Por eso de que los Reyes son Magos aciertan tanto. Estos son mis regalos librescos que encontré bajo el árbol:
Los hermanos Karamázov, Fiódor Dostoievski (Alba, 2013). La relectura de uno de los libros de mi vida tenía que ser en esta edición. La otra que tengo en casa no es apta para mis ojos actuales y me temo que la traducción tampoco pasaría el corte.
Maniac, Benjamin Labatut (Anagrama, 2023). Lo he visto por muchos sitios y no he podido huir de él. Me he convencido de que me gustará, la opinión es unánime. ¡Espero que sí!
La península de las casas vacías, David Uclés (Siruela, 2024) Este es el caso contrario. Durante un tiempo pensé en comprarlo, en leerlo. Me convencí de que no. Luego seguí viendo opiniones de ambas tendencias, seguí pensando que no será para mí. Lo sigo pensando pero quiero comprobarlo por mí misma.
Cuentos, Chéjov (Alba, 2023 ). Y sigo con los rusos, este es uno de los que me quedan pendientes. Soy más de novela que de cuento pero a Chéjov hay que leerle.
Ana no, Agustín Gómez Arcos (Cabaret Voltaire, 2009). Opinión unánime y yo sin haber leído al autor. Este es el más recomendado y yo lo leeré sin falta en las próximas semanas.
La casa de los lamentos, Helen Garner (Libros del KO, 2018). A veces un libro está en tu lista por años y no lo compras hasta 5 años después y otras, como en esta ocasión, alguien te habla bien de uno y te lanzas a comprarlo. Es mi autorregalo de Reyes.
Espero que, como yo, hayáis tenido muchos títulos bajo el árbol.
Nos hemos plantado en Navidades y miro el estante y tengo varios libros para comentar, títulos que bien porque no me han sugerido demasiado o porque lo he ido dejando me va dando pereza reseñarlos. Pero como ante todo soy ordenada, no quería dejar pasar el tiempo sin dejar al menos un leve apunte al respecto.
Emma, Jane Austen (Austral). Eterna pendiente, en parte por la pereza que me da leer este tipo de libros, que no suelen ser para mí pero que aún así trato de hacerlo para comprobar si ha cambiado el asunto. Aprovechando el 250 aniversario del nacimiento de la autora decidí que ahora sí sería el momento. En el pasado leí Sentido y sensibilidad, que me gustó relativamente y La abadía de Northanger que me gustó bastante; sin embargo después me he ido encallando en otros del mismo estilo como Howards End de E. M. Foster, así que tenía mis dudas sobre este.
Nada nuevo bajo el sol: Emma es la odiosa y metomentodo protagonista de una historia costumbrista sobre matrimonio y ascenso social. Fiestas y conversaciones, dimes y diretes y mucho cotilleo en una novela que hace las delicias para los que les gustan este tipo de historias british pero que a mí me parece superficial y de poco interés.
Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal (Galaxia Gutenberg, 2012). Saltamos a la Praga de nuestro protagonista, un empleado en una trituradora de papel que pasa sus días reduciendo a cenizas libros y reproducciones de cuadros. Un libro de esos en los que casi cualquier página tiene fragmentos de amor a la lectura como este:
Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común.
Página 9
Menos redondo de lo que me habría gustado, el autor parece prestar poca atención a la trama para centrarse en lo que quiere contar, dejando reflexiones preciosas como esta:
Con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquél en el que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad.
Página 12
La última frase, Camila Cañeque (La uña rota, 2024). La premisa de este libro es la obsesión de Cañeque por el final de las historias. Por su manía de leer la última frase antes de terminar el libro, por recopilarlas y anotarlas.
Así, las pone una tras otra, uniéndolas por temáticas, analizando de qué tratan y buscando una unidad que, sorprendentemente, encuentra. Ella nos recomienda no leer de qué libro proceden, algo que se encuentra al final del libro.
