El otro día estuve buscando un libro de Madeleine L´Engle, y como sabía que en el pasado leí algo de ella, me puse a pensar en los libros que leí en esa época (más o menos cuando tenía 14 años).
Gran Angular es la editorial del libro
El primero que me vino a la mente fue Los escarabajos vuelan al atardecer, de Maria Gripe, que recuerdo que me lo recomendó Niebla Espesa. Haciendo memoria sé que era un libro de misterio, donde un grupo de chavales trataban de conocer lo que se escondía tras una planta rara y una caja de recuerdos. Me gustó bastante pero no recuerdo mucho más.
De la misma autora leí Agnes Cecilia, y me encantó. Era un libro que trataba sobre un misterio de fantasmas, algo así como si se pudiera franquear la barrera entre el presente y un pasado de hacía décadas, debido al fantasma de una niña que se quedaba atrapada por una muerte violenta. Ahora estoy buscándolo para releerlo.
Después seguí pensando… y llegué a uno que recuerdo que me emocionó hasta la médula. Se trata de Invierno en tiempo de guerra, de Jan Terlouw. Era una historia ambientada en la época de la Segunda Guerra Mundial, donde un soldado yace herido en una cueva. Creo recordar que se enamora de una joven que le ayuda a sobrevivir.
Necesariamente he de citar la colección del Barco de Vapor. Hay muchos interesantes, de los cuales destaco Siete chicos australianos, de Ethel Turner y Eclipse de sol de Albert Lijánov. Ambos historias donde la amistad juega un papel importante, con aventuras en la primera, y problemas amorosos en la segunda.
Portada de uno de los libros de la saga
De aquel momento recuerdo la saga de Flanagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Un detective adolescente que además de enamorarse en cada episodio de la saga resolvía un montón de casos. Entretenía, enganchaba, hacía reír y además te enseñaba muchas cosas.
Un poco después empecé a aficionarme a las novelas de Agatha Christie; después pasé por Arthur Conan Doyle y más tarde me aficioné a la novela negra. Aunque todo esto se merece una entrada propia.
En resumen, la literatura llamada “adolescente” (puesto que en muchos casos es más profunda que algún tipo de novela adulta) tanto antes como ahora, goza de una excelente salud: su calidad es muy buena (en la actualidad no sólo J.K. Rowling, también Laura Gallego son los máximos exponentes de unos autores llenos de imaginación, fantasía y calidad) y se trata de una forma sencilla y entretenida de aficionar a los chavales a la literatura.
Y vosotros, ¿qué libro recordáis de vuestra adolescencia?
Vuelvo hoy con un libro que leí hace un tiempo pero que me gustó mucho. Se trata de un clásico de la literatura escrito en 1865. La historia ya sabéis de qué trata: Alicia es una niña normal y corriente que acaba en un mundo extraño, lleno de paradojas y aventuras.
Alicia tomando el té
El autor es Lewis Carroll, un matemático vivamente interesado por la lógica simbólica, sobre la que había escrito varios libros divulgativos que pretendían acercar dicha materia al público.
A pesar de lo que Disney ha pretendido con su película de dibujos animados, no se trata de una historia para niños. Son abundantes las situaciones hilarantes e ilógicas, los entramados de metamorfosis insólitas de seres y ambientes, los juegos con el lenguaje y con la lógica y las asociaciones oníricas. Todo esto, además del uso del absurdo y de la sátira hacen de él un libro inolvidable.
Quizá pueda parecer que ese mundo extraño es ilusorio, pero en realidad tiene mucho que ver con las cosas que nos rodean. Sin ir más lejos, este libro tiene montones de referencias a la economía: en concreto a las estrategias que buscan las empresas para conseguir el beneficio empresarial.
Recordemos un fragmento de la conversación que mantiene Alicia con el gato de Cheshire.
¿Me podrías indicar, por favor, hacia donde tengo que ir desde aquí?
Eso depende de adonde quieras llegar- contestó el gato.
A mí no me importa demasiado adónde… -empezó a explicar Alicia.
En ese caso, da igual hacia donde vayas… – interrumpió el gato.
Siempre que llegue a alguna parte- terminó Alicia.
¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.
A Alicia le pareció que esto era innegable.
