A veces me ocurre que determinados libros cortos, con la excusa de que los cuelo en cualquier momento entre otros títulos más largos, no los acabo de leer.
La leyenda del Santo Bebedor es una excepción, ya que con sus menos de cien páginas, he logrado intercalarlo al poco de comprarlo. Tenía pendiente leer al autor y este título me pareció una manera perfecta de hacerlo.
La leyenda del Santo Bebedor es una novela cortísima que narra la historia de Andreas, un bebedor que deambula por las calles de París, que contrae una deuda que quiere devolver: un desconocido le da dinero con el compromiso de que Andreas deposite dicha cantidad en la iglesia como ofrenda.
Aunque el propósito del protagonista es ferviente y claro: devolver esos 200 francos, en su camino el destino le lleva por otros derroteros. Así, incluso consigue hacerse con una cifra aún mayor, pero el alcohol y ciertos encontronazos con personajes del pasado le hacen primero, frecuentar elegantes hoteles para después, de nuevo, perder el camino y fracasar cada vez que trata de poner camino hacia la iglesia.
Porque no hay nada a lo que más fácilmente se acostumbre una persona que a los milagros, cuando los ha conocido una, dos o tres veces. Sí, la naturaleza del hombre le lleva a enfadarse cuando no obtiene de forma continuada lo que parece haberle prometido un azar casual o pasajero. Así son las personas.
Es apabullante cómo Roth despliega tantos temas en un texto tan corto, y como la historia, que no deja de ser una parábola más desarrollada, llega a temas más intricados, como la fuerza de voluntad, la culpa o el destino, la importancia de la relación entre las personas y la desesperación.
No os voy a contar más porque tardáis menos en leer el título que en seguir leyendo esta reseña, simplemente os lo recomiendo, se lee en dos ratos y si no tenéis demasiado tiempo o lleváis lecturas poco satisfactorias, esta os reconciliará con la literatura.
Me recuerda a La vida es sueño de Calderón. Todo es cruel pero todo es real.
FICHA:
Te gustará si te gustó
– La vida es sueño, Calderón.
Pros
– Inteligente, directo y claro. – Pura literatura. Todo es destacable.
De entre las muchas carencias lectoras que tengo, trato anotar alguno de los títulos pendientes entre las lecturas mensuales, con objeto de ir subsanando faltas.
Este es uno de los títulos, y en el mes de agosto lo colé entre lecturas mientras trataba de pasar unos días un poco más frescos. Reconozco que ha sido lectura de piscina, y la verdad que le pega mucho a esta historia de ciencia-ficción.
Vaya por delante mi desconocimiento sobre que esta historia, que en la literatura conocemos por ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? pero que en el cine tiene un título mucho más reconocible: Blade Runner. Desconocía que la famosísima película de Ridley Scott se basara en esta historia.
La novela de Philip K. Dick está protagonizada por un cazarrecompensas. Uno que busca un desarrollado tipo de androides en medio de una Tierra semi abandonada donde solo han quedado los que no se pudieron marchar. Él sí está preocupado por su oveja eléctrica, no sólo porque no es una oveja de verdad, como él se merecería, sino, porque además, decide dejar de funcionar de un día para otro.
¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Evidentemente. Ésa es la razón de que a veces asesinen a sus empleadores y huyan aquí.
Página 208
La complicación de saber quién es humano y quién no se añade a la tarea del protagonista: acabar con unos androides que se han infiltrado en el planeta. Su cometido conlleva plantearse qué nos hace humanos y qué nos distingue de las máquinas. Desde ahí, como imaginaréis, las preguntas que se dejan en el aire son unas cuentas.
Aunque el trasfondo metafísico acompaña cada paso del camino de Rick, lo cierto es que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es una historia divertida, sardónica, que incluye situaciones absurdas para ejemplificar los verdaderos temas que traslucen: el uso de la tecnología, la soledad de los humanos… todo tan actual que da miedo.
No es redonda, hay algo en la trama que falla, que no acaba de cuadrar bien en el ritmo del resto de la novela. Pero me encanta seguir comprobando que, simplemente con un puñado de personajes y una buena idea se puede dar forma a una novela corta tan interesante como ésta.
Escogí Nada se opone a la noche entre otras opciones de lectura para llevar a un viaje a Roma, optando por un libro no demasiado largo, pero lo suficiente como para que me durara el tiempo de mi partida, y que al mismo tiempo no pesara mucho. Los Compactos de Anagrama suelen ser una buena opción porque además son pequeños y caben en cualquier sitio.
