¿Que yo me indigno a menudo? Podría ser. Pero no es por gusto, es porque me obligan las circunstancias.
Leyendo el periódico me encuentro con esto. Os haré un breve resumen, por si no queréis leer el artículo entero.
Un pueblo cordobés. Fuente Obejuna, pretende representar Fuenteovejuna, de Lope de Vega. Todos los vecinos participan: unos cosen, otros montan los escenarios, y otros actúan. Hasta ahí bien. Pero, la Sociedad General de Autores y Editores les exige 32.000 euros. «¿Por qué?», os preguntaréis. Se supone que tras 70 años de la muerte del autor, los derechos de propiedad intelectual son públicos, vamos, que los herederos de Lope no cobran ni un duro. ¡Pero los de la SGAE sí! Argumentan que se trata de una adaptación. Casualmente, el autor de la adaptación, Fernando Rojas, dice que él no es de la SGAE y que no les ha pasado su adaptación a los de la SGAE.
Como contraargumento, la SGAE dice que exigen el dinero de las representaciones de 2004 y de 2006, cuyos autores sí que forman parte de la SGAE. Y esos son los 32.000 euros del ala.
Con la SGAE hemos topado. Con ese grupo de chupópteros que tratan de beneficiarse de trabajos ajenos. Con esos personajillos, encabezados por el Rey del Pollo Frito, que se cuelan en tu boda para comprobar que les has pagado el canon. Con esas personas que se dedican a demandar a cualquier Ayuntamiento de más o menos tamaño para que les paguen 32.000 euros. Con esos impresentables que, ante un concierto benéfico de David Bisbal, pretenden cobrar. Qué paradójico.
¿Qué pinta la SGAE en esto? Que se mete a «proteger» cosas improtegibles. ¿Por qué si compro un CD virgen NECESARIAMENTE presuponen que voy a hacer copias ilegales? ¿Por qué encargar una conexión adsl significa descargarse el e-mule? Tantas son las preguntas… sin embargo, la respuesta es sólo una: por dinero. Porque esta gente no trabaja ni quiere trabajar, porque se inventa cualquier causa para cobrar.
Tratan de proteger al autor… ¿y la cultura? ¿quién la protege? En un mundo en el que los jóvenes cada vez leen menos, en el que abunda la telebasura, donde los adolescentes se ven altamente influenciados por el consumismo… ¡Se penaliza a un pueblo que trata de acercar la cultura al pueblo!
Lanzo una pregunta al aire: ¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando la industria discográfica (sí, recordad, cuando nos vendían 20 canciones cuando realmente queríamos una, aquélla que por llenarse los bolsillos cambiaba cada 6 años de soporte musical) ganaba mucho dinero los de la SGAE no aparecían por ningún lado? ¿Es que entonces no había derechos que proteger? ¿Tiene algo que ver una cosa con la otra? Y aún más: ¿por qué desde el Gobierno se les da manga ancha?
Otro día podemos hablar del canon de bibliotecas, que también da para mucho…
El otro día estuve buscando un libro de Madeleine L´Engle, y como sabía que en el pasado leí algo de ella, me puse a pensar en los libros que leí en esa época (más o menos cuando tenía 14 años).
Gran Angular es la editorial del libro
El primero que me vino a la mente fue Los escarabajos vuelan al atardecer, de Maria Gripe, que recuerdo que me lo recomendó Niebla Espesa. Haciendo memoria sé que era un libro de misterio, donde un grupo de chavales trataban de conocer lo que se escondía tras una planta rara y una caja de recuerdos. Me gustó bastante pero no recuerdo mucho más.
De la misma autora leí Agnes Cecilia, y me encantó. Era un libro que trataba sobre un misterio de fantasmas, algo así como si se pudiera franquear la barrera entre el presente y un pasado de hacía décadas, debido al fantasma de una niña que se quedaba atrapada por una muerte violenta. Ahora estoy buscándolo para releerlo.
Después seguí pensando… y llegué a uno que recuerdo que me emocionó hasta la médula. Se trata de Invierno en tiempo de guerra, de Jan Terlouw. Era una historia ambientada en la época de la Segunda Guerra Mundial, donde un soldado yace herido en una cueva. Creo recordar que se enamora de una joven que le ayuda a sobrevivir.
Necesariamente he de citar la colección del Barco de Vapor. Hay muchos interesantes, de los cuales destaco Siete chicos australianos, de Ethel Turner y Eclipse de sol de Albert Lijánov. Ambos historias donde la amistad juega un papel importante, con aventuras en la primera, y problemas amorosos en la segunda.
Portada de uno de los libros de la saga
De aquel momento recuerdo la saga de Flanagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Un detective adolescente que además de enamorarse en cada episodio de la saga resolvía un montón de casos. Entretenía, enganchaba, hacía reír y además te enseñaba muchas cosas.
Un poco después empecé a aficionarme a las novelas de Agatha Christie; después pasé por Arthur Conan Doyle y más tarde me aficioné a la novela negra. Aunque todo esto se merece una entrada propia.
