Porque de repente uno ve que Tusquets publica un libro sobre Goethe y Schiller. Porque uno espera encontrarse con una historia lineal sin gracia de la vida de los genios alemanes y de repente llega y se encuentra con esto:
Goethe rechaza la Revolución porque la politización ligada a ella implica a los hombres en relaciones y actividades que les sobrepasan notoriamente. Éstas favorecen una confusión general de los patrones y son una expresión de la misma. Lo cercano y lo lejano ya no se distinguen adecuadamente. El círculo vital donde cada uno se maneja y del que cada cual puede responsabilizarse se ve inundado con estímulos a cooperar y opinar, en suma, se produce un cambio de mentalidad para el que, mucho más tarde, una filosofía encontró la siguiente formulación: nadie es él mismo y cada uno es como los otros. Las consecuencias son la confusión en lo grande y el desamparo en lo pequeño.
Después, dejo el marcapáginas en su lugar y miro al vacío.
Más o menos dos minutos después me doy cuenta de que este señor escribe con una pulcritud que asusta.
Aproximadamente tres minutos después miro el nombre del traductor. Raúl Gabás, has hecho un buen trabajo.
En ocasiones los inicios de las novelas se pueden hacer lentos. Bien porque sean introductorios, bien porque abunden las descripciones, en ambos casos se da la circunstancia de que las primeras páginas son más pausadas con el objeto de encuadrar lo que vendrá después.
Portada de los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins
Pues bien, esta regla se rompe en mil pedazos cuando tenemos en nuestras manos Los amigos de Eddie Coyle. Desde el primer momento se nos sitúa en la acción, asistimos casi sin darnos cuenta al germen de lo que posteriormente será la trama. Pero es que además Higgins lo hace en los primeros capítulos, sin siquiera adelantarnos el nombre de los protagonistas, sino sólo un adjetivo para distinguirlos.
Posteriormente el autor sí que nos aporta el nombre de cada uno de los personajes. Pero sólo eso, porque las descripciones son escasas, más bien todo juega en nuestra imaginación. Para contrarrestar esta posible laguna, además de que los diálogos son constantes, se conciben como diálogos reales, sin farsas, sin exageraciones, como si se estuviera copiando lo que dos personas dicen por la calle. Porque eso es lo que precisamente es esta novela: de la calle, en la que se narra los bajos fondos del tráfico de armas, el ir y venir de las negociaciones, además de los intentos de la policía por frustrar cada uno de los intentos.
Los diálogos rápidos y asimismo, el hecho de que los capítulos (sin excepción) sean cortos, hace que la novela tenga mucho dinamismo. Que el lector quiera saber qué ocurre a continuación, qué le pasa a Eddie Coyle y a sus amigos.
Hay que reconocer que la historia es compleja hasta que se le coge el tranquillo: hay una gran variedad de personajes, acciones distintas y cosas que desconocemos. Sin embargo, conforme se va avanzando, al final el lector consigue sacar la visión global que buscaba el escritor. La sensación es que, miremos donde miremos están ocurriendo situaciones importantes que de algún modo influirán en el devenir de los acontecimientos. Por este motivo hay que estar atento y no perder de vista ningún detalle. Aquí nada es lo que parece.
FICHA:
Te gustará si te gustó
Atraco perfecto, Lionel White.
Pros
Los diálogos brutalmente reales.
Dinamismo desde la primera página.
Contras
El inicio, que es algo inconexo.
Como siempre, evitad leer el prólogo al inicio del libro.
Vuelvo para mostraros las nuevas adquisiciones, que aunque ya llevan un tiempo en la estantería, pero por temas de tiempo no os había enseñado. Son los siguientes:
Mrs. Hemingway en París, de Paula McLain. Cortesía de la editorial, que se puso en contacto conmigo por si me interesaba la novela. ¡Gracias!
Libros de Solmssen, Cabrera Infante y Beevor
Una princesa en Berlín, de Arthur Solmssen. Recomendación de Pedro. Llevaba ya un tiempo en mi lista del Plan Infinito, hasta que me topé con esta edición que además de tener buena pinta, resultó económica.