O también un párrafo de los pensamientos de Alicia:
“Lo primero que tengo que hacer”, se dijo Alicia, “es recobrar mi tamaño normal; y lo segundo, encontrar el modo de llegar a mi maravilloso jardín. Creo que ése es el mejor plan”.
Parecía un buen plan, en efecto, y muy cuidadosa y sencillamente trazado: la única dificultad estaba en que no tenía la menor idea de cómo ponerlo en práctica (…)”
Por último os adjunto el vídeo del trailer de la película de Tim Burton que se estrenará en 2010.
Ya para terminar, y porque soy una fan de la serie Lost, he añadido una fila al cuadro que habitualmente incluyo al final de las entradas. Son muchos los libros que figuran y se mencionan en la serie y no quería dejar pasar la oportunidad de mencionarlos.
FICHA:
Te gustará si te gustó
Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll.
Las historias imaginativas y absurdas a la vez.
Pros
El mundo del absurdo que inventa Carroll.
Las conversaciones de los personajes.
Contras
El final.
Referencias de Lost
White Rabbit es el nombre del quinto episodio de la primera temporada.
Throught the Looking Glass es como se llama el final de la tercera temporada.
Hoy cambio radicalmente de estilo de libro y os voy a comentar éste.
Se trata de Tomates verdes fritos en el café de Whistle Stop. No he visto la película, y por ello no tenía ninguna impresión antes de coger el libro.
Portada del libro
La novela trata, paralelamente, de dos situaciones: la de Whistle Stop, una cafetería ubicada en la más profunda Alabama de la época de 1930 y siguientes.
Por otro lado, en la época de 1986, en concreto la situación de una anciana que conoció a todos los personajes de la cafetería y le narra lo que vio a una cincuentona que se topa con ella al visitar a su suegra.
En la cafetería antes mencionada se agolpan muchas personas: temporeros negros, las dueñas de la cafetería, huérfanos… las descripciones no son demasiadas, pero a pesar de que los personajes no son muy profundos, no se hacen simples ni planos. Además se nos narran las penalidades que se sufrieron durante la Gran Depresión, el racismo de la época y la pobreza.
En la época de 1986 (la actual en la época que se escribió), la anciana echa de menos aquel tiempo, en el que a pesar de que no tenían nada, las personas se preocupaban las unas de las otras, como si una gran familia se tratase, aún existiendo diferencias en el color de la piel, la religión y en el carácter. La cincuentona que la escucha es todo un personaje: alguien que vivió según le dictaban las normas sociales y que se da cuenta que su vida ha pasado sin que se enterara: que está casada con un holgazán al que apenas quiere y que no ha hecho jamás nada por su propia voluntad. Aquí os dejo una descripción para que os hagáis una idea:
“De jovencita se había mantenido virgen para que no la llamasen putón; se había casado para que no la llamasen solterona; había fingido orgasmos para que no la llamasen frígida; había tenido hijos para que no la llamasen estéril; no se había hecho feminista para que no dijesen que odiaba a los hombres ni la llamasen tortillera; y nunca se había sulfurado ni levantado la voz para que no la llamasen arpía…”
En resumen, un buen libro para leer en verano, para alternar con otros más densos y largos, que se lee con facilidad y casi de corrido, que te hace sonreír de vez en cuando.
FICHA:
Te gustará si te gustó
La casa gris, de Josefina Aldecoa.
Las normas de la casa de la sidra, de John Irving.
Cambiando de tercio, os traigo un relato recibido del otro lado del Atlántico.
Su autora, una amiga mía: Daniela García. Hablando con ella por el messenger, le dije que tenía un blog. Enseguida pensé en publicar uno de sus relatos. Aceptó.
Sin más dilación, os dejo el primer relato que leí: La espera. Espero que os guste. Namaste.
La espera
Hay una premisa que es indiscutible: Cuando uno llega a una cola es, siempre e indefectiblemente, el último. También dicen que si uno se para el suficiente tiempo en un lugar, la gente empezará a formar detrás suyo, y creo que éste ha de haber sido el caso en un pueblo en donde la gente es perezosa porque no hay nada que hacer.
Cuando llegué, la fila se perdía indefinidamente en una niebla espesa sobre el horizonte.