En resumen, la literatura llamada “adolescente” (puesto que en muchos casos es más profunda que algún tipo de novela adulta) tanto antes como ahora, goza de una excelente salud: su calidad es muy buena (en la actualidad no sólo J.K. Rowling, también Laura Gallego son los máximos exponentes de unos autores llenos de imaginación, fantasía y calidad) y se trata de una forma sencilla y entretenida de aficionar a los chavales a la literatura.
Y vosotros, ¿qué libro recordáis de vuestra adolescencia?
Vuelvo de nuevo con una breve actualización. Y no por falta de ganas, sino de tiempo. Así que seré breve e iré al grano.
“¿A qué viene el título?” Os estaréis preguntando. Recientemente, y por motivos profesionales, me encuentro inmersa en una batalla campal contra determinadas personas que piensan que la ortografía es una cuestión que debió de quedarse en la escuela (¿desde cuándo “inchable” lleva h?)
Quiero puntualizar que todos metemos la pata de vez en cuando (casualmente en el sistema QWERTY la b y la v están muy cerca), pero no me refiero a fallos de ese estilo. Por las prisas y por no releer se nos pueden pasar faltas que no cometeríamos de ser un poco más cuidadosos.
Soy consciente de que en muchas ocasiones lo hacemos intencionadamente: por ejemplo, en los sms soy la primera que trata de sintetizar lo máximo posible, ya sea a costa de h, ll o ch.
¿Quién dijo miedo?
Me refiero más bien a personas (y existen más de lo que pensamos) que ignoran, y lo que es peor, les es indiferente escribir bien una palabra. ¿Ejemplos? Todos los que queráis: no saber distinguir entre “a ver” y “haber”, usar “ha” en lugar de “a”, omitir h, eliminar sistemáticamente las tildes… etc.
Por desgracia, la gente cada vez lee menos. A ésto se suma la influencia de Internet (eso sí que no lo entiendo, ¿nos cobran más por poner más letras?).
Así que esta entrada pretende ser un llamamiento a las personas que se esfuerzan por usar el castellano correctamente. Encontrar un blog que se preocupe por la ortografía parece imposible. Pues no lo es: Azote ortográfico analiza prensa y televisión para demostrar que no somos tan pocos como pensamos.
Aprovechad las vacaciones los que las tengáis, que ya queda menos para septiembre.
Namaste.
P.D. A los estudiantes que buscan un resumen de Don Juan Tenorio o de El retrato de Dorian Gray: ¿no os convendría leer el libro en lugar hacerme una visita diaria? 🙂
Vuelvo hoy con un libro que leí hace un tiempo pero que me gustó mucho. Se trata de un clásico de la literatura escrito en 1865. La historia ya sabéis de qué trata: Alicia es una niña normal y corriente que acaba en un mundo extraño, lleno de paradojas y aventuras.
Alicia tomando el té
El autor es Lewis Carroll, un matemático vivamente interesado por la lógica simbólica, sobre la que había escrito varios libros divulgativos que pretendían acercar dicha materia al público.
A pesar de lo que Disney ha pretendido con su película de dibujos animados, no se trata de una historia para niños. Son abundantes las situaciones hilarantes e ilógicas, los entramados de metamorfosis insólitas de seres y ambientes, los juegos con el lenguaje y con la lógica y las asociaciones oníricas. Todo esto, además del uso del absurdo y de la sátira hacen de él un libro inolvidable.
Quizá pueda parecer que ese mundo extraño es ilusorio, pero en realidad tiene mucho que ver con las cosas que nos rodean. Sin ir más lejos, este libro tiene montones de referencias a la economía: en concreto a las estrategias que buscan las empresas para conseguir el beneficio empresarial.
Recordemos un fragmento de la conversación que mantiene Alicia con el gato de Cheshire.
¿Me podrías indicar, por favor, hacia donde tengo que ir desde aquí?
Eso depende de adonde quieras llegar- contestó el gato.
A mí no me importa demasiado adónde… -empezó a explicar Alicia.
En ese caso, da igual hacia donde vayas… – interrumpió el gato.
Siempre que llegue a alguna parte- terminó Alicia.
¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente.
A Alicia le pareció que esto era innegable.
O también un párrafo de los pensamientos de Alicia:
“Lo primero que tengo que hacer”, se dijo Alicia, “es recobrar mi tamaño normal; y lo segundo, encontrar el modo de llegar a mi maravilloso jardín. Creo que ése es el mejor plan”.
Parecía un buen plan, en efecto, y muy cuidadosa y sencillamente trazado: la única dificultad estaba en que no tenía la menor idea de cómo ponerlo en práctica (…)”
Por último os adjunto el vídeo del trailer de la película de Tim Burton que se estrenará en 2010.
Ya para terminar, y porque soy una fan de la serie Lost, he añadido una fila al cuadro que habitualmente incluyo al final de las entradas. Son muchos los libros que figuran y se mencionan en la serie y no quería dejar pasar la oportunidad de mencionarlos.
FICHA:
Te gustará si te gustó
Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll.
Las historias imaginativas y absurdas a la vez.