Cuando lo compré sólo sabía que tenía algo de dureza y que el tema a tratar estaba relacionado con una madre. No sabía que sí, que Nada se opone a la noche es la historia de la madre de Delphine; pero también la de la propia autora, desde el momento en el que accede a su piso y se la encuentra muerta. A raíz de este hecho, la autora rememora el pasado de su madre e investiga y entrevista a sus tíos, su hermana y el entorno cercano a Lucile.
El inicio estremece y apabulla, no sólo porque aporta muchos datos de las personas que intervienen (nombres, detalles, anécdotas), sino porque la temática nos acerca a la complicada infancia de la madre de de Vigan, sin preámbulos ni introducciones. Lo cierto es que entre la dureza de lo que trata y intentar saber quién es quién en el árbol genealógico familiar, las primeras páginas se hacen complicadas de digerir.
Desde el momento en que Lucile se convirtió en madre, es decir, desde que aparecí en la vida de Lucile, he abandonado toda tentativa de relato objetivo en tercera persona. Quizá me pareció que el yo podía integrarse en el relato mismo, intentar asumirlo. Es mentira, por supuesto.
Página 173
Un infancia compleja dentro de una familia numerosa es la clave para empezar a entenderla un poco más. El resto, vendrá de la mano de una enfermedad mental que va apareciendo a lo largo de su vida a través de brotes y que la marcará para en cada paso del camino. Así, de Vigan retrata cómo su madre se casa, y cómo pasa de un matrimonio joven a tener dos hijas y un divorcio; y de ahí los episodios caóticos y violentos que le harán perder la potestad de la niñas:
Escribo este libro porque hoy tengo fuerzas para detenerme sobre lo que me atraviesa y a veces me invade, porque quiero saber lo que trasmito, porque quiero dejar de tener miedo de que nos pase algo como si viviésemos bajo una maldición, poder aprovechar mi suerte, mi energía, mi alegría, sin pensar que algo terrible nos va a destrozar que el dolor, siempre, nos esperará entre las sombras.
Página 253
Nada se opone a la noche incluye todos los elementos propios de la autoficción: la búsqueda de respuestas ante un evento real, las dudas sobre el proceso de escritura del libro y la confrontación frente a lo que se encuentra y lo que se presupone que se sabe.
Esta parte se suele hacer más accesoria, más aburrida, quizá menos interesante que la historia de la madre en sí; pero nos ayuda a entender cómo se afronta un tema tan cercano para tratarlo en las páginas de un libro: qué mueve a la autora en la búsqueda de respuestas y cómo gestionar aquellas que no esperaba.
En definitiva, Nada se opone a la noche ha sido una gran lectura y una muy buena elección. No es apta para todos en todo momento pero no dejéis de leerla.
Demasiado optimista me las prometía yo cuando dije que a ver si no compraba nada más hasta septiembre… Spoiler: NO.
Veamos, aquí los primeros:
El canon occidental, Harold Bloom (Compactos Anagrama, 2001): un ensayo famosísimo que tenía apuntado desde mucho tiempo pero que no me había hecho con él. El empujón final lo ha dado el curso de crítica literaria de José Carlos Rodrigo. Mi intención es ir leyendo poco a poco mientras alterno con otras novelas o relatos. Lo acabo de empezar. Aquí la reseña.
La leyenda del Santo Bebedor, Joseph Roth (Compactos Anagrama, 2019): un relato muy cortito de un autor al que no he leído nunca. La edición es la conmemorativa de Anagrama.
Los nombres propios, Marta Jiménez Serrano (Sexto Piso, 2021): la primera novela de esta autora de la que todos están hablando muy bien, que ya he tenido oportunidad de leer y de la que os hablé en esta entrada.
Un tal Cangrejo, Guillermo Aguirre (Sexto Piso, 2022): envío, como el anterior, de los amigos de Sexto Piso. No conozco al autor y las referencias que tengo son buenas, mi opinión, aquí.
Y además…
Los Effinger, Gabriele Tergit (Libros del Asteroide, 2022): quería tener un ejemplar de este libro, una saga familiar en el Berlín del siglo XIX. Un tochazo no apto para salir de casa, claramente. No sé por qué a mí me huele a otoño.
