Diría que anoté el apellido de la autora cuando la vi entre las posibles para el Nobel. Ni me sonaba, la verdad, lo único que recuerdo es que venía recomendado por Macarena, así que me fie de su criterio.
Sóniechka es una joven judía no muy agraciada amante de la lectura. La historia comienza así:
Desde pequeña, recién salida de la infancia, Sóniechka se sumergió en la lectura. Su hermano mayor, Yefrem, el bromista de la familia, no se cansaba de repetir la misma gracia, que sonaba ya pasada de moda en el momento de su invención: «¡De tanto leer, a Sóniechka se le ha puesto el culo en forma de silla y la nariz en forma de pera!»
Página 7
La alegría de nuestra protagonista gana enteros cuando comienza a trabajar en una biblioteca. Allí conocerá a Robert Víktorovich, un tipo que ha pasado por un campo de trabajo soviético con quien conecta en el primer encuentro. De ahí, al matrimonio y a la vida conyugal.
El cambio de vida supone para Sóniechka el olvido de los personajes de sus novelas, con quienes había compartido tantos momentos, para dedicarse en cuerpo y alma a su familia. La amargura comenzará a añadirse a sus días poco a poco, hasta culminar en la decepción de verse relegada como la tercera en discordia.
El capricho prepotente del destino, que en su día había dictaminado que Sóniechka se convirtiera en la mujer de Robert Víktorovich, ahora intervenía en la vida de Tania.
Página 63
Sóniechka es poco más que un relato y poco menos que una nouvelle. No llega a las 150 páginas pero condensa gran parte de lo que podía esperar de la vida una mujer cualquiera de la Unión Soviética. Perfecta para el acercamiento a Ulítskaya, que como Sóniechka proviene de la URSS y también es judía, el estilo me ha recordado a Magda Szabó: directa, concisa, dura y cruda también, tiene ese encanto gris de las descripciones de las rutinas que tan bien les sale a los rusos. Sin reflexiones, eso sí, con el planteamiento escueto de las situaciones, la autora nos deja un regusto agrio, como el que por obligación, le ha de quedar a Sóniechka.
Os traigo por aquí los libros que me han dejado Sus Majestades los Reyes bajo el árbol:
Salvo mi corazón, todo está bien, Héctor Abad Faciolince (Alfaguara, 2022). Del autor he leído ya El olvido que seremos, una preciosa novela que deja con ganas de leer más al colombiano. Tengo por casa Lo que fue presente, los diarios del autor de 1985 a 2006, aún sin leer. Este con que sea la mitad de bonito que su título ya lo tiene todo medio hecho.
Hecatombe, William Gerhardie (Impedimenta, 2016) Llegué a Gerhardie por otro libro sobre libros que no recuerdo cuál es… anoté el autor y posteriormente lo he pedido a los Reyes. ¡Aquí lo tenemos!
Vivir abajo, Gustavo Faverón (Candaya, 2019). De Faverón he leído por Instagram comentarios muy elogiosos, y los lectores que lo han leído me han recomendado este título, que creo que leeré en breve, ya que la curiosidad me puede.
Un amor de Swann, Marcel Proust (Alianza, 2022). Dicen de este título de Proust que es la mejor manera de acertarse a En busca del tiempo perdido, saga que tengo pendiente y que (imagino) algún día tendré que volver a intentar leer. Quizá sea el momento de animarme a regresar al francés.
La muerte es mi oficio, Rober Merle (Sexto Piso, 2022). Uno de nazis, ¡hacía mucho! No necesito más la verdad. Creo que últimamente ya no leo tantos libros ambientados en la Segunda Guerra Mundial, así que no me viene mal regresar al tema.
El hospital de la transfiguración, Stanislaw Lem (Impedimenta). Del mismo autor leí en su día Máscara, un conjunto de relatos con el que no acabé de conectar tanto como esperaba. De este título hablan maravillas y por eso lleva anotado en mi libreta varios años. Al fin lo tengo en el estante.
Y vosotros, ¿habéis recibido muchos regalos librescos?
Al igual que hay listas de lo mejor, aquí llega la antilista. Los libros que menos me han gustado.
Este año no he abandonado ningún libro, aunque bien es cierto que tengo alguno que se me está atascando.
Decepciones
Viaje a Rusia, Josep Pla. Esperaba mucho más de esta crónica del catalán que se queda en un mero panfleto de propaganda que ha envejecido muy mal.