Tres tristes tigres, Guillermo Cabrera Infante. Un clásico que quería leer desde hace mucho tiempo (no exagero si digo que más de un lustro). Las veces que lo busqué en la biblioteca no hubo manera, y también probé con anterioridad en otras librerías pero sin suerte. Me vi obligada a comprarlo en cuanto comprobé que era el último que les quedaba. Es extraño, porque me parece un libro bastante famoso, pero por lo que sea ha sido más complicado de encontrar de lo que yo pensaba.
Stalingrado, Antoni Beevor. Cortesía de Domingo. Este autor estaba en mi lista gracias a una de las recomendaciones de Molinos sobre libros de la Segunda Guerra Mundial (aunque con El día D.). Mi propósito lector de 2012 es leer una mayor cantidad de libros de no ficción. Lo cierto es que tengo muchos de distintas temáticas en mi biblioteca personal pero siempre acabo leyendo novelas de ficción. Este es una buena opción para comenzar. 🙂
Es necesario acercarse a los clásicos. Imprescindible, diría yo. Y lo es precisamente para comprender por qué ahora la literatura es como es, para darnos cuenta de que, con contadas excepciones, no está nada inventado.
Portada de la edición conjunta de "Eugenia Grandet" y "Papá Goriot"
El hecho de empezarlo a leer fue otra historia. De repente, un día por la mañana me giro y miro a la estantería. Veo el lomo de tono morado que incluye dos obras de Balzac y me digo a mí misma que he de leerlo ya. Así fue cómo esta lectura se coló en la lista que tenía prevista a corto plazo.
Un lector es capaz de reconocer distintos tipos de novelas: algunas se centran en la acción, otras en un particular estilo del autor y otras en la caracterización de los personajes. Esta novela es del último caso.
El autor comienza a narrarnos la historia de una forma tímida, muy poco a poco, para que nos vayamos habituando a los personajes y a los acontecimientos que se van desarrollando.
Con un lenguaje muy rico y preciso, Balzac pasa por distintas fases a la hora de narrarnos la trama. Si al principio se trata de un observador imparcial situado al margen de valorar los asuntos que se tratan, después pasa a ser un narrador apasionado de las historias que nos cuenta. Y esta historia no es sino la de Eugenia, una joven casadera hija de un rico tonelero con el que varias familias se quieren emparentar.
Pero si algo destaca de esta novela es el personaje del avaro padre de Eugenia, que ejemplifica en una sola persona todas las características de dicho adjetivo. Novela barroca, rica en matices, conjuras y palabras veladas, Eugenia Grandet no es sino una novela que consigue que el lector se quede con la sensación de la marca indeleble del personaje del padre. Es tan vívido que desespera, que rellena todos los huecos que pudieran tener las palabras ruindad y avaricia.
Os dejo aquí un pequeño ejemplo de uno de los diálogos:
¡Qué gusto tener unos parientes así!
Sí, sí, aunque no lo parezca -respondió Grandet- soy un buen pa… pariente. Amaba a mi hermano y lo demostraré si no me cuesta dinero…
Vamos a dejarlo, Grandet- le dijo el banquero interrumpiéndolo dichosamente antes de que terminara su frase – Si adelanto mi partida, es preciso que ponga en orden algunos asuntos.
Bien, bien. Yo mismo, en re… relación a lo que usted sabe, voy voy a rerereretirarme a mi cuar…to de dedededeliberaciones.
Es complejo atravesar el tiempo y la distancia y conseguir que un lector del Siglo XXI se ofusque ante las conversaciones del padre, o que tenga ganas de sacudir por los hombros a la ingenua de Eugenia, que se lamente por la red de araña que crea para conseguir sus planes… y sin embargo, lo ha conseguido.
Este post nació (cómo no) de una conversación en twitter a raíz del la visión distinta que tenemos de El palacio de la Luna de Paul Auster.
Comentaba Karo que se sentía tonta, que a todo el mundo le gustaba menos a ella (a mí con reparos, como ya pudisteis leer entonces).
A partir de ahí estuve dándole al magín. Porque lo que sentía Karo es común. ¿Quién no se ha sentido estúpido al aburrirse con un libro de un autor aclamado? ¿Quién no ha pensado que se ha perdido mucho en la lectura porque no hemos llegado a entender lo que vieron los demás? ¿Quién no ha dudado de su propio parecer? ¿Quién se ha callado alguna vez su opinión por miedo a quedar como un ignorante? Pues hoy es un buen día para salir del armario. Para confesarse a uno mismo y a los demás qué es lo que pasa realmente por la cabeza cuando terminamos un libro, sea el que sea.