Pros
El mundo del absurdo que inventa Carroll.
Las conversaciones de los personajes.
Contras
El final.
Referencias de Lost
White Rabbit es el nombre del quinto episodio de la primera temporada.
Throught the Looking Glass es como se llama el final de la tercera temporada.
Hoy cambio radicalmente de estilo de libro y os voy a comentar éste.
Se trata de Tomates verdes fritos en el café de Whistle Stop. No he visto la película, y por ello no tenía ninguna impresión antes de coger el libro.
Portada del libro
La novela trata, paralelamente, de dos situaciones: la de Whistle Stop, una cafetería ubicada en la más profunda Alabama de la época de 1930 y siguientes.
Por otro lado, en la época de 1986, en concreto la situación de una anciana que conoció a todos los personajes de la cafetería y le narra lo que vio a una cincuentona que se topa con ella al visitar a su suegra.
En la cafetería antes mencionada se agolpan muchas personas: temporeros negros, las dueñas de la cafetería, huérfanos… las descripciones no son demasiadas, pero a pesar de que los personajes no son muy profundos, no se hacen simples ni planos. Además se nos narran las penalidades que se sufrieron durante la Gran Depresión, el racismo de la época y la pobreza.
En la época de 1986 (la actual en la época que se escribió), la anciana echa de menos aquel tiempo, en el que a pesar de que no tenían nada, las personas se preocupaban las unas de las otras, como si una gran familia se tratase, aún existiendo diferencias en el color de la piel, la religión y en el carácter. La cincuentona que la escucha es todo un personaje: alguien que vivió según le dictaban las normas sociales y que se da cuenta que su vida ha pasado sin que se enterara: que está casada con un holgazán al que apenas quiere y que no ha hecho jamás nada por su propia voluntad. Aquí os dejo una descripción para que os hagáis una idea:
“De jovencita se había mantenido virgen para que no la llamasen putón; se había casado para que no la llamasen solterona; había fingido orgasmos para que no la llamasen frígida; había tenido hijos para que no la llamasen estéril; no se había hecho feminista para que no dijesen que odiaba a los hombres ni la llamasen tortillera; y nunca se había sulfurado ni levantado la voz para que no la llamasen arpía…”
En resumen, un buen libro para leer en verano, para alternar con otros más densos y largos, que se lee con facilidad y casi de corrido, que te hace sonreír de vez en cuando.
FICHA:
Te gustará si te gustó
La casa gris, de Josefina Aldecoa.
Las normas de la casa de la sidra, de John Irving.
Cambiando de tercio, os traigo un relato recibido del otro lado del Atlántico.
Su autora, una amiga mía: Daniela García. Hablando con ella por el messenger, le dije que tenía un blog. Enseguida pensé en publicar uno de sus relatos. Aceptó.
Sin más dilación, os dejo el primer relato que leí: La espera. Espero que os guste. Namaste.
La espera
Hay una premisa que es indiscutible: Cuando uno llega a una cola es, siempre e indefectiblemente, el último. También dicen que si uno se para el suficiente tiempo en un lugar, la gente empezará a formar detrás suyo, y creo que éste ha de haber sido el caso en un pueblo en donde la gente es perezosa porque no hay nada que hacer.
Cuando llegué, la fila se perdía indefinidamente en una niebla espesa sobre el horizonte.
Qué había al principio o cuántas personas estaban ahí era incierto. Eran tantos como arena hay en la playa que cobija la espuma salada y el rango de visión alcanzaba a contar unos cientos nada más.
Es curioso que en estas situaciones y en un lugar en donde hay aproximadamente 5000 habitantes uno no conozca, nunca, a absolutamente nadie; quizás por eso son tan enojosas las esperas.
Únicamente niebla y gente, ni sol ni estrellas, ni árboles ni casas, sólo la bruma que cubría las ansiedades.
Los más previsores habían llevado consigo botellas de jugo y abanicos para mitigar la opresión de la atmósfera pues nunca se sabe cuánto pueden demorar estas cosas; pero antes de que el péndulo marcara otra hora, ya habían surgido de los confines de la tierra, los vendedores ambulantes que circulaban entre la fila y el gris inquebrantable. Algunos, más equipados, incluso ofrecían bolsas de dormir, pero aún era temprano y pocos se aventuraron a la compra.
Para la hora del té ya había tanta gente atrás mío como adelante y los extremos de la cadena de eslabones humanos se perdían en ambos horizontes.
Adelante, una señora mayor de ojos saltones buscaba con quien entablar conversación, y el que adivino era su marido no parecía en absoluto interesado. Cuando anticipé su intención de voltear 90 grados la cabeza enrulada en busca de aprobación, giré sobre mi eje y observé al tipejo de atrás.
No sé por qué los ancianos, o más específicamente las mujeres ancianas, no pueden controlar el impulso de divagar sobre sus vidas y pesares con completos extraños.
Cuando la última claridad que se filtraba por el áspero manto de niebla se difuminó, me había enorgullecido por descubrir que, cada exactamente 32 segundos, avanzábamