Las posesiones narra el regreso de una joven desde Barcelona a Mallorca para pasar tiempo con su familia y de paso ocuparse de su padre, recientemente jubilado, que empieza a mostrar signos de despiste y confusión. Aunque podría parecer que el tema principal es la reflexión sobre la edad y el paso del tiempo (donde se incluye la relación familiar entre una hija que comienza a tomar funciones de sus padres, y la reversión de la relación paterno-filial), la realidad es que la protagonista reflexiona también sobre su vida profesional y amorosa, incluyendo determinados aspectos autobiográficos que nos hacen pensar en la autoficción.
Pero además, desde la primera página lo que Ramis nos pone encima de la mesa es algo muy distinto: el asesinato que comete un empresario al matar a su mujer y su hijo, que termina suicidándose. Este hilo lo encontraremos agazapado en toda la novela, presente pero sin mencionarse, y en otras ocasiones, descrito minuciosamente. Un hecho que afectará a la familia de la protagonista, no sólo desde el punto de vista afectuoso y chocante (conozco a alguien que ha sido capaz de realizar un acto execrable) sino desde el punto de vista material, al ser socio del abuelo de la narradora.
Así, la historia comienza incluyendo de diversos temas utilizando un estilo directo y sencillo, que mide la información que nos va contando y va cambiando de un tema a otro de una forma muy natural, temas aparentemente separados que es capaz de compactar, haciendo que la historia tenga un sentido más allá de los hechos aislados que nos va narrando. Aprovecha para que conozcamos a la protagonista, aportando detalles de su vida, rememorando aspectos de su pasado (su infancia, lo cual lo engarza con la vida de sus abuelos, o con Mallorca, su vida universitaria, lo que la anima para contarnos más sobre sus amigos y sus rutinas en Barcelona) y en general una especie de resumen de la vida de una treintañera que se siente por un lado, timada por una vida que le habían prometido a la que no podrá acceder, y por otro, nostálgica de un pasado al que no podrá regresar y que le ponen de relieve sus familiares al estallar la noticia de que venden la antigua casa familiar.
¿Queremos saberlo todo de nuestros padres? Y ellos, ¿quieren saberlo todo de sus hijos? Es evidente que no. Entonces, ¿por qué reclamamos saberlo todo de la persona que comparte nuestra vida?
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Si bien el inicio me pareció frío, incluso aburrido y poco interesante, según va contando más de sí misma me fue interesando más el texto, uniéndome no a al sentimiento de nostalgia al que recurre Ramis sino al reconocimiento de dicha sensación entre otros: cómo se siente uno al comprobar que no hay casa a la que volver (aunque uno dijera que no quería volver), al ver que uno se siente avocado a ir hacia adelante irremediablemente y sin saber adónde, a una especie de abismo alejado del confort familiar de la infancia, de un recuerdo edulcorado en el que el sol brillaba más, donde las preocupaciones no existían.
Eso, más la pieza del asesinato: un hecho brutal que cambiará la percepción de las cosas, y la propia protagonista pensando en su pasado: el pasado que ha perdido, el pasado de su familia, recordar cómo era su padre y en lo que se ha convertido ahora, la reflexión sobre la madurez, el pasado y los recuerdos.
Las posesiones es probablemente un ejercicio de memoria de una persona que compara lo que imaginaba que se iba a encontrar con lo que es su vida realmente, que ve cómo sus padres acusan el inexorable paso del tiempo y que reflexiona sobre cómo aspectos exteriores afectaron a su familia.
FICHA:
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Gracias a Libros del Asteroide por el envío.
Namaste.

Por otro, Elina, que acaba de ser madre y está pasando por el periodo de aclimatación en su nueva etapa, mientras que ve cómo Ted, el padre de la criatura, se va a alejando poco a poco de ella.
La historia, una novela de apenas 230 páginas, es potente y dura. Una novela que empiezas y no te suelta, en la que, eso sí, abundan los saltos temporales, los cambios de ubicación, frecuentemente entre párrafo y párrafo, por lo que hay que estar muy atento para entender quién es quién en esta historia y qué le va sucediendo a cada uno, algo que en ocasiones resulta complejo.
La narración se fragmenta en dos partes: de un lado, capítulos en segunda persona del singular, en el tiempo real de 1995. Por otro, la investigación posterior, en primera persona, que incluye las rutinas y actividades del autor mientras va consiguiendo información y va desenterrando sus recuerdos.

En este caso, del Molino nos trae una historia casi autobiográfica en la que nos cuenta la vida de su profesor de filosofía del instituto, su decisión de morir dignamente y cómo le marca en la vida del autor.
Lo cierto es que ambas historias tienen mucho en común: una mujer, narradora en primera persona de su propia vida tras un cambio significativo. En el caso de Tránsito, una mudanza tras el fin de una relación sentimental. En A contraluz, una viaje a Grecia. Tanto una como otra incluyen diversos temas, hilos que nos van sugiriendo los secundarios o que la propia narradora se plantea, nuevas situaciones que hacen reflexionar a su protagonista.
Obviamente, las expectativas eran elevadas. Muchos habían sido los que me comentaban lo interesante que era su lectura, lo bueno que era el libro. Quizá mi visión de lo que me iba a encontrar ha perjudicado la lectura en sí, pero bueno, ya sabemos que los lectores somos todo lo que hemos leído y contra eso poco podemos hacer.