Qué había al principio o cuántas personas estaban ahí era incierto. Eran tantos como arena hay en la playa que cobija la espuma salada y el rango de visión alcanzaba a contar unos cientos nada más.
Es curioso que en estas situaciones y en un lugar en donde hay aproximadamente 5000 habitantes uno no conozca, nunca, a absolutamente nadie; quizás por eso son tan enojosas las esperas.
Únicamente niebla y gente, ni sol ni estrellas, ni árboles ni casas, sólo la bruma que cubría las ansiedades.
Los más previsores habían llevado consigo botellas de jugo y abanicos para mitigar la opresión de la atmósfera pues nunca se sabe cuánto pueden demorar estas cosas; pero antes de que el péndulo marcara otra hora, ya habían surgido de los confines de la tierra, los vendedores ambulantes que circulaban entre la fila y el gris inquebrantable. Algunos, más equipados, incluso ofrecían bolsas de dormir, pero aún era temprano y pocos se aventuraron a la compra.
Para la hora del té ya había tanta gente atrás mío como adelante y los extremos de la cadena de eslabones humanos se perdían en ambos horizontes.
Adelante, una señora mayor de ojos saltones buscaba con quien entablar conversación, y el que adivino era su marido no parecía en absoluto interesado. Cuando anticipé su intención de voltear 90 grados la cabeza enrulada en busca de aprobación, giré sobre mi eje y observé al tipejo de atrás.
No sé por qué los ancianos, o más específicamente las mujeres ancianas, no pueden controlar el impulso de divagar sobre sus vidas y pesares con completos extraños.
Cuando la última claridad que se filtraba por el áspero manto de niebla se difuminó, me había enorgullecido por descubrir que, cada exactamente 32 segundos, avanzábamos un paso, y me jactaba del descubrimiento con todo el que estuviera alrededor.
El marido de la charlatana de ojos saltones – me las arreglé para evadirla solamente 17 minutos – se mostró complacido con la precisión del comentario y nos entretuvimos largo rato comprobando la veracidad de mi afirmación.
Efectivamente, 32 segundos, un paso. Dijo.
Una coordinación maravillosa, qué burocracia tan esplendorosamente ordenada. Nunca vi algo así, si me preguntan a mí. Acotó ella.
Claro está, nadie se lo había preguntado. El hombre gruñó y desplegó un periódico de importantes dimensiones que había adquirido del vendedor que correspondía a nuestro tramo porque, a las 8 de la noche, todo estaba rigurosamente dispuesto.
No podés leer sin luz. Dijo la señora porque parecía físicamente incapaz de contener la fastidiosa verborrea emanante de sus labios finos.
Ni ellos, el grupo de adelante, ni nosotros, los del medio, sabíamos con certeza lo que había más allá, donde la fila empezaba, pero corrían rumores de que la hilera llegaba hasta la capital del país – a unos 200 Km. – y que había algo esplendoroso, y regalos. La mujer, que aprendí a fuerza de repetición se llamaba Marta, juraba que no podía haber tanta gente sin regalos.
La espera exige paciencia...
Cenamos sándwiches de pollo y luego nos turnamos para dormir en tienditas improvisadas al lado del camino humano. Grupos de a cuatro, tres horas, calculando a cuánta distancia encontrarían a los compañeros. Era una suerte que Juan, 5 lugares atrás, fuera profesor de matemáticas. Los noctámbulos, incluyéndome, nos ocupamos de cazar comentarios errático para convidarlos al resto.
Al llegar el día, idéntico a su predecesor, María, tres lugares adelante, tuvo un ataque de pánico por la espera y aunque encontramos un médico a varias decenas de pasos, la chica dijo que la situación era insostenible y se dio a la fuga. Una parte de todos se marchó con ella.
Había quienes aseguraban que habían estado allí una semana, uno incluso dijo que un hombre, que no se veía desde donde estábamos, había muerto de inanición en la espera porque se había olvidado la billetera.
Con el avance del día, los ánimos decayeron y varios proponían marcharnos, pero luego de tanto tiempo, pocos se atrevían a ceder el lugar.
Fue entonces que noté que adelante, había como mucho, 20 personas y cientos atrás, constantes.