Curioso, sorprendente y llamativo, el problema de este libro es realmente mío. Que yo no miro jamás cómo termina un libro (de hecho si lo abandono tampoco lo hago) y que, por algún motivo que desconozco, genera en mí una especie de incomodidad el desorden que asocio a recopilar los finales. ¿Es curioso? Sí. ¿Es interesante? También, pero no es para lectores con TOC.
Con la ficción como timón, articulamos los eventos aleatorios de la realidad, creando cápsulas inteligibles, con principio y final, como placebo de efecto calmante.
Regresar a un título que tan buenas críticas ha dejado del autor deLas tempestálidas parece un acierto seguro.
En mi lista de propósitos de este año tenía anotado volver a leer al búlgaro Gospodínov, ese que me dejó unas sensaciones similares a las que provoca en mí el rumano Cartarescu. Lo que no tenía claro era con qué libro regresar, ya que he ido comprando Física de la tristeza o Novela natural.
Finalmente fue este el escogido, un título editado por Impedimenta del que todo el mundo hablaba maravillas. Diría que el hecho de ser capítulos de apenas una página fue el desencadenante de mi elección, ahora que busco alternar con autores que no saben parar entre párrafos más que 50 páginas después es genial combinar con un tipo de libro que te permite coger el aire que se necesita.
El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025) comienza así:
Mi padre era jardinero. Ahora es jardín.
Página 11
El autor nos informa de que su padre, ese jardinero que menciona, ha muerto. Lo acompañamos en la enfermedad, en el paso de un hombre con salud a un enfermo que camina despacio, de un hombre preocupado por sus flores y plantas a un hijo que no sabe muy bien cómo gestionar el terreno de su padre.
Me pregunto si las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos que yacen bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos.
Página 16
Por medio de capítulos cortos y reflexiones poéticas, el búlgaro ahonda en la relación con el progenitor, en la enfermedad y la pérdida, en la ausencia.
¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? ¿De aquel que se ha ido o de nosotros? ¿De la ausencia misma? Está tan ausente que llena cada minuto libre con su ausencia.
Página 17
El resultado es un libro lírico, delicado y triste, un acercamiento tierno y cálido a la muerte, de un hijo que sufre la pérdida de su héroe.
Mi padre se está yendo y el mundo no lo sabe, obviamente, no se culpa de nuestras tragedias personales, la vida sigue…
Página 81
Con la naturalidad que da la sencillez y la sinceridad, El jardinero y la muerte se añade a los libros del duelo de forma inexorable. Se recordará por el amor en las palabras del autor, por lo bonito que hacer describir un proceso tan doloroso como la pérdida de un ser querido.
No grité, no aullé, solo dejé que las lágrimas cayeran en silencio.
Página 97
Tenían razón. Este libro es una pequeña joya y Gospodínov un autor al que tener en cuenta. Siempre.
12 años después. Se dice pronto. ¿12, de verdad? ¿Do-ce?
Ese es el tiempo que ha pasado desde que leí la primera parte de esta trilogía, no sé cómo ha pasado tanto tiempo ni cómo he dejado estar la obra más reconocida de Marías y precisamente por eso este año lo anoté en mi lista de leer en 2025.
Volvemos al punto de partida, con Deza, nuestro protagonista y narrador. En esta ocasión nos encontramos en un club nocturno en Londres, donde Deza se encuentra como traductor de un importante jerifalte italiano, mientras es obligado a ser el entretenimiento de su sugerente esposa. Esta es la situación, cuando, ya podemos temer, su curioso compatriota de la Garza hace aparición para añadir una situación esperpéntica a la ya de por sí incómoda.
Ten en cuenta que en el conjunto de una vida lo cronológico va perdiendo importancia no se distingue tanto lo que vino antes de lo que vino luego, ni los actos de las consecuencias, ni las decisiones de lo que las desencadenan.
Página 534
Lo anterior es la excusa de la que partir para volver y recordar, para mencionar diálogos, mujeres que se mojan con un perro que humedece el suelo, pasajes de Shakespeare, piernas que no se olvidan o una conversación que se materializa en un instante: detalles que nos llevan desde donde estamos a un pasado en el que éramos otros.