La escuela de canto, Nell Leyshon. Me gusta la autora pero el ejercicio de repetir una y otra vez su novela insigne me aburre. No hay nada novedoso en esta historia.
Howards End, E.M. Foster. Me habían recomendado este título y lo anoté sin saber de qué trataba. Quizá si hubiera indagado algo más no lo habría leído. No sé por qué pero las novelas costumbristas me dicen poco: me gustan cómo están escritas pero no ahondan en profundidad en ninguno de los temas. Lo he intentando con muchos de los clásicos de la época pero nada, que no son para mí.
El estrecho de Bering, Emmanuel Càrrere. Quizá sea la primera vez que el mismo autor aparece a la vez en la lista de lo mejor y de lo peor que he leído. Alguno tenía que ser el primero y le ha tocado al francés.
Y para vosotros, ¿cuáles han sido los títulos que no han cumplido vuestras expectativas?
No quiero cerrar 2022 sin mostraros los últimos libros que he comprado en Moito Conto este mes, más alguna incorporación editorial.
¡Empecemos!
Hard Land, Benedict Wells, (Catedral, 2022). Me sorprendí encontrarme con un nombre conocido pero que había olvidado. A Wells le publicaba una editorial que no paga a sus colaboradores y a pesar que El fin de la soledad me encantó le había perdido la pista. Ahora Catedral está publicando su obra. Estamos de enhorabuena porque es un autor muy interesante. Este lo leeré en breve, a ver qué tal.
Zama, Antonio di Benedetto (A.hache, 2022). Este título lleva, seguramente, décadas en mi punto de mira, pero nunca encontraba ninguna edición para leerlo. Fue una alegría toparme con él. Hablan maravillas de esta novela.
Meridiano de sangre, Comarc McCarthy (DeBolsillo, 2014). Admito que no he leído al autor. Tampoco he visto la famosa película de La carretera, pero pienso enmendarlo pronto. Este me han dicho que es una buena opción para empezar a leerle.
Pequeñas desgracias sin importancia, Miriam Toews (Sexto Piso, 2022). Una novela de la que todo el mundo está hablando genial y que ya he podido leer. El envío corre a cargo de la editorial. ¡Gracias!
La cosecha del dragón, Upton Sinclair (Hoja de Lata, 2022). La sexta entrega de la saga de Lanny Budd, de la que ya sabéis que soy fan, promete traernos muchas más aventuras. Qué bien que haya editoriales tan comprometidas por los buenos libros como los amigos de Gijón. Tengo muchas ganas de ponerme con él pero voy retrasada con la lectura de la saga…¡habrá que ponerle remedio!
La Biblia de neón, John Kennedy Toole (Anagrama, 1997). Llevo años buscando esta novela, la primera que escribió el autor de La conjura de los necios. Como no había forma de hacerme con ella nueva he acabado recurriendo a la segunda mano. Creo que no será una novela muy significativa pero tenía muchas ganas de hincarle el diente.
Y vosotros, ¿habéís comprado muchos libros en este último mes del año?
Este año me alegra decir que he leído más que los anteriores. Además me da la sensación de que también he leído mejor y que la mayoría de los títulos han sido buenos o muy buenos.
Como siempre, divido los mejores en dos listas: los que me han gustado muchísimo y los libros con los que os daré al turra, el top 5. que añado bajo la categoría de Joyas.
Tras una obligada selección, aquí las mejores lecturas de este 2022 que pronto nos deja:
Destacados
Los chicos, Toni Sala. Yo a este tipo no lo conocía de nada y me llevé una sorpresa enorme según iba avanzando en una historia que parece cruda pero que lo va siendo más según avanzas. Brutal.
Lo demás es aire, Juan Gómez Bárcena. Os he dado bastante la lata con Gómez Bárcena. Tranquilos que también se la doy a él. Lo demás es aire tiene poco que ver con Ni siquiera los muertos, pero utiliza una técnica similar para trasladarnos al pasado de Toñanes y también tiene como protagonista a un Juan que busca a otro Juan. Tierno, complejo estructuralmente y lleno de historias sencillas. Imposible que no os guste.
Trilogía de Copenhague, Tove Ditlevsen. En la reseña comparé esa trilogía con La amiga estupenda de Ferrante y también con Lucia Berlin. Lo cierto es que la historia es parecida a la de las dos amigas pero el tono, sobre todo según vamos avanzando en la historia, se vuelve más oscuro y complejo. Muy recomendable.