“Hay una escalera” resonó sordo el ruido de las palabras que Marta traía luego de haberse ausentado por una hora – probablemente por socializar con cuanta cosa con boca y ojos hubiera incurrido en el error de mirarla.
Es mecánica. Agregó; y al dato le siguieron 15 minutos de halagos al gobierno, al dios de las escaleras mecánicas y a reflexiones sobre la falta de escalones en época de guerra.
640 segundos después, y claro, 20 pasos, me permitieron ver a lo lejos la escalera de plata irguiéndose colosal y perdiéndose en las nubes.
En el lugar que tanto esperábamos, el principio de todo, no había nadie: sólo los escalones y un cartel que cada 32 segundos exactos se iluminaba con la intimidante orden “suba”.
Marta le rogó al marido ir primero con insistencia innecesaria porque él dijo que sí y sin oponerse ni un instante, suponiendo tal vez y erradamente que de esa forma se ahorraría los 5 minutos de súplicas ininterrumpidas…
Subió él y yo aguardé con más desesperación que paciencia a que se encendiera el cartel que supondría el fin de la espera.
Puse el pie izquierdo primero – por costumbre- y comencé a ascender.
96 segundos después, la escalera seguía su marcha y el esposo de Marta (nunca supe su nombre) se veía más arriba o adelante, porque la escalera no era tan empinada como las regulares ni lo era tan poco como una rampa.
Tieso giró con los ojos que se adivinaban húmedos y con la voz tan fuerte como trémula gritó:
No hay nada arriba.
32 segundos más tarde lo comprendí. Llegó al tope de una escalera titánica que no iba a ningún lado; intentó retroceder pero a medida que se avanzaba el escalón se movía furiosamente al fin.
Me miró, se sacó el sombrero con un guiño y luego cayó a la nada; y el gris, la niebla y el tiempo lo devoraron.
Espantada intenté descender pero no pude: 32 segundos se escaparon entre los dedos hasta ver el último escalón a una muerte segura. «Pobre Marta», pensé.
Hoy he terminado este libro, y tenía ganas de comentaros qué me ha parecido.
Éste es uno de los libros que compré en la Feria del Libro de Madrid, y aprovechando que se encontraba allí el autor me eché una foto con él y estampó su rúbrica en el libro que aparece en la imagen, aunque de eso ya hablé en otra entrada.
Lo primero que me llamó la atención del libro fue el título. Mi abuela solía despedirse con un “Hasta mañana si Dios quiere”, y por eso fue lo primero que me vino a la cabeza (digo solía porque desde que somos vecinos ya ni nos despedimos). Lo segundo que recordé es que había leído muy buenas críticas.
El último libro de Luis García Montero
El autor del libro es Luis García Montero (para los no iniciados: el marido de Almudena Grandes), un poeta que con esta novela se cambia de bando para contar la historia de otro poeta amigo suyo: Ángel González Muñiz.
Reconozco haber leído poca poesía de García Montero, pero lo que leí me gustó. No es enrevesada, forzada (siempre he recordado así a Góngora, ¡yo siempre he sido más de Quevedo!) vamos, que para mí, que no leo poesía, no me fue difícil entenderlo.
García Montero cuenta una biografía, y de las duras, porque Ángel González nació a finales de los años 20, y le tocó lidiar a la edad de 10 años con un episodio traumático de la Historia de España: la Guerra Civil. La pobreza, la muerte, el dolor… pero también la esperanza, las ilusiones, su amor por la literatura. De todo ésto trata la novela y de mucho más. El porvenir de sus familiares, el futuro incierto del propio Ángel… todo escrito en forma de novela, pero con una técnica literaria muy lírica, a medio camino entre un ensayo, una poesía y una novela.
Antes de comenzar a leerlo no sabía qué esperarme. Un poeta que escribe una novela… desconfié. Sin embargo, me bastó el primer capítulo para darme cuenta de que lo tenía entre las manos era de lo mejorcito que había leído. No quiero desvelaros mucho, pero os dejo una muestra:
«El calendario de los sentimientos no admite cronómetros, no responde a un tiempo lineal y sistemático, no arranca las hojas de los días siguiendo un ritmo disciplinado. Después de largos períodos de estancamiento, se producen saltos de una longitud decisiva, distancias pequeñas que abren abismos en las preocupaciones y en los deseos».