Caso clínico, Graeme Macrae Burnet (Impedimenta, 2022). Del mismo autor he leído Un plan sangriento, un thiller histórico muy entretenido. La desaparición de Adèle Bedeau en casa, así que este título se vino a casa simplemente porque llevo unas semanas duras en el trabajo y necesitaba un revulsivo.
Serotonina, Michel Houellebecq (Compactos Anagrama, 2022): regalo inesperado de alguien que me conoce muy bien. A este señor francés hay que leerlo. Reseña.
Y vosotros, ¿habéis comprado mucho las últimas semanas? ¿O estáis esperando a la rentrée de septiembre?
Por redes sociales vi este título varias veces. La opinión era unánime: merecía la pena.
Me llamó mucho la atención y los amigos de Sexto Piso me ayudaron a adelantar su lectura al enviarme un ejemplar a casa. ¡Gracias chicos!
Los nombres propios va de nombres. De los nombres que nos designan y de los motes que acabamos adoptando. De las dualidades y de la evolución. De lo que somos y lo que seremos.
Los nombres propios es una novela de autoficción, donde la protagonista es la propia Marta. Conocemos múltiples Martas, acordes según el paso del tiempo: la Marta niña que pasa tiempo con su familia, la Marta adolescente y sus amigos, la Marta adulta. La que evoluciona y cambia, la que empieza a echar de menos aquello que dio por hecho en su infancia.
Eli lía un cigarrillo intentando poner actitud de llevar toda la vida fumando. Toda vuestra vida. Qué vida. Su vuestra vida empezó ayer. No recordáis vuestra infancia y no vislumbráis un futuro. Vuestra vida son los exámenes, los parques, las plazas, los amigos, los cigarrillos que liais con actitud de llevar toda la vida haciéndolo.
Página 88
Pero empecemos por el principio, porque una de las cosas más características de esta historia es la narradora. Ya que aunque la protagonista sea Marta, la que narra su historia es su amiga invisible, Belaunfia Fu, testigo de sus juegos infantiles pero también, en cierta medida, quien la acompaña cuando crece y que va desapareciendo poco a poco según va evolucionando. La voz interior que mejor la conoce.
Nada. No hago nada. Narrarte desde la lejanía tu propia historia, que es algo que hacemos todos, relatar lo que nos pasa, aunque sea de manera inconsciente. Sigo aquí por inercia. Una inercia que empieza a resultar forzada. Qué es el carácter sino una tremenda inercia que hay que saber frenar, una costumbre mítica de la que debes deshacerte.
Página 147
Los nombres propios es, a fin de cuentas, la historia del paso del tiempo, de los adultos que por primera vez comienzan a mirar con nostalgia lo que fueron.
Dónde vas a meter a la Marta celosa ahora que no eres celosa, qué vas a hacer con la Marta exagerada ahora que no eres exagerada, ahora que eres un Marta que empieza a ser consciente de sus necesidades.
Quién eres, si no eres las Martas que eras, si eres Martas que no sabían que existían.
Página 147
La voz de Jiménez Serrano es cálida, tierna, terrenal, sutil pero inteligente, certera en sus reflexiones y aparentemente sencilla en las formas.
Tenían razón: una lectura ligera, perfecta para una jornada estival, refrescante y entretenida.
El escritor francés pasa unos días de descanso en la zona para reponerse de la rutina. Acude junto con su novia Hélène y dos hijos, uno de cada uno de ellos.
Hasta que.
La víspera eran como nosotros, nosotros éramos como ellos, pero les sucedió algo que no nos sucedió a nosotros y ahora formamos parte de dos humanidades separadas.
Página 26
Carrère acompaña a su novia, de profesión periodista, en los lugares que visita (hospitales, recintos para supervivientes, hoteles…) con objeto de recabar información y reportarlo a los medios franceses. Lo hace también por esa otra humanidad que comentaba el francés: en concreto por un joven matrimonio que ha perdido a su hija y que se enfrentan a la aceptación del gran dolor que sienten y también de la parte práctica en cuanto a la repatriación del cadáver.
El autor reflexiona sobre la naturaleza de la catástrofe, la casualidad y la fortuna, mientras visita los lugares que han quedado devastados por el tsunami.
Paralelamente, Carrère narra la historia de la hermana de Hélène, Juliette, quien ha sido diagnosticada con su segundo cáncer y trata de sobreponerse ante la enfermedad. Finalmente, Juliette muere, dejando tres hijas pequeñas y un desconsolado marido.
El autor conecta ambas historias: las de la enfermedad, la muerte, el dolor, de forma más o menos simétrica: la muerte de una hija para una madre y la de una madre para tres hijas.
Tú tampoco te acuerdas de tu madre cuando eras pequeña. Ni yo de la mía. Ya no vemos la cara que tenían. Sin embargo, nos habitan.
Página 217
La aceptación del fin de la vida, cómo superar el duelo o aceptar lo inevitable, sumado a las circunstancias de una y otra historia. La reflexión sobre lo efímero de nuestros días, sobre la espada de Damocles que se cierne sobre nosotros. Y aún así, seguir.
Como es común en el francés, utiliza la autoficción para situarse como personaje dentro de la historia que nos está contando. Plagado de saltos temporales, ambas historias se entremezclan hasta que Carrère, un tiempo después, decide convertir ambas historias en un libro.
Más errático que otros de sus libros, me parece que la edición ha formado parte clave y no ha resultado del todo satisfactoria. Abundan las autoreferencias (tanto de libros que escribió antes Carrère como de la propia historia de Juliette, que llega a mencionar en el inicio del libro), pero me parece que no acaba de funcionar al no estar bien empastado del todo: se nota que son dos historias independientes que se han decidido unir y pareciera como si ha añadido las autoreferencias para dar la sensación de que De vidas ajenas está bien construido desde el principio.
Comparado con otros libros del autor, me ha gustado mucho menos, es una buena historia, tiene el sello de calidad que nos ofrece Carrère siempre pero no es tan redonda como El adversario o Limónov.
O quizá resulta que cuando has escrito libros redondos, tus lectores siempre te van a exigir el máximo. Porque para otros, y eso es lo triste, este seria el libro que aspiran escribir.
Regresé a Pla tras las buenas sensaciones que tuve leyendo El cuaderno gris, un libro que recuerdo con mucho cariño y con el que pasé grandes ratos. Lo hacía además motivada porque leer sobre Rusia me gusta, así que pensé que iba a ser todo un acierto.
Me equivocaba.
Viaje a Rusia es la crónica periodística del viaje que hizo el catalán a Rusia en los años 20. Se acerca al gigante eslavo desde la ignorancia del occidental, con ganas de conocer más las nuevas políticas que implantadas tras la Revolución.
Y es que en Occidente el interés por los cambios de vida del ruso de a pie aumentan y periódico La Publicitat decide encargar varios artículos a Pla, para que, sobre el terreno, relate su propia experiencia.
En 1925, cuando fui a Rusia, sabía de aquel país aproximadamente, lo que sabe todo el mundo: prácticamente nada.
Página 28
En los primeros capítulos Pla narra su periplo de maratonianas jornadas en diversos medios de transporte hasta llegar a su destino, detallando el estado y la situación de lo que se va encontrando en el camino. Además, aprovecha para describir sus primeros contactos con los habitantes del lugar.
El resto de los capítulos abandona esa narración personal para acometer descripciones sobre los cambios por temáticas, incluyendo cada vez menos experiencia y más la visión oficial que quería mandar al mundo la URSS.
Esperaba que todo el libro fuera como esa primera parte del libro: narrando su viaje, lo que ve, lo que ha conocido y las cosas que le han contando, esto es, una crónica. Sin embargo, el tono posterior del libro no tiene nada que ver.
Y aquí está el problema: todos estos capítulos son, en la mayoría de los casos, reproducción de la propaganda de la época, ya que el mismo Pla reconoce que muchas de las cosas de las que habla no ha podido comprobarlas in situ. Estos capítulos dejan muchos fragmentos no particularmente halagüeños para con el autor:
Han llegado a establecer las cosas de un modo que la selección se haga, ciertamente, de una manera dictatorial, pero en sentido favorable al país.
Página 85
Cierto es que de cuándo en cuándo hay capítulos que son interesantes al narrar lo que ve, pero las conclusiones a las que llega son, cuanto menos, cuestionables. La sensación de que le han encargado una crónica que ha de incluir un contenido en concreto es clara durante toda la lectura. El que paga decide qué ha de escribirse y qué omitirse.
En definitiva, para mí una decepción enorme, que habría sido una alegría de haber continuado todo el libro como el primer capítulo.
Llego a Trilogía de Copenhague un poco por recomendaciones de varios lectores, pero sin saber con exactitud qué me voy a encontrar, a finales del año pasado lo compré y decidí leerlo este año.
Este libro incluye es autobiografía más o menos ficcionada de la autora, Tove Ditlevsen, con tres partes bien diferenciadas.
El inicio, como es de esperar, comienza con la infancia, donde nos narra su pasado familiar y los sentimientos de niña incomprendida que le acompañan desde pequeña. Su afán por escribir, por tener amigos y huir de la pobreza de su casa son tempranos y constantes:
Oscura es la infancia, siempre gañendo con un animalillo (…). Casi todos los adultos dicen haber tenido una infancia feliz y puede que hasta lo crean, quien no lo cree soy yo. Yo lo que creo es que han logrado olvidarla.
Página 38
Narrada cronológicamente y con el uso de narrador en primera persona, la infancia de la autora viene marcada por la pobreza en el extrarradio de la capital danesa, en las primeras décadas del siglo XX. La inestabilidad económica junto con el auge del partido nazi forman parte del ambiente en el que ella comienza a desarrollarse, en una casa fría de un barrio obrero de la capital. Allí reside con sus padres y su hermano:
Todo el mundo se encariña con mi hermano y yo muchas veces pienso que a él su infancia le cae mucho mejor que a mí la mía. Tiene una infancia hecha a medida que va ensanchando con armonía a la par que él crece, mientras que la mía la cosieron para otra niña a la que seguro que le habría sentado la mar de bien. Cuando pienso así, mi careta se vuelve aún más estúpida, porque no puedo hablar de estas cosas con nadie y siempre sueño con conocer a alguien extraordinario que me escuche y me comprenda. En los libros he leído que hay personas así, pero no existe ninguna en la calle de la infancia.
Página 40
La segunda parte, de título Juventud, comprende la etapa de vida de adolescente que busca un trabajo con el que ser independiente mientras que persigue que le publiquen alguna de sus obras en una editorial. Más aburrida quizá, la temática es más monótona y apenas hay cambios en los personajes que ya conocemos. Eso, sumado con que es la parte más larga consigue ralentizar la narración. Lo cierto es que me encallé lo suficiente como para colar otra lectura entre medias, menos mal que continué.
No sé muy bien cómo, consigo salir por la puerta con todas mis esperanzas rotas. Despacio, paralizada, echo a andar hacia casa a través de la primavera de la ciudad, la primavera de los demás, la gozosa metamorfosis de los demás, la dicha de los demás. Jamás seré famosa, mis poemas no valen nada. Me casaré con un obrero cualificado con trabajo estable que no le dé a la botella o tendré un empleo fijo con derecho a pensión. Después de esta mortífera desilusión, tardo mucho en regresar a mi cuaderno de poesía. Aunque a nadie le gusten mis poemas, no me queda más remedio que escribirlos, porque mitiga la pena y la añoranza que encierra mi corazón.
Página 106
Por último, la tercera parte, Dependencia, describe el momento en el que se convierte en madre y su situación de entonces: desde el éxito profesional gracias a sus libros hasta los problemas personales por los que pasa: un primer matrimonio fallido que lleva a un segundo matrimonio que acaba abruptamente para acabar con un tercer matrimonio que le lleva de cabeza a la adicción y a la sumisión ante un hombre que sabe cómo conseguir lo que quiere.
Todos hemos fracasado en algún plano de la vida y tengo la sensación de que nuestra juventud ha acabado junto con la ocupación.
Página 348
Me ha sorprendido mucho el tono y el cambio de tema entre la segunda y la tercera parte, esperaba algo muy diferente a lo que nos narra aquí, que es oscuro, cruel, solitario, desesperado. Gana en complejidad y reflexiones, ahonda en los problemas psicológicos de Ditlevsen y en la relación tóxica con su marido.
De forma directa y sin subterfugios, expone el sentimiento de abandono y la adicción a la que se somete tras encontrar una sustancia que le lleva a un estado de irrealidad. Recuerda esta parte a Lucia Berlin, al tono descarnado de quien considera que no le queda nada en la vida. Sólo narrarlo.
Me quedo con la duda saber cuánto de todo esto es cierto, pero si recuerdo que Tove Ditlevsen se suicidó en 1976 ya pienso que mucho de lo aquí expuesto no es sino verdad, aunque habría que acudir a una biografía de la danesa para cerciorarse.