¡Tampoco es para poner esa cara, padre!
Yo confieso que Pío Baroja me pareció un aburrimiento. Que terminé El árbol de la ciencia por terminarlo, que no vi la magia por ningún lado. Que ese señor me pareció un pesado.
Yo confieso que El guardián entre el centeno no me pareció merecedor de ningún elogio. Simplemente era una historia más. Sosa y llana. Y ya que estamos, confieso también que le dediqué una entrada en la que le ponía bastante bien. Pero confieso que tuvieron que ver dos cosas: la primera, que el autor acababa de morir. La segunda, que estaba convencida de que me había perdido algo que los demás sí vieron. Ahora eso ya no lo tengo tan claro. (Carne de relectura, lo sé).
Yo confieso que no llegué ni a la mitad del Ulises de Joyce. Y que muchas cosas no las entendí.
Yo confieso que me aburrí leyendo El conde de Montecristo. Pero que, cuando iba llegando al final maduró todo lo que había leído antes y vi la magnificencia de la obra.
Yo confieso que nunca me había planteado leer El Quijote hasta que me lo regalaron por mi cumpleaños. Ahora me lo planteo pero yo misma sé que no me apetece nada de nada.
Yo confieso que un día cogí En busca del tiempo perdido de Proust y no pasé de la primera página. Tuve miedo.
Yo confieso que me lo he pasado muy bien con las Crónicas Vampíricas de Anne Rice. Eso sí, hasta que a la mujer se le fue la olla y empezó a desvariar con Dios, los ángeles y los arcángeles.
Yo confieso que compré un libro de Paul Valéry pensando que El cementerio marino era una novela de miedo. Me sorprendió ya no sólo que no fuera de miedo, sino que además no era ni una novela.
Yo confieso que Punto omega, de Don Delillo y Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo me parecieron unas novelas raras de narices. Que cerré los libros y no sabía cómo narices iba a escribir una reseña de algo que seguramente no había entendido.
Yo confieso que La peste de Albert Camus me aburrió como una ostra. Aún no sé qué vieron los demás que yo no vi.
La novela de Cartarescu tiene como protagonista a Victor, un escritor adolescente que sueña con convertirse en un autor bohemio que, gracias a su soledad, o bien por ella, escribirá La Obra que pase a la posteridad.
Portada de "Lulu", de Mircea Cartarescu.
La narración se sitúa 17 años después de que tengan lugar los acontecimientos. El Victor adulto rememora la época en la que, junto con otros muchachos, se marcha de campamento a un lugar alejado de su vida cotidiana. Se ve obligado a soportar a los demás, más preocupados por pasarlo bien y conocer gente que en leer a Kafka.
Cartarescu despliega un estilo plagado de descripciones y con escasos diálogos para narrarnos la historia del viaje interior del personaje, su modo de ver la vida, su percepción de la realidad, y, por encima de todo ello, el enfrentamiento entre la razón y los sentidos.
Cuando un autor pone todo su ser en una historia, se nota. Este es el caso de Lulu. Cartarescu pone todo su interior, se deja parte de su alma en describir la soledad que sufre el protagonista, además de los sentimientos encontrados de la adolescencia: la búsqueda de la identidad, la necesidad de integrarse en un grupo o el miedo al rechazo.
Y en el centro de la amalgama de todo lo anterior, está Lulu, un personaje misterioso que aparece y desaparece en toda la obra pero que se mantiene como figura central, como si pasara lo que pasase, Lulu estuviera enmedio, vigilando, presente.
Quizá esta novela rasgue el interior del lector porque todos hemos sido adolescentes y hemos pasado la época que describe. O quizá sea por el estilo barroco del autor, la descripción exacta de los acontecimientos, la nublina onírica que envuelve todo el relato.
Lo cierto es que Lulu es una experiencia, no sólo por leer el libro, sino que el lector encuentra que es diferente comparado con el que era antes de empezar la novela. Es una sensación extraña, de desazón, de que se ha metido en nuestra intimidad y nos la ha mostrado sin compasión.
Es una sensación muy extraña. Hasta la mitad del libro pensaba que no me convencía, que no me estaba gustando, que no acababa de ver lo que quería transmitir el autor. Pero cuando lo terminé, me entraron ganas de reír y llorar a la vez: de reír, al comprobar que la historia era mucho más de lo que parecía en un principio. De llorar al ver éso que estaba contando podría ser un reflejo de mí misma. Atracción y repulsión al mismo tiempo.
Lo mejor es que, si ya me gustó El ruletista, esta novela me parece cien veces mejor.
Así que desde aquí no puedo hacer otra cosa sino aclamar: ¡que le den de una vez el Pulitzer, el Nobel o algo, leñe!
El estilo del autor: sus descripciones, el mundo que crea… todo él.
Otra magnífica edición de Impedimenta. Otro fantástico descubrimiento. ¿Qué leches hacíamos cuando no existía?
Contras
El inicio es complejo: cuesta cogerle el hilo.
Evitad leer la contraportada. A día de hoy dudo si la decisión de cambiar el título de la obra es acertada o no. Inicialmente pensé que no, ahora mi opinión varía. Aviso: el título original da más información.
Si tuviera que describir con una sola palabra la prosa del peruano, sería sin duda, fuerza. Y esto lo digo porque Vargas Llosa aporta fuerza y vigor a cada una de las palabras que plasma sobre el papel. Una seguridad latente de que ha escrito la palabra que debía ir escrita, sin aleatoriedades de ningún tipo. En ocasiones esa fuerza atraviesa la línea de lo escrito y se transforma en una sensación cruel, asfixiante, opresiva.
Portada de "La ciudad y los perros", edición especial de 2010.
Todo este estilo el autor lo enmascara (o lo justifica) mediante una trama que narra la vida de un colegio militar. Los chavales serán los protagonistas de gran parte de la acción: Cava, el Jaguar, Boa, el poeta… son algunos de los nombres que utilizar para contarnos, siempre en primera persona, la acción.
Si nos ajustamos a los personajes que crea, Vargas Llosa los hace firmes, distintos unos de otros pero claramente reconocibles. Reales.
Y así, para encuadrarnos en cada situación, el uso del flashback es utilizado en numerosas ocasiones con el fin de explicarnos la motivación de los personajes en las situaciones actuales.
De este modo, podemos dividir la novela en dos partes diferenciadas: la primera mitad del libro, claramente introductoria, donde se nos presenta a los personajes y nos muestra el camino que seguirá después la acción; y la segunda, donde se sigue un ritmo vertiginoso para cerrar la historia.
Hasta aquí todo rosas. El problema es que para llegar a esa estimada y redonda segunda parte, tenemos que atravesar un camino de espinas en forma de saltos temporales, cambios de narrador, vocabulario militar, jerga peruana y, sobre todo, aprenderse quién es quién, con sus apodos, sobrenombres, nombres reales y demás.
Es una novela para leer poco a poco, no sólo porque tiene elementos que nos ralentizan la lectura, sino porque es necesario poner todos nuestros sentidos a la hora de empezar a leer. Además, recomiendo tener un diccionario a mano para resolver las dudas que puedan ir surgiendo.
Ahora que ya conozco a Vargas Llosa como autor de novelas largas (la única obra que leí las novelas cortas Los jefes. Los cachorros) me ha convencido. No sólo por su modo de utilizar la trama, sino también por sus combinaciones entre descripciones, o incluso la arriesgada mezcla entre situaciones actuales y pasadas por el método de intercalar párrafos de un y otro momento temporal.
No descubro nada, que para eso ganó el Nobel de Literatura en 2010, pero parece que acercarse a un reconocido autor da respeto. Puede que no nos guste, por mucho que sea alabado por medio mundo, puede que incluso nos llegue a aburrir.
Sin embargo, es una lectura de esas en las que reconoces bien lo que hace el autor. De esas en las que convierte fácil lo que muchos hacen muy complicado. Lo mejor es que aún me queda mucho por descubrir.
Esta novela gráfica corresponde a la primera parte de una trilogía que se ambienta en la época de transición entre las dos Guerras Mundiales.
De corte intimista, Berlín no pretende contarnos grandes historias heroicas o tramas apasionantes a las que estamos acostumbrados en narraciones que se centran en las guerras, sino que se fija en lo pequeño.
Su personajes son corrientes muestras de la población alemana de la época: un burgués, un judío, un pobre… y como tal se ve reflejado en su singularidad, reflejando los miedos y expectativas.
Lo que consigue Lutes es contar cómo se vivía en esta época obviando lo que se cuenta en los libros de historia. Es decir, cuenta sobre el comunismo desde el punto de vista del ciudadano, la desconfianza de los acontecimientos que se van dando lugar desde la visión de la persona de a pie, sin analizar tendencias, teorías ni ideas.
Utilizando únicamente el blanco y negro y con el simple trazo de su lápiz, nos muestra una historia de sensaciones, de gestos, de emociones.
Juntando todo lo anterior, consigue que el lector tenga la sensación de cercanía para con los personajes. Si en otras novelas se da la imagen de que los que vivieron en esa compleja época eran héroes o villanos, aquí estamos ante la visión opuesta.
En definitiva, es una novela que me ha gustado. Deja un sabor de boca de tristeza por cómo encara los acontecimientos, pero es inevitable teniendo en cuenta los temas que trata. Otro ejemplo de la gran calidad de las novelas gráficas, y de lo bien que sirven para alternar con otros libros o bien en épocas en las que disponemos de poco tiempo.
¿Por qué leo a Pla? ¿Por qué continúo con la lectura de un libro que comencé hace ya un año?
Pues porque cuando tengo poco tiempo, cojo El cuaderno gris y me encuentro con esto:
21 de marzo.- Inicio de la primavera. Biblioteca. Mientras traduzco a Renard pienso que es más importante dominar un oficio cualquiera que poseer una curiosidad dilatada, vastasísima. La curiosidad se puede improvisar; un oficio no. La curiosidad es superficialmente agradable pero deja un cierto vacío amargo por dentro. Un oficio es monótono y pesado pero tiene momentos de una voluptuosidad fascinadora que compensa de la monotonía.
Un hombre equilibrado debe ser aquel que, mirado por un lado, presenta unas cualidades y, mirado por el lado opuesto, unos defectos.
De todos los anuncios que he visto en Barcelona -y los hay muy bonitos- el que por su vaguedad me ha impresionado más es éste: Primeras Comuniones, de 6 a 8. Otro anuncio magnífico: El Considerado. ¡Qué perfume tiene de barcelonismo!
En el Journal d´un poète de Alfred de Vigny, hay una frase en cursiva. Ésta: L´esperance est la plus grande de nos folies. Es una frase de una apariencia terrible y que, a pesar de todo, quizás es plausible y muy puesta en el nivel de la vida. Si se puede llegar a vivir al margen de lo que Vigny llama la mayor locura, cualquier cosa agradable que os ocurra, por muy pequeña que sea, os deslumbrará de felicidad. A los que, por el contrario, viven en las alucinaciones de la esperanza, todo lo que les ocurra, por más fascinante que sea, les parecerá poca cosa, una miserable pequeñez ridícula. Vivir en la esperanza es vivir en el desencanto continuado y sin remedio.
Después, coloco el marcapáginas en el libro y miro al vacío.
Más o menos dos minutos después me doy cuenta de que tengo la boca abierta.
Año nuevo, vida nueva, dicen. No voy a llegar a tanto, pero, en ocasiones, cuando termino un libro me pasa por la cabeza que lo mismo podría despellejarlo que no. En muchas ocasiones no lo hago: despellejo cuando está en el lado oscuro. Pero sin embargo, hay muchas que no me convencen. Que podría hablar bien o mal, según lo que quisiera reflejar en lo escrito.
Portada de "Ordeno y mando", de Amélie Nothomb.
¿No os ha ocurrido nunca? ¿No habéis leído novelas que no eran nada del otro mundo? ¿Que se quedaban en lo grisáceo, con la seguridad de que dentro de un tiempo no sabríais decir de qué trataban?
Pues bien, he decidido probar a hacer eso mismo: hablar bien y mal al mismo tiempo. No miento ni en una ni en otra opinión, son más bien la separación de mis dos mitades. Una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Dr. Jekyll
Si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo, no avise a la policía. Esta es la recomendación que le hace un conocido a Baptiste Bordave.
Quién sabe si por el destino, la casualidad o la fatalidad, al día siguiente de tener esta conversación, una persona fallece en su casa. ¿Y qué hace nuestro protagonista? ¿Seguir a rajatabla el consejo? Sí, pero es que además va más allá: decide intercambiarse por el muerto. De buenas a primeras, Bordave pasa a ser de un solitario pobre a un ricachón que posee una villa y una mujer.