Parece raro que se trate de la misma vida, pensé. Parece raro que yo sea el mismo, aquel niño con sus tres hermanos y este hombre en la penumbra, con hijos propios (…) ¿Cómo puedo yo ser el mismo?
Página 600
Javier Marías utiliza ese punto de partida para ir y volver, para rememorar y recrearse en su estilo habitual: plúmbeo para muchos, de largas frases y sin diálogos, de idas y venidas. Un estilo que puede no gustar a muchos pero que resulta muy interesante, envolvente, sugerente.
Durante gran parte de la lectura me he sentido algo descolocada con la historia, lejos de aquella lectora a la que le encandiló la primera parte. No podría decir si este libro es peor que el primero o he sido yo la que ha cambiado y ahora Marías no me parece tan interesante. ¿Quizá un poco de ambas?
Sin embargo, hacia el final todos los hilos se unen sutilmente, dando un efecto de unidad que no tenía mientras leía el resto de la historia, algo que me ha reconciliado un poco con la historia.
No es el que más me ha gustado del madrileño pero me sirve para recordarme que tengo que terminar la trilogía, antes de otros doce años a ser posible.
Reviso cuándo fue la última vez que os mostré los libros que he comprado y para mi grata sorpresa, han pasado ya 2 meses. 2 meses de lecturas pero con pocas compras. Quiero pensar que algo va bien en cuanto a mi consumismo lector.
Estas son las últimas adquisiciones:
Me casé por alegría y Valentino, Natalia Ginzburg (Acantilado, 2018 y 2024, respectivamente). De un tiempo a esta parte busco por necesidad lecturas con capítulos cortos, libros ligeros que sostener en momentos en los que tengo una de las dos manos ocupadas. La solución ha sido volver a autores fiables que además tienen títulos en píldoras pequeñas, como estos de la italiana Ginzburg, de quien he leído Léxico familiar y Las pequeñas virtudes.
Un médico rural, La condena y El fogonero, Franz Kafka (Acantilado, 2024 y 2018) . Uno de mis autores predilectos de quien me faltaban estos títulos, perfectos para intercalar entre lecturas más largas.
Aguamala, Nicola Pugliese (Acantilado, 2022). Un planteamiento muy interesante de un autor que no he leído nunca.
El desván de las musas dormidas, Fulgencio Argüelles (Acantilado, 2025). El autor de aquella maravillosa historia, El palacio azul de los ingenieros belgas publica su última novela este año. Me dejó con ganas de más.
El nadador en el mar secreto, William Kotzwinkle (Navona, 2025). Recomendado por activa y por pasiva (quizá mucho tiene que ver con el podcast El café de Mendel) finalmente me he hecho con él.
Kentukis, Samanta Schweblin (Seix Barral, 2025). Llego tardísimo a la argentina, pero tras Distancia de rescate he hecho propósito de enmienda y por eso he comprado esta historia, espero leerla en breve.
Y vosotros, ¿habéis comprado mucho estas últimas semanas?
¡Nos vemos en el último recopilatorio de lecturas de este año!
En la lista de autores a los que me habría gustado regresar antes se encontraba en los primeros puestos el japonés Kenzaburo Oé, a la postre autor de ese Cuadernos de Hiroshima que es capaz de dejar la carne de gallina a cualquiera. No tenía claro con qué título regresar a su lectura, y una vez consultado por Instagram, la opinión unánime era este que os traigo hoy.
Una cuestión personal (Compactos de Anagrama,1999, aunque se menciona que la edición es de 2025 queda claro por los fallos y las notas al pie que se trata de una reimpresión) es una novela corta que tiene como protagonista a Bird, un joven que espera el nacimiento de su primogénito.
Su hijo nace pero no es para nada lo que esperaba. Afectado por un problema médico, se enfrenta a su particular odisea entre aceptar su nueva situación mientras anhela abandonar el país rumbo a África.
Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate.
Página 37
Corta y directa, es una lectura dura, muy cruel, incómoda en demasía, que quizá habría pospuesto de haber conocido la sinopsis. Es dura y cruel por el destino de ese niño que de nada tiene culpa, es incómoda por ese adulto que prefiere huir de sus responsabilidades en los brazos de una amante. Es repulsivo también. Y por eso es muy bueno, claro.
A él lo alcanzaron en una batalla solitaria, dentro de un agujero oscuro y sellado que nunca he visto…
Página 103
Una cuestión personal ha sido un título que para nada esperaba que fuera así, ya que tampoco conocía este tono del japonés que bien podría firmar Houellebecq en su versión más cruda. Una lectura corta, de esas que impactan y que no se van de nuestra memoria lectora.
No diría que me ha gustado, no diría que en el futuro lo vaya a recomendar, pero es uno de esos títulos que se quedan marcados a fuego como lo hace la buena literatura.
No sé qué tiene la literatura que incomoda, si es eso de mirarse al espejo y ver los defectos del ser humano en contraste a muchas novelas buenistas pero siempre son interesantes sus propuestas.
El lugar sin límites (Alfaguara, 2024) es una novela breve si la comparamos con la anterior, de apenas 200 páginas, donde sin embargo, Donoso despliega su saber hacer literario, ese que brillante, que nos sorprende y nos embriaga.
La protagonista de esta historia es la Manuela, que trabaja en un prostíbulo de un pueblo venido a menos, un personaje que si tuviera que apostar tiene bastante que ver con la Loca del Frente, siendo su antecedente más claro.
Ella y el pueblo entero se quedaron en tinieblas. Qué le importaba que todo se viniera abajo, daba lo mismo con tal que ella no tuviera necesidad de moverse ni de cambiar.
Página 73
El pueblo, uno de esos que existe pero tiene sus días contadas. El resto de los personajes, un cacique, el protector de la Manuela, otro el violento, por el que esta se ve amenazada.
La Manuela, con los escombros de su cara ordenados, sonrería.
Página 77
Como en Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, es este un pueblo con entidad propia, como si de un personaje adicional se tratase. Un lugar donde las reglas son otras que en el resto del mundo, un sitio aislado, diferente, al margen.
No quiero volver. Quiero ir hacia otras cosas, hacia delante. (…) Me gustaría tener donde volver no para volver sino para tenerlo, nada más, y ahora no voy a tener.
Página 113
Y allí se despliega algo similar a lo acontecido en Ixtepec: la incertidumbre de la violencia, el grupo de hombres que viene a acabar con la tranquilidad.
Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienza a concluirse, están siempre concluyéndose. Lo terrible es la esperanza.
Página 148
El lugar sin límites es una novela perfecta para entrar en José Donoso, antes de acometer la lectura de su novela más famosa, ya que en su breve historia condensa todo el estilo del chileno, su modo barroco con el que juega con el lenguaje. Una historia aparentemente sencilla que condensa su estilo por completo.
Un placer leer a Donoso y una pena que sea menos leído de lo que debiera.
Al fin llego a esta argentina que me recomendaron hace más de una década. Fallo mío, ya sabemos que la lista de pendientes no se acaba nunca y se agolpan los títulos y lecturas que queremos acometer.
Aunque el título anotado en mi libreta era El núcleo del disturbio, al no encontrarlo y ver que Seix Barral está reeditando alguna de su obra, escogí este, Distancia de rescate, escrito en 2014, en esta edición de 2025.
Distancia de rescate nos cuenta la historia de una madre con su hija. Y de un hijo con su madre.
Uno dice «perder la casa sería lo peor» y después hay cosas peores y uno daría la casa y la vida por volver a ese momento.
Página 20
El inicio de la historia comienza con una conversación, la de Amanda con alguien, identificadas las partes de este por estar escritas en cursiva. Pareciera como si este personaje estuviera indagando algo en la historia de Amanda, algo que aún no sabemos de qué se trata.