Quizá no sea el mejor libro para leer en verano. Pero qué más da. Cuando un libro es bueno, hay que leerlo en cuanto se pueda. Y esta novela es una joya.
FICHA:
Te gustará si te gustó
El Corazón helado, de Almudena Grandes.
Cuatro días de enero, de Jordi Sierra i Fabra.
Pros
La historia atrae. El ritmo no decae en ningún momento.
Los que me conozcáis ya sabréis que Kafka es uno de mis escritores favoritos, por eso voy a dedicar a una de sus obras el segundo de “los indispensables”.
Lo primero que quiero destacar es que el propio autor en su testamento dejó escrito que quería que toda su obra fuera quemada, que jamás saliera a la luz. Sin embargo, su amigo y albacea desoyó el mandato y lo publicó. Y gracias a él podemos disfrutar de uno de los mejores escritores que ha dado la lengua alemana (a pesar de ser checo, su obra está escrita en alemán).
La vida de Kafka fue tormentosa, y esa situación se plasma en su obra. Además de la enfermedad que le acompañó toda su vida, tuvo que soportar a un padre tiránico (fijaos qué de similitudes con Dostoievski) y un elenco de relaciones sentimentales fallidas.
Centrándome en el libro, os diré que trata de un proceso judicial. Nuestro protagonista es detenido, si bien no sabe de qué se le acusa. Además de una constante vulneración de derechos fundamentales, hay un hermetismo judicial que hace que el libro se convierta en un lugar inquietante y agónico. Lo que importa es el camino. Y este es un proceso puro kafkiano: oscuro, complicado, absurdo… y muy interesante.
La soledad, tema recurrente en la obra de Kafka
Al contrario que en otras obras literarias, que cuentan con grandes personajes (Julien Sorel, José Arcadio Buendía, Edmundo Dantés), las novelas de Kafka se caracterizan por dar importancia al escenario en el que se recrea la acción. En muchos casos ni conocemos el nombre del protagonista, ni quién es o qué hace, pero sí cómo se siente, puesto que son recurrentes los temas de la incomprensión, la soledad y el ostracismo.
Para algunos Kafka sea demasiado depresivo (así me lo comentó una amiga), pero me parece que esta lectura no sólo nos abre las puertas hacia la obra de Kafka, sino que es un rayo de luz que enfoca los temas que trata, tan frecuentes en la sociedad que vivimos.
FICHA:
Te gustará si te gustó
La metamorfosis, de Franz Kafka.
La náusea, de Jean Paul Sartre.
Pros
El ambiente kafkiano.
Contras
Para algunos, los temas: la soledad, la melancolía…
Hoy me ha sorprendido el anuncio de la muerte de Frank McCourt, y por eso hoy le voy a dedicar mi entrada.
Si no le conocéis, os informo de que es el autor de la célebre novela Las cenizas de Ángela, una historia autobiográfica que se centra en la infancia del autor.
Los recuerdos de McCourt son tristes y crudos. Nació en Irlanda, en el seno de una familia pobre en la que su padre malgastaba su dinero en el alcohol y en la que su madre trataba de mantener a una familia numerosa como podía. La miseria, el hambre, el pesimismo de la situación en la que se encontraban… todo esto y mucho más es capaz de transmitirlo McCourt con una prosa que no busca dar pena; simplemente lo cuenta de una forma realista, sin caer en el victimismo. El libro es duro, porque expone de una forma cercana la realidad que le tocó vivir: las muertes, la pobreza… a mí me encantó.
Posteriormente, el autor publicó la segunda parte, llamada Lo es donde narra las situaciones por las que le llevó la vida
Portada del libro
a partir de su adolescencia: su emigración a Estados Unidos, sus trabajos itinerantes… también es entretenido, pero no es comparable con la primera parte, quizá porque le falta la inocencia de la infancia que tan bien relata el autor.
En cualquier caso, desde aquí aprovecho para recordar a un escritor que ha sido capaz de doblegar a medio mundo a la melancolía de sus páginas, y aún así recordar el libro con ilusión.
FICHA:
Te gustará si te gustó
El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga
Pros
Cautiva e impresiona.
Los personajes, reales como la vida misma.
Contras
La historia es triste y melancólica.
Qué mejor forma de recordar a un escritor que leyéndole, ¿no creéis?
Hoy os hablaré de uno de los libros que he terminado hace no mucho. Se trata de Seda, de Alessandro Baricco.
Portada del libro
Bajé a la biblioteca y escogí este libro por varias razones: era corto, y me apetecía leer uno no muy largo; además había escuchado en diversas ocasiones que era un libro que merece la pena leer.
El libro trata de los viajes que un comerciante francés realiza para conseguir gusanos de seda. En concreto, de los viajes a Japón y de lo que allí se encuentra. Es un libro muy corto, donde las descripciones son breves y los diálogos apenas inexistentes.
Básicamente es una historia de amor, pero reducida al mínimo, a los huesos, podría decir. Digo esto, porque apenas se nos dan detalles, y cuenta por parte del lector imaginarse qué pasa o qué siente uno o la otra.
Habiendo leído hasta aquí imaginaréis que no me ha gustado demasiado. Habéis acertado. Se trata de un libro que a mi parecer ni siquiera entretiene, porque se queda en el esqueleto y eso le hace perder la gracia. No lo recomiendo, no me parece ni siquiera demasiado entretenido. Lo único que tiene de bueno es que es corto.
Me sorprende que mucha gente opine que es un buen libro, muy bonito y que merece la pena. Es raro, pero últimamente todos estos libros que recomiendan mucho me decepcionan.
Poco más. Para dejaros con la intriga y con un buen sabor de boca, os diré que actualmente me estoy leyendo un libro que me tiene maravillada. No os voy a decir cuál es, pero lo que sí diré es que tendrá su merecidísima entrada en un futuro próximo.
Este libro es uno de mis favoritos, por eso será el primer indispensable en la sección.
El autor, hecho un pincel
Lo primero que tengo que decir es que me encanta Oscar Wilde. Esa mezcla entre sarcasmo, dobles sentidos y matices inteligentes que hacen sonreír al lector lo convierte en un escritor único. Esa genialidad se nota en cualquiera de sus obras (me encantó La importancia de llamarse Ernesto, ¡pero ese comentario da para otra entrada!)
Oscar Wilde fue una persona peculiar. Estudiante de sobresalientes, defensor del movimiento estético (el arte por el arte), socialista anárquico, excéntrico y revolucionario… Wilde fue todo eso y también un mago de la palabra.
Como sabréis, acabó realizando trabajos forzados tras una condena por sodomía, lo cual le marcaría para el resto de su vida. Al abandonar la prisión viajó a París, lugar en el que murió. Cumplió lo que había dicho veinte años antes (tras un desengaño amoroso con una mujer que prefirió a Bram Stoker), que no volvería a Irlanda.
Versión actualizada de Dorian Gray
Centrándome en El retrato de Dorian Gray, os haré un pequeño resumen: un hombre que quiere permanecer
eternamente joven es retratado en un cuadro. Hasta ahí, normal. Sin embargo, la cosa se complica cuando sea el cuadro el que envejezca por él. Lo demás, lo leéis.
Desde aquí os avanzo que es un libro filosófico, donde predomina el hedonismo y la vanidad, pero que no se hace pesado porque el autor es capaz de hilvanar una trama interesante. Es entretenido y ameno y parece mentira que lo sea teniendo en cuenta lo lúgubre en que se transforma en algunos capítulos; ésa es la genialidad de Wilde.
FICHA:
Te gustará si te gustó
El abanico de lady Windermere, de Oscar Wilde.
La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde.
Pros
La forma de hilvanar la trama.
El debate ético de los actos de Dorian Gray.
Contras
No he encontrado ninguno.
Lanzo, de nuevo, una pregunta al aire: ¿Qué libro ha de figurar próximamente en esta sección?
Volviendo a la literatura, hoy hablaré de uno de los libros que compré en la Feria del Libro de este año.
Portada de la novela
Este libro es, como bien dice el título: La caza del carnero salvaje, de Huraki Murakami. El autor es un japonés que me venía persiguiendo hace un tiempo, quizá por Kafka en la orilla (libro atrayente sólo con citar el título).
Total, que dando un paseo por los stands de la feria, lo vi, leí la parte de atrás y lo compré.
Lo primero que llama la atención de esta novela es que ningún personaje tiene nombre (con excepción de Yei, un camarero que apenas aparece tres veces en el libro): el del protagonista ni se menciona, y los demás no tienen más que apodos: “Ratón” o “el profesor Ovino”.
El libro trata de un treintañero algo depresivo que trabaja en una agencia de publicidad. Tras publicar una fotografía para la promoción de una empresa, un grupo de presión del país se pone en contacto con él. Así, comienza una búsqueda por Japón en pos de un carnero que se supone que no existe.
Lo segundo que llama la atención es, en ocasiones, la técnica de descripción que utiliza. Para muestra un botón:
“En 1973, mi socio era un borrachín feliz. En 1976 era un borrachín huraño. Y por fin, en el verano de 1978, andaba tanteando torpemente el pomo de la puerta que conduce al alcoholismo.”
Es una descripción que, aunque nada tenga que ver con Tom Wolfe, al ser peculiar es difícil olvidarse de ella. Además, hay partes muy absurdas (me encantan estas partes…), como por ejemplo ésta:
“Hay sueños simbólicos, y hay una realidad simbolizada por tales sueños. O bien, hay una realidad simbólica y hay sueños simbolizados por tal realidad. El símbolo es lo que podría denominarse el alcalde honorario del universo de las lombrices. En el seno de este universo, no resulta asombroso el hecho de que una vaca ande buscando unas pinzas. Y es probable que, si las busca sin desfallecer, llegue a encontrarlas, más pronto o más tarde. Aunque éste es un problema que no me concierne.
Sin embargo, en el supuesto de que la vaca pretenda hacerse con las pinzas valiéndose de mí, la situación cambian radicalmente. Sucede entonces que me veo forzado a penetrar en un universo regido por una lógica que no tiene nada que ver con la que rige en el mío. Y una vez dentro de este universo de lógica tan diferente, lo más angustioso es que las conversaciones son diálogos inacabables e incongruentes. Le pregunto a la vaca: “¿Para qué quieres unas pinzas?”. Y ella responde “Porque no tengo nada que llevarme al estómago”. Le pregunto: “Si lo que tienes es hambre, ¿para qué necesitas unas pinzas?”. Ella responde: “Oye, ¿acaso no te he dado mi ventilador?”. Y así podríamos seguir por los siglos de los siglos. De modo que, mientras se desarrolla esta conversación insoportablemente absurda, la vaca empieza a parecerme odiosa, y yo le resulto cada vez más antipático. Así es el universo de las lombrices. Para escapar de él no hay más camino que tener otro sueño simbólico”.
En cuanto al tema, el libro es interesante, consigue atraer la atención del lector… al menos dos de las terceras partes de la novela. Una última parte, en concreto la que se sitúa entre nudo y desenlace, es larga y aburrida… además de que da la impresión que el protagonista se pasa el rato comiendo… (¿no os ha pasado a vosotros en otros libros?)
Este animal es uno de los protagonistas
“Por la tarde tomé pan, ensalada y huevos con jamón. Como postre de la cena, melocotón en almíbar.
A la mañana siguiente cocí arroz, y me hice un arroz frito guarnecido con salmón en conserva, verduras tiernas y setas.
Al mediodía descongelé una tarta de queso, y me la tomé acompañada con un té de leche, bastante cargado.
A las tres merendé, helado de avellanas con un chorrito de Cointreau.
A últimas horas de la tarde asé al horno un muslo de pollo, y me lo comí para cenar con sopa enlatada Campbell.”
En resumen: es un libro interesante para empezar a conocer a Murakami, que recuerda al universo de Milan Kundera y Paul Auster, con personajes en búsqueda de lo desconocido. Me quedo con ganas de leer más de él, y por lo que he leído en otros sitios, lo que me espera es muy bueno.
FICHA:
Te gustará si te gustó
La noche del oráculo, de Paul Auster.
Pros
Redacción fresca y novedosa.
Entretiene.
Contras
La traducción posee fallos gramaticales y de sintaxis.