La desaparición, Julia Phillips. La desaparición de dos niñas es el punto de partida de una historia poliédrica donde otros personajes secundarios han de gestionar un evento que sacude e inquieta a la pequeña comunidad de la península de Kamchatka.
Trampa 22, Joseph Teller. Una desopilante novela antibelicista en la que Yossarian, su protagonista, tratará de no caer en la trampa 22 para poder regresar a casa. Lo va a tener complicado.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick. Tiene delito que no haya visto la película y que no supiera nada de esta novela, la verdad. No hagáis como yo y leedla.
Joyas
Limónov, Emmanuel Carrère. El año empezó fuerte y fue con el francés y este título de un ruso muy peculiar con el que me acabó obsesionando y volando la cabeza igual que ya lo hizo con El adversario. Limónov es genial. ¡Leedlo!
Betty, Tiffanny McDaniel. El nombre de esta niña india se queda en tu mente y no te abandona. Su lectura recuerda a Toni Morrison, con esa calidez y dureza sureña que tan buen resultados ha dado en la literatura.
Sinsonte, Walter Tevis. ¿Ciencia-ficción filosófica? Este es vuestro libro. Un mundo en el que la lectura ha desaparecido, donde los robots se han adueñando del mundo, donde todo lo humano es relegado a un segundo plano. No sólo la edición es preciosa, el contenido está a la altura.
Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan. Durísimo testimonio sobre la madre de la autora, en un ejercicio de autoficción digno de una maestra. No exageran los que ponen por las nubes a este libro, de verdad.
Manuscrito encontrado en Zaragoza, Jan Potocki. Ya me prodigué bastante en la reseña y poco más puedo añadir. Una novela total de la España del siglo XVIII de esas que ya no quedan. Fantástica.
Y para vosotros, ¿cuáles han sido las mejores lecturas de este 2022?
Si lleváis un tiempo por aquí ya sabéis que el guatemalteco Halfon se ha convertido en uno de esos autores a los que regreso de forma periódica.
En el blog podéis encontrar entradas de El boxeador polaco,Monasterio, Canción y Duelo y seguro que vendrán más, porque el resto de su obra la tengo en la lista de pendientes.
Así que con esos antecedentes al saber que Libros del Asteroide iba a editar este mismo año Un hijo cualquiera, me hice con él. Como los anteriores, se trata de un libro breve para degustar en la misma tarde.
Halfon nos lleva de nuevo a su mundo, un lugar que se relacionan futuro y pasado y donde siempre el tiempo es relativo. Su hijo lo lleva a reflexionar sobre su familia: sus padres y sus abuelos, y así todo está conectado por un hilo invisible en el que el carácter y las anécdotas llevan de los a unos a los otros.
Añade el autor fragmentos sobre el proceso de escritura, sobre los modos y la necesidad de plasmar por escrito su mundo. También hace lo mismo con el proceso de lectura, donde reconocer que fue un lector tardío que se obsesionó por leer en poco tiempo mucho de lo que tenía pendiente:
Me pregunté qué permanece, entonces, cuando un libro y su autor dejan de existir, cuando ambos se han convertido en polvo y tierra y papeles sueltos. Me pregunté esto: ¿qué debemos hacer, al final, con las bellas palabras escritas por una mano inmunda?
Página 124
Como suele ser habitual, ambos temas son los protagonistas y se va alternando, saltando de uno a otro incluso en el mismo capítulo. Además la autoficción y la autorreferencia son constantes y muchos de los detalles son los propios de su situación, de su visión y el nomadismo de Halfon, como es normal viniendo de tan particular familia.
Un hijo cualquiera adolece de falta de unión entre los relatos, como si faltara un hilo conductor que uniera la obra de manera más compacta. La sensación es que se han escrito en momentos diferentes y alguno de ellos ha sido rescatado de un cajón que no acaba de conectar con el resto de la obra, como si no correspondieran a al mismo contenido.
No es el título que más me ha gustado de Halfon, y si comenzáis a leerle os recomendaría empezar por otro título, pero si os gusta el autor, esta es una pieza más de un puzzle de recuerdos, historias de antepasados y cosas por venir aún por formar.
Podio (Alianza Editorial, 2022) narra la historia de Paula Sen, una joven nadadora que busca el éxito en su carrera deportiva.
Paula sueña con llegar a lo más alto, con subirse a ese lugar que adelanta el título, con conseguir medallas y éxitos deportivos y, quién sabe, convertirse en una leyenda.