Nothomb consigue enganchar al lector desde la primera página, al sorprender con la trama inicial, al inocularnos el gen de las ganas de saber más, qué pasará, cuándo y por qué.
¿Con quién se ha cambiado Bordave? ¿Qué secretos tiene? Desde el momento en el que el protagonista sale de su casa con ganas de ser otra persona se crea una trama a medio camino entre una novela policía y las novelas a las que nos tiene acostumbrados la belga.
Porque es claro que, antes o después sucederá algo que haga desenmascarar al protagonista, abandonar su sueño del cambio de vida; pero al mismo tiempo Nothomb consigue que sintamos lástima por él, que nos pongamos en su lugar, que nos planteemos cómo sería un cambio de vida. Esto lo intercala con sus frases críticas (que más bien parecen autocríticas) que van floreciendo a lo largo de toda la historia.
Así, la autora consigue, como siempre, una novela muy dinámica, plagada de diálogos, en la que uno se pone a leer un rato y acaba leyéndoselo casi entero. Porque otra de las cosas que caracterizan las novelas de Nothomb es que sus novelas, sean autobiográficas o no, siempre son muy cortas, novelas con las que evadirse de las preocupaciones y que se pueden leer de una sentada.
Mr. Hyde:
Nothomb consigue un buen punto de partida: un muerto y un intercambio de vidas.
Lo confieso: es un inicio prometedor. ¿Qué pasará? ¿Cómo se darán cuenta de que se ha cambiado de vida? Teniendo en cuenta que el librillo tiene poco más de 150 páginas no se puede andar por las ramas… ¿verdad?
Sí y no. Se pasa rápido pero no porque interese en demasía lo que nos cuenta, sino porque según vamos pasando las páginas (esas páginas con un tamaño de letra gigante) esperamos que suceda algo, que nos muestre alguna cosa, que haya más trama aparte de la inicial.
Y de repente, llegas al final. Y te quedas mirando la página en blanco que llega justo cuando se termina el libro. La miras. Sigue en blanco. Luego lees la siguiente: “Impreso en Sant Boi de Llobregat”. Y te preguntas ti mismo si ese es el pueblo en el que nació Pau Gasol. Pero después te das cuenta de que no deberías estar preguntándote eso, así que te dices a ti mismo: ¿pero cómo, ya se ha terminado? ¿Así de repente? Y te das cuenta que has leído una historia que probablemente ni recuerdes cuando te dé por escribir la reseña.
Al final, vuelves a mirar la portada. Y entonces, por fin, en voz alta, preguntas: Amélie, ¿eres una buena novelista o cuentas muy bien tu historia? Me temo que es lo segundo, así que tienes un problema. Sí, lo tienes. Porque una vez que cuentes todas las cosas extravagantes que te han sucedido en la vida, estás vendida. Tus lectores seguirán esperando tus libros y poco a poco, se darán cuenta de que lo de inventar se te da mal.
Después te verás obligada a comentar cosas que te contaron que le pasó a otra persona, pero para que la coja enganche al lector dirán que te pasaron a ti; y a partir de ahí la cosa no mejorará, porque tus lectores se darán cuenta de la farsa. Se darán cuenta de que inventando pierdes la chispa, te quedas a medio camino, no consigues embaucar al lector con las frases extrañas que se te pasan por la cabeza. No los haces reír. Simplemente consigues que te lean porque tus novelas son cortas, se leen rápido y no eres tonta. Sabes que no aguantarían libros con tres tomos, como los de otro escritor japonés, o que la profusión de descripciones te pone en evidencia.
Eres una autora de diálogos, de personajes raros, pero sobre todo, de historias cotidianas. No puedes ser como los demás, no puedes inventarte una búsqueda de un carnero por el medio de un bosque o que un personaje se vaya a un mundo ficticio lleno de podredumbre.
Tú eres una escritora de lo cotidiano: de las relaciones humanas, del amor, del trabajo, de todas esas cosas que nos pasan a los que no escribimos. Cogemos tus libros para dejar de pensar en lo que tenemos por la cabeza, para ver qué ideas se te pasan por la mente. No para leer tramas que mezclan la novela negra edulcorada con tus diálogos de siempre, porque no cuela.
Así que no, querida Amélie. No me convences en esta faceta. Eso sí, leeré tus libros autobiográficos, que a estar como una chota no te gana nadie.