la abuela y la madre de Hulls huyen de la China maoísta, primero de Shanghái y después de Hong Kong para acabar emigrando a Estados Unidos.
Sun Yi, la abuela, se convierte en escritora superventas al narrar la historia de su exilio, pero ese éxito viene de la mano de una pesada losa: la de la enfermedad mental, al sufrir una crisis nerviosa que la hará dependiente de su hija.
La madre de Tessa, Rose, es la bisagra de ambas relaciones. El único contacto con Sun Yi, madre china que no habla inglés, y el enlace con las raíces de Tessa, en quien trata de trasladas sus obsesiones, exigencias y visión cultural, sin entender que su hija no comparte la cultura, los miedos ni los principios que mantiene ella.
Quizá si Alimentar a los fantasmas hubiera mantenido la importancia de la vida de abuela y madre me habría gustado más, pero Tessa Hulls incluye una parte muy grande en relación a su infancia y a la escritura de este libro, un ejercicio de autoficción de esos que están tan de moda, en el que se excede con páginas de más.
Pero como todo en la vida, bien está lo que está bien hecho, y en este caso creo que a pesar de tratarse de una buena historia adolece de fallos en relación a la información que quiere incluir: múltiples reiteraciones datos, mientras que en otras ocasiones se aporta una información nueva por la que se pasa por encima a pesar de tener relevancia, saltos temporales que desorientan al lector, y en general la sensación de que esa división de 9 partes más epílogo es artificial, o se ha trabajado de forma individual y pierde la unidad que se supone en este tipo de historias.
Mención aparte, porque quizá esto sea cosa mía, es esa visión típicamente estadounidense que, siento admitirlo, rechazo de plano. Me refiero a esa teatralización de los sentimientos, a esas exageraciones a las que estamos demasiados acostumbrados, esa visión estadounidense en la que todo parece un plató de televisión y donde las lágrimas han de ser derramadas para demostrar el dolor porque hay alguien mirando. Por desgracia no he marcado ninguna viñeta en la que os pueda demostrar este punto, es esa sensación de falsedad en la forma de contar las cosas, esos diálogos hueros que vemos en realitys y películas de segunda fila, no sé si entendéis por dónde voy.
Hay incluso paralelismos o comparativas entre una vida y otra, a la hora de mencionar la incomprensión, que personalmente, me generan vergüenza ajena. Esto es, comparar la represión y soledad de Sun Yi, que se tuvo que mantener al margen de su familia para que la maquinaria represora del Estado no les matara con la soledad de una hija de inmigrantes en los Estados Unidos de los 90 me genera un rechazo difícil de obviar. La autora no se despeina y es capaz de poner ambas situaciones con una página de diferencia, haciendo la cosa mucho más desagradable.
No sé si achacarlo a un caso de pura egolatría, o a la tendencia de hacer todas las historias como autobiográficas para captar la atención de un lector moderno al que la China le Mao le queda lejos pero que quizá pueda comprender mejor los problemas de ansiedad de la autora. Quizá haya sido una exigencia de la editorial, o una decisión de Hulls, no sé. Lo que sí veo es los problemas que genera y no es sino un desequilibrio apabullante entre las dos historias previas a la suya en favor de sí misma y su proceso de sanación y de escritura. Cuando, evidentemente, lo interesante son esas dos mujeres que solo se tienen una a la otra y que se enfrentan a un enemigo externo y además a otro enemigo interno.
Probablemente el problema radica de base: que Hulls jamás pudo mantener una conversación con su abuela, que toda la información que tuvo venía filtrada por su madre por lo que la información está necesariamente sesgada y limitada por la visión infantil que podía no comprender cada paso que daba Sun Yi. Incluso cuando visita a otros familiares chinos, dado que ella no habla chino, la traductora sigue siendo Rose.
No quiero que penséis que no me ha gustado absolutamente nada esta historia, porque me ha gustado en gran parte, pero tengo la sensación de que esto de las tres generaciones de mujeres chinas lo hemos visto mejor organizado en otro libro, que no es sino esa maravilla que es Cisnes salvajes de Jung Chang.
Namaste.