Pero de momento Paula es una adolescente, una muchacha que trata de hacerse un hueco en el inicio de su adultez y que intenta compatibilizar su vida con los esfuerzos y la disciplina de la natación. La acompañaremos en su camino donde se compatibilizan los entrenamientos con la ambición, las dudas en una misma con la comparación perpetua con sus competidoras.
Narrada en segunda persona a excepción de un capítulo, Podio ahonda en el esfuerzo y los sinsabores de los inicios de una carrera deportiva, con especificaciones propias de la natación y combinadas con la vida habitual de una adolescente. De lectura sencilla, tiene capítulos cortos, frases cortas y diálogos con los que es fácil y rápido avanzar. Su longitud lo hace perfecto para leer de una sentada.
Lo más complicado quizá sea tratar de hacernos partícipes de un deporte, describir las competiciones, los virajes y los momentos en el agua. Adolece además de algunos lugares comunes.
Allá por 2019, cuando tuvo lugar la Oda a Tolstói, anoté este título para hacerme con él en cuanto tuviera ocasión. Sabía que tras Guerra y paz, éste tenía que leer el siguiente del autor.
Admito desde ya que con los rusos, al menos con los dos mastodontes, Dostoiesvki y Tolstói, he empezado siempre por el final. En lugar de acometer primero lecturas cortas, me lancé con sus novelas insignias: Crimen y castigo y Anna Karénina, respectivamente. Tiempo después me he dado cuenta de que lo natural habría sido empezar por El jugador y por esta que os traigo hoy. Sea como sea, el orden influye, y la visión que tenemos del autor cambia según por dónde lo enfrentemos; pero para mí ya es tarde.
La muerte de Iván Ilich es la historia de un funcionario de la administración zarista cuyo objetivo es subir peldaños en su carrera profesional y ganar importancia en los ámbitos de la sociedad.
Sin embargo, su plácida existencia se ve truncada por varias cosas: la primera, sus expectativas, que se ven frustradas por lo rígido de la burocracia rusa y que además afectan al resto de su existencia. La segunda, el tiempo, que pasa demasiado deprisa.
El autor ya lo deja claro en las primeras páginas de la novela:
La vida de Ivan Ilich no podía haber sido más sencilla, más corriente ni más terrible.
Página 30
Iván Ilich es un tipo recio, trabajador, serio; que espera ascender y tener su vida lo más controlada posible, lo cual significa alcanzar lo que sugiere su estatus: poseer una vida tranquila, sin sobresaltos, en la que sea valorado y retribuido a todos sus niveles, esto es, un matrimonio sólido, una carrera profesional en ascenso y la satisfacción de su importancia social.
Con el paso del tiempo su ambición original y su satisfacción obtenida por los logros que va consiguiendo se van convierto en hastío y frustración. Las cosas no son como había planeado, y todo lo que un día pensó que le reportaría felicidad y tranquilidad no es suficiente.
Además, con el paso del tiempo, llega la enfermedad, lo que le hace replantear su vida, si ha vivido como debía, si algo de lo que ha hecho en sus años de vida tiene sentido, si mereció la pena.
Pero ¿qué había pasado? ¿Por qué? No podía ser. No podía ser que la vida fuera tan absurda y repugnante, ¿por qué morir, y además sufriendo? Había algo que no cuadraba. <<¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? >>- se le pasó de pronto por la cabeza- Pero, ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo que correspondía en cada momento.
Página 131
La muerte de Iván Ilich fue escrita en 1886, en los años finales del autor, y trasmite la crisis existencial que vivió en aquélla época.
Muy diferente de sus novelas más largas, esta nouvelle de apenas 100 páginas trasmite a la perfección el cambio de expectativas y situaciones que sufre una misma persona en varios momentos de su vida, desde la ambición y la fuerza de la juventud hasta la duda de la mediana edad para acabar en tedio y decepción en la vejez.
Mención especial merece la edición de Nórdica, ilustrada, de tapa dura y gran calidad del papel, que hace la lectura mucho más agradable y placentera.
No me extiendo más, de haberlo empezado al comenzar a leer esta reseña ya habríais leído la mitad.
No os preocupéis que va a ser difícil que se os vaya de la cabeza.
Yossarian es un piloto bombardero de un batallón acampado en una isla italiana en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.
El muerto de la tienda de Yossarian era un engorro y a Yossarian le caía fatal, a pesar de no haberlo visto nunca. Tenerlo allí todo el día le molestaba tanto que había ido varias veces a la sala de instrucciones a quejarse al sargento Towser, que se negaba a admitir incluso que dicho hombre existiera, cosa que, naturalmente, había dejado de hacer.