Amanda nos cuenta cuándo ha conocido a Carla, la vecina de la casa a la que acaba de llegar con su familia. Desde ahí ambas acciones se mezclan, desgranando quién es ese misterioso interlocutor y qué está buscando.
El resultado es una historia que se lee conteniendo la respiración para conocer qué hay detrás, cuál es el misterio, qué sucede realmente, y cuál será el desenlace.
En conjunto, Distancia de rescate huele a sur de Estados Unidos, a esa literatura sureña llena de pasajes oníricos y situaciones al límite: al de la violencia, al de la muerte. Un mundo en parte mágico y en parte poderosamente sucio y real. La unión de éxito de los contrastes.
Porque abrazar (al bebé) me recuerda mis primeros miedos.
Página 93
No quiero dar datos de qué sucede, en parte porque es la gracia de la historia y además por este libro se lee en una tarde y merece mucho la pena, sólo decir que Schweblin consigue meternos de lleno a un mundo de fronteras, de alientos fríos y miedos que se palpan, de niños sometidos a peligros y de padres que no acaban de ver lo que está por venir.
Me ha sorprendido, me ha encantado y ando golpeándome por las paredes por no haber leído a esta autora antes, porque sí, ya estoy anotando el resto de su obra y espero que Seix Barral edite, de una vez, el libro que sí tengo anotado en mi libreta.
Así que os la recomiendo y de nuevo, os conmino a buscar ese título que lleva anotado años en vuestra lista y darle prioridad.
Contadas son las ocasiones en las que anoto un título dos veces en mi lista de pendientes. Este fue el caso. Un libro poco conocido reeditado por Random House, siguiendo la estela de su novela más conocida, Trampa 22.
Por ser el autor de aquélla maravillosa, absurda, sarcástica historia, le asocié las mismas características a Algo ha pasado (Random House, 2022), si bien me daría cuenta enseguida que absolutamente nada tienen que ver entre sí.
Bob Slocum, protagonista de esta historia, es un ejecutivo de medio pelo, casado, con 3 hijos, que se encuentra en un momento de duda sobre su existencia. Anhela un ascenso pero al tiempo tiene un carácter frágil y complaciente que le hace dudar de conseguirlo. Tiene una estupenda mujer pero en lo único que piensa es en el divorcio, mientras acumula amantes. Adora a su hijo mediano pero siente desprecio para con los otros dos. Echa de menos a su hermano a pesar de haber presenciado una escena turbulenta de abuso con una vecina menor.
Pienso mucho en el divorcio y siempre lo he hecho. Aun antes de casarme ya pensaba en divorciarme. Visualizo a mi próxima mujer. Sería más joven, más bonita, tonta y sumisa.
Página 362
Pero aun así, teme a todos. Teme a sus compañeros de trabajo, teme que le deje su mujer, teme cambiar, arriesgarse, lo cual nos hace saber Heller de forma repetitiva y machacona las 600 páginas de la historia.
De un tiempo a esta parte a menudo me aburre mi trabajo. Todo lo rutinario se lo paso a otros. Y esto intensifica mi aburrimiento. Es un verdadero problema decidir si es más aburrido hacer algo aburrido que pasar a otros todo lo aburrido que llega a mi escritorio y quedarme entonces sin nada que hacer.
Página 56
Slocum no es interesante, Algo ha pasado tampoco lo es, pero sí es una reflexión dura y directa sobre el estilo de vida actual, muy a lo Houellebecq, desagradable, incómoda, pero no menos sincera. Un retrato de la vida actual, del aparentar lo que se debe ser mientras se esconde la miseria que le supone a Slocum levantarse cada día. Un homenaje al pose, al postureo, a las pretensiones.
Tengo la sensación de que alguien cercano no tardará en descubrir algo acerca de mi persona que será mi fin, aunque no alcanzo a imaginar qué puede ser ese algo.
Página 38
Algo ha pasado tiene multitud de fragmentos de reflexión, momentos en los que Heller, en boca del despreciable protagonista, le da forma a muchas de las situaciones que vivimos a diario cualquier ciudadano de a pie. Muchos de ellos son desagradables, pero no por ello resultan exagerados, sino que sentimos rechazo precisamente porque pone en boca de su protagonista de muchos sentimientos que andan por ahí, o que pueden acabar anidando en la cabeza de cualquiera.
El problema de Algo ha pasado es la búsqueda interesada del autor de resultarnos repetitivo, como lo es la rutina de cualquier hijo de vecino. Así, las ideas y los comentarios se repiten una y otra vez a lo largo de sus más de 600 páginas, con el objetivo claro de hacernos partícipes de una vida sin propósito, de un personaje mezquino al que conseguimos tenerle algo de aprecio, o al menos de compasión.
Siento escalofríos de terror a menudo cuando estoy ocioso. Normalmente no duermo bien (a pesar de que mi mujer dice lo contrario). Me entristezco y no puedo salir de mi tristeza. Ella es la que decide cuándo dejarme (hablo conmigo mismo o bien creo que puedo llegar a hacerlo). Me deprimo y no sé por qué. Lloro la pérdida de algo y no sé qué es; (sin piernas) camino con mis temores, dolores de cabeza y tristezas, todo ello inflándose y agitándose dentro de mí, a pesar de parecer que no me pertenecen. ¿Es esto esquizofrenia, o simplemente la conformación esquizoide normal, natural, típica, saludable, lógica y universal? (Podría alegar enajenación transitoria. Lo denominarían muerte piadosa. Se presentaría testimonio jurado de que se cometió el acto para no verlo sufrir más. La verdad es que no sufre).
Página 542
Porque Scolum, a fin de cuentas, es un pobre hombre, un tipo que no se miente a sí mismo pero que lo hace a diario, un personaje lleno de contradicciones, un infeliz que ha entrado en un agujero de gusano en el que todo se repite una y otra vez hasta el infinito.
¿Qué nos ha pasado? Algo ha pasado. Alguna vez yo fui un muchacho y ella una muchacha; éramos dos seres nuevos. Ahora somos marido y mujer, y ya nada resulta nuevo; todo resulta viejo.
Página 143
Algo ha pasado no es el libro que esperaba, aunque bien pensado, ninguno lo es. Tampoco la vida es como me la imaginaba.
Regreso al autor peruano con la conciencia de que es de lo mejor que le ha ocurrido a las letras hispanas en los últimos tiempos, y para comprobar si lo de Vivir abajo (Candaya, 2019) es una anomalía en su obra o bien la base de un camino que nos va a traer grandes momentos a los lectores.
Como muy acertadamente me recomendaron, traté de no dejar pasar demasiado tiempo entre la lectura de una y otra al repetirse algunas temáticas y personajes en ambas obras, pero tratando de espaciar lo suficiente como para no quemar este descubrimiento. Así el mes de mayo fue el escogido para su lectura. Desde entonces hasta ahora, que consigo publicar mi opinión, no he parado de pensar cómo iba a expresar lo que os quería contar. Espero haberlo conseguido.
Minimosca (Candaya, 2024) es, en cierto modo, la hermana pequeña de Vivir abajo, ya que tanto el estilo como las temáticas son coincidentes en ambas: las guerras, la violencia, las idas y venidas de los personajes, o George Bennet, el omnipresente protagonista de una historia dentro de otras historias, llenas de referencias y de pedazos de hilos aparentemente independientes que después que posteriormente forman parte de un todo.
De nuevo tenemos a un personaje que viaja por América Latina y Estados Unidos con un propósito de búsqueda. De nuevo hay personajes que desaparecen, misterios que resolver a los cuales se trata de encontrar respuestas.
Aguza los oídos hasta que está seguro de que los golpes suenan en un pequeño clóset junto al baño de visitas, cosa imposible porque en ese lugar no hay ningún clóset.