En resumen, Trilogía de Copenhague es una mezcla de Elena Ferrante, Lucia Berlin y Sylvia Plath. Recuerdos de un barrio pobre en la infancia, las ansias por salir adelante y escribir y la desazón al comprender los subterfugios más claros de la personalidad junto con una sociedad que siempre, siempre, espera otra cosa de nosotros.
Muy, muy recomendable. Mi consejo: alternar las partes con otras lecturas.
Atlas de literatura latinoamericana, Clara Obligado (Nórdica libros, 2022): tenía este título en el punto de mira pero la verdad que no sabía si comprarlo. Me he fiado, espero empezar a leerlo dentro de poco, imagino que no de seguido.
La desaparición, Julia Phillips (Sexto Piso, 2021): recomendación de Marta, que lo llegó a incluir en mejores lecturas del año pasado, me picó la curiosidad y me pareció una lectura perfecta para el verano. ¡A ver si le hago hueco en las próximas semanas!
La lucha contra el demonio (Hölderlin – Kleist – Nietzsche), Stefan Zweig (Acantilado, 1999, décima reimpresión marzo 2022). Zweig. Nietzsche. No digo más.
Los Netanyahus, Joshua Cohen, (De Conatus, 2022). A Cohen le dieron el Pulitzer por esta novela, lo cual ya dice mucho. Por el tema no sé si será una historia para mí, las novelas de formación a veces se me quedan cojas. Reseña.
De varios comprados de segunda mano y alguna novedad:
Teoría de la literatura, Vítor Manuel de Aguilar (Gredos, 1996). A finales de mayo estuve haciendo un pequeño curso de crítica literaria de la mano de José Carlos Rodrigo Breto (Literatura_instantanea en Instagram), y del listado de libros sobre teoría me quedé con unos cuantos. Este es considerado un texto de referencia. Iré leyendo varios de la lista poco a poco.
Aniquilación, Michel Houellebecq (Anagrama, 2022). La esperadísima última novela del francés que habréis visto por todas partes. La verdad es que creo que leeré Plataforma antes pero quería tenerla en mi estante. Por si las moscas, que el papel está cada vez más caro.
La Madona de los coches cama, Maurice Dekran (Impedimenta, 2018). Lo tenía en mi lista y lo he acabado comprando en Wallapop, aunque no soy demasiado fan de los libros de segunda mano, esta vez he caído.
Casas muertas, Oficina número 1, Manuel Otero Silva (Trotalibros, 2022). Un clásico de la literatura venezolana que viene avalado por el editor andorrano más loco del mundo. Me fío.
Y vosotros, contadme, ¿habéis comprado muchos libros últimamente?
Hay autores de esos que sabes que vas a seguirle los pasos en los títulos que han escrito y los que vendrán. Halfon es uno de ellos. Lo descubrí con El boxeador polaco, luego llegó Monasterio y más tarde, Canción.
Duelo nos adentra en la memoria familiar, en los recuerdos de un niño que sabe, que cree, que duda, de una historia familiar narrada hace tiempo.
Duelo es, como en sus anteriores historias, un relato familiar, de conexiones geográficas y temporales, de abuelos que emigran, de relatos que quizá, sean inexactos, exagerados o inventados.
Apenas tenía diez años, pero acaso entendía ya que una lengua es también una escafandra.
Página 22
Y es que Halfon nos devuelve a la infancia, a los recuerdos que tenemos de nuestros mayores cuando nos narran historias pretéritas de familiares que para nosotros son sólo nombres. Ciudades perdidas, lugares de otro tiempo en el que ocurren circunstancias que marcan a la familia para siempre.
Su familia, esa que se muda de una punta a otra del mundo: Guatemala, Miami, Polonia, Nueva York. La que habla distintos idiomas: inglés, español, yídish, árabe. Una familia que como una matrioshka tiene historias que se entrelazan, se relacionan, se incluyen unas dentro de otras.
Pero Duelo es también una historia sobre la búsqueda de la identidad, del crecimiento de un chaval que no se siente ni de acá ni de allá. La aceptación de una complejidad tejida mucho antes de que naciera, de que la dualidad de ser de todos los sitios y de ninguno, de hablar varias lenguas y no saber cuál es la materna, le va a acompañar por siempre.
Entonces, ¿el tío del autor, Salomón, murió ahogado en un lago a los 5 años?