Página 44
Yossarian quiere volverse a casa. Está harto de tanta misión, así que ha decidido hacerse el loco.
El problema es que, paradójicamente, el reglamento establece que nadie en su sano juicio querría pilotar un bombardero, así que alegar lo anterior demostraría que está cuerdo (¿qué loco presentaría una alegación en un procedimiento?), con lo que acaba cayendo en la Trampa 22, que le obliga a seguir pilotando.
– ¿Qué me harían si me negara a cumplir las misiones? – preguntó en tono confidencial.
– Probablemente te fusilaríamos – contestó Wintergreen.
– ¡Cómo que me fusilaríais! – exclamó Yossarian sorprendido -. ¿Por qué ese plural? ¿Desde cuándo estás de su parte?
– Si van a fusilarte, ¿de qué lado quieres que me ponga? – replicó Wintergreen.
Página 93
Para que Yossarian regrese a casa sólo ha de cumplir el número de batallas requerido. Ese es su principal su objetivo, hasta que se da cuenta de que jamás lo conseguirá: cuando está a punto de lograrlo, el general correspondiente siempre acaba aumentándolo.
– ¿Yossarian? ¿Quién demonios es ese Yossarian? ¿No será ese que se emborrachó (…)?
– El mismo. Es asirio.
– Ese loco hijo de puta.
– No está tan loco – objetó Dunbar- Jura que no piensa ir a la misión de Bolonia.
– A eso me refiero – replicó el doctor Strubbs -. Ese loco hijo de puta quizá sea el único cuerdo que queda.
Página 274
En Trampa 22 (Random House, 2019), Joseph Heller nos familiariza con la asombrosa fauna que plaga el ejército. Un elenco de personajes de todo tipo: orgullosos, ambiciosos, peligrosos especuladores, vagos y algún loco despistado que sólo quiere que se acabe la guerra.
Todos los oficiales y soldados tenían que invertir la paga entera en comer. Les quedaba otra alternativa -naturalmente, existía una alternativa, porque Milo detestaba la coacción y era un ruidoso defensor de la libertad de acción -: morirse de hambre.
Página 485
Estructuralmente, Trampa 22 es una novela muy interesante. Al empezarla, podría parecer que se trata de una novela lineal, cronológica y sin ningún tipo de pretensión. Sin embargo, cuando más avanzas más te das cuenta de lo complejo de la estructura, de los detalles que conectan unos capítulos con otros y de las situaciones circulares que se van explicando desde diferentes puntos de vista.
Para ello, Heller encabeza cada capítulo con el nombre del personaje, que aunque pareciera que se trata de la acción centrada en él, en ocasiones el mencionado sólo aparece tangencialmente. Otras, regresa a un evento conocido para narrarlo desde otro punto de vista, o para prestar atención a un detalle no mencionado antes, enfrentando la narración presente con la pasada.
Lo anterior, junto con los personajes que llegan al imaginario para quedarse, conforman una historia sardónica y desopilante, llena de humor negro, situaciones frustrantes e increíbles y diálogos maravillosos.
– El delito que ha cometido es muy grave, padre – dijo el comandante.
– ¿Qué delito?
– Aún no lo sabemos – contestó el coronel. – Pero vamos a averiguarlo. Y desde luego, sabemos que es algo muy serio.
Página 499
La multitud de personajes y su continua mención, en particular cuando acabamos de empezar la historia y aún no estamos familiarizados, hace que sea complejo saber quién es quién (si como a mí, os ocurre que la jerarquía del ejército os baila, ya ni os cuento).
Los diálogos y los razonamientos de los personajes merecen una mención aparte: son sardónicos, irreales, absurdos e increíbles, plagados de humor negro, de sátira, de crítica:
Pero lo contuvieron el recuerdo de su mujer (…) y la confianza que desde siempre había depositado en la sabiduría y justicia de un Dios inmortal, omnipotente, omnisciente, humano, universal, antropomórfico, angloparlante, anglosajón y pronorteamericano, y que había empezado a flaquear.
Página 379
Trampa 22 es una historia que reconozco, se puede hacer algo pesada, por la reiteración de las acciones, y la sensación de tedio que trasmite, pero nada es casual. Y lo mejor: merece la pena, porque es divertida, crítica, llena de humor y de absurdeces, frustrante y odiosa a la vez, sorprendente y brillante cuando menos te lo esperas.
