Touché. ¿No voy y digo que la música no es un tema fácil de abondar en una novela y llega Muñoz Molina y demuestra lo contrario? ¡Si es que no se pueden decir esas cosas, que nunca se sabe qué nos espera la siguiente lectura!
El invierno en Lisboa es una historia de amor envuelta a ritmo de jazz. El pianista Biralbo y la sutil Lucrecia compartirán un amor a vueltas del tiempo y el lugar, de los problemas y las situaciones.

El narrador es un amigo de Biralbo que debido a su confianza va conociendo los entresijos y los detalles de su relación, un narrador parcial que a lo largo del tiempo nos ofrece más o menos información y que va rellenando sus lagunas a medida que lo vamos haciendo nosotros.
La historia tiene un punto a novela negra, con su parte de misterio y peligro, y al mismo tiempo, al ambiente de tugurio, alcohol y tabaco de la época, una especie de nebulosa en la que la música juega papel primordial, donde las notas enmarcan a los personajes y enredan la trama.
– Pero un músico sabe que el pasado no existe – dijo de pronto (…)- esos que pintan o escriben no hacen más que acumular pasado sobre sus hombros, palabras o cuadros. Un músico está siempre vacío. Su música deja de existir justo en el instante que ha terminado de tocarla. Es el puro presente.
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El pasado no existe para un músico, pero las notas parecen perseguir con sus ecos el destino de Biralbo. El infortunio y la persecución nos llevan a la capital lusa, como meta de la trama que se hilvana a través de los años.
No sé si soy yo o es la edad pero cada vez me gustan más las novelas que abarcan varias décadas, porque si el autor lo sabe hacer bien tiene en su mano la capacidad de mostrar los cambios de los protagonistas a lo largo del tiempo, y eso me parece muy interesante. Conocer cómo han acabado sus sueños, dónde están sus pretensiones y cuáles son sus miedos, y comparar con lo que nos narraban de su juventud.
Muñoz Molina tiene la capacidad de jugar con las palabras y exprimirlas, sacando lo mejor de cada una y omitiéndolas cuando lo considera necesario. No marea, no juega a la demostración absoluta de su buen hacer. Simplemente llega y lo demuestra. Y si con Plenilunio se sacaba de la manga una historia con cadáver incluido, ahora le da por recrear la vida bohemia de un pianista y de hacerlo bien.
Un libro cortito, pero que no se queda en simple ni liviano, donde capítulo pesa y donde los fragmentos destacados se acumulan.
Mirando a Biralbo, inescrutable y solo cínico, feliz tras las gafas oscuras, observando desde la barra del Metropolitano la elegancia inmutable y apátrida de sus gestos, yo me preguntaba si aquéllas canciones seguirían aludiendo a Lucrecia.
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Una novela perfecta si queréis adentraros en la obra de Muñoz Molina, por su brevedad e intensidad.
Al tocar levantaban resplandecientes arquitecturas translúcidas que caían derribadas luego como polvo de vidrio o establecían largos espacios de serenidad que lindaban con el puro silencio y se encrespaban inadvertidamente hasta herir el oído y envolverlo en un calculado laberinto de crueldad y disonancia. Sonriendo, con los ojos entornados, como si fingieran inocencia, regresaban luego a una quietud como de palabras murmuradas. Siempre había un instante de estupor y silencio antes de que comenzaran los aplausos.
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FICHA:
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Namaste.

Por contra, la casa de uno es el refugio, el lugar en el que estamos a salvo, donde dejamos de prestar atención a injerencias externas y nos relajamos, donde la tranquilidad ha de ser la pauta, donde se encuentran nuestras cosas y nuestras personas más queridas.
Además, el tono utilizado por Bradbury varía de uno a otro, algunos nos recuerdan vivamente a
Así que escoger esta historia después de
Sólo necesité leer
Quizá algunos no habréis leído esta historia, pero aunque nunca nos hayamos acercado a la sinopsis (como era mi caso) sí que sabemos que se trata de una de las novelas más importantes sobre fantasmas, hasta el punto de considerarla como uno de los mejores ejemplos de literatura gótica.
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