Página 273
Se añaden en el texto múltiples referencias culturales, no sólo de literatura sino de cine, además de incluirse personajes reales como Stephen King o Marcel Duchamp. De nuevo, sus personajes están solos, traumatizados, con deudas pendientes. Los personajes de Faverón Patriau siempre tienen un vacío inconmensurable que tratan de llenar.
Sentí la pena de mi vida y la pena me miró desde una mesa al otro lado de la habitación, moviendo la cabeza, y con su voz de cascabeles oxidados la pena me dijo nunca más vas a aprender.
Página 131
Mientras que en Vivir abajo las partes se diferenciaban en cuanto a estilo y temática, hay que Minimosca una unidad estilística superior que sin embargo, valorada en su conjunto, encaja de una forma distinta o menos redonda que su hermana. O quizá simplemente el efecto sorpresa que teníamos con la anterior lo hemos perdido con esta novela, y al ser conscientes de lo que nos podemos encontrar prestamos más atención a la propuesta y nos fijamos más en los detalles.
Todo el mundo camina por órbitas distintas, yo pensé, pero no dije. Porque cada persona orbita alrededor de una cosa distinta, que es el centro de su mundo o el centro de su vacío, yo pensé en decir.
Página 363
En cualquier caso, Minimosca se sitúa, de nuevo, en la categoría de lecturas atrevidas, originales, violentas y exigentes con el lector, de esas que ofrecen una propuesta totalmente diferente a las machaconas novelas que pueblan los anaqueles de las librerías. Llena de variados recursos en sus 700 páginas: salta a momentos temporales y situaciones diversas para regresar más tarde, con aspectos surrealistas (un boxeador que gana por susurrar versos a sus oponentes) y otros crudos y reales como guerras o asesinatos.
Se dio cuenta de que los artistas, incluso aquellos a quienes llamamos artistas malditos, o que se hacen llamar así, son peleles mostrencos al lado de un artista maldito de verdad, es decir, al lado de alguien que comprende que el arte no existe para hacer la vida mejor ni para embellecerla ni para entenderla ni para disimularla tras bellezas irrelevantes, sino para sustituirla por otra cosa, para obliterarla y cambiarla por otra cosa (…) entiende que un artista de verdad es el que en lugar de escuchar las campanas y preguntarse por quién doblan las campanas y responderse que las campanas doblan por él.
Página 623
La prosa de Faverón Patriau es incómoda, compleja, jamás superficial, triste y desesperanzada, desconsolada y punzante.
Compiten por ver quién de los dos lleva las cicatrices más horrendas en el cuerpo. Como si las cicatrices más horrendas estuvieran en el cuerpo.
Página 708
Minimosca es de nuevo, una historia arriesgada, por compleja, dura tanto al leerla como debió de ser al escribirla, difícil y valiente. La típica novela que muchos acaban recomendando pero pocos leen, porque remueve, incomoda y exige mucha concentración. Incomoda porque nos lleva y nos trae en diversos momentos temporales diferentes a situaciones violentas, nos pide involucrarnos, MIRAR. Mirar todo eso que no queremos ver, prestar atención a todo cuanto preferiríamos ignorar.
Minimosca es lo sórdido, lo mugroso, los personajes que tratan de poner algo de humor a sus situaciones tristes, duras y desesperadas.
Así es la vida, a veces no se puede tener todo y casi siempre no se tiene nada.
Página 629
Todo lo descrito anteriormente no hace justicia a una novela fantástica, inteligente, complejísima, fabulosa. Sólo esboza algo de lo que podemos encontrar en una novela de esas punzantes, de las que decía Franz Kafka que hay que buscar, de las que rompen el hielo interno que tenemos dentro los lectores.
Así que me repito de nuevo: Faverón Patriau es de lo mejor que le ha ocurrido a las letras hispanas en los últimos tiempos. Y diría más: marca el camino para lo que está por venir.
Leedle y me contáis. No os vais a arrepentir.
(Si no os fiais de mí, os dejo la reseña de Jesús que viene a decir lo mismo pero mucho mejor que yo).