Qué genial este libro, lectores. Qué pena no haberlo leído antes, haber conocido a este soldado que parecía tan cuerdo… ¿cómo se llamaba?
– ¿Es que no lo entiendes? Estoy majara (…) Soy un demente.
– ¿Y qué?
– ¿Cómo que y qué? – A Yossarian no le cabía en la cabeza que el doctor Danika no lo comprendiera -. ¿No te das cuenta lo que eso significa? Puedes darme de baja y mandarme a casa. No van a mandar a luchar a un loco para que lo maten, ¿no?
Sé que no soy la única en confesar que calculo y repienso mucho las lecturas que voy a llevar a los viajes, y sobre todo a los que implican un avión de por medio.
No es tan fácil como podría parecer conseguir escoger una historia entretenida e interesante, que no sea demasiado densa, para poder leer 100 páginas de golpe si es necesario, pero que a la vez ofrezca algo memorable, interesante, digno de ser leído. También escoger los suficientes libros como para tener lectura para la ida y la vuelta pero no pasarse cargando peso de más.
Ya me pasó con Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, que a pesar de lo duro de la historia resultó un ritmo estupendo para lo que andaba buscando.
En esta ocasión escogí La desaparición (Sexto Piso, 2019), un libro que me recomendó Marta, que compré en mi última visita a la librería Moito Conto.
La desaparición arranca con dos hermanas, Aliona y Sofia, de 11 y 8 años, que son interceptadas por un hombre en una zona aislada. Ellas acaban subiendo a su coche.
El resto de la trama pivota entorno al anterior suceso: el impacto, mayor o menor de habitantes, vecinos y otras personas de Kamchatka, el lugar donde se centra la acción pero que funciona como un personaje más y le da un tono y un ambiente muy particular.
Y es que, aunque podríamos pensar que la novela se centraría en la búsqueda, la autora lo lleva por otros derroteros; el de personajes secundarios que tienen más o menos relación con las niñas (su tía, sus vecinas, la mujer que se las cruzó cuando iban con el hombre), y también otras que conocen el caso y nada tiene que ver con ellas, a quienes les afecta en su día a día el nuevo ambiente de inseguridad.
Crees que estás a salvo, pensó. Te cierras en banda y mantienes tus reacciones a raya para que nadie pueda entrar. Obtienes un título universitario y un buen trabajo. Tienes tus ahorros en divisas extranjeras y pagas religiosamente tus facturas. Cuando tus compañeros de trabajo te preguntan por tu vida familiar, no respondes. Haces ejercicio. La ropa te queda bien. Las aristas de tu afecto, siempre afiladas, como un cuchillo, para que todo el que se te acerque sepa que tiene que tener cuidado contigo. Crees que has conseguido tener cierto nivel de protección, pero no es así, al final te das cuenta de que estás indefensa, expuesta a todo el mundo que has conocido.
Página 256
La desaparición es la historia de las niñas pero también las reacciones que generan en una sociedad tan pequeña y cerrada como la de la península de Kamchatka, con limitaciones de movilidad y suspicacias hacia el diferente.
Lo sorprendente de esta historia es que Phillips utiliza el caso para crear un ambiente de inseguridad e incertidumbre en el que nos puede mostrar la realidad de mujeres de la zona, de diversos orígenes y circunstancias, pero con mucho en común: la incertidumbre, la violencia que reciben, o como bien apunta Marta en su reseña, la constante infantilización en cada decisión que toman.
Te echo de menos -Tocó el acorde en sol mayor para Ruslán-. ¿Lo oyes? Estoy aquí. Estoy bien.
Página 112
La desaparición tiene todo aquello que necesita una historia para trascender: la sutileza al pincelar los temas que deja entrever, su descripción sin edulcorar ni exagerar y los silencios en los que el lector tiene parte activa en esta novela.
El equilibrio entre lo austero de la trama con un uso potente de la intriga, añadido a una genial ambientación, convierte a esta novela en una de esas que te absorben en su lectura, de las que quieres exprimir hasta conocer cada detalle y secreto de todo lo que sucede.
Incluso el final, momento complicado para muchas novelas, es resuelto eficientemente por Phillips.
Pensaba que me gustaría, pero sinceramente, no tanto. Creía que se iba a quedar en lo típico, lo confortable, lo de siempre. Pero por suerte no.
Gracias Marta por la recomendación. Ya ves que te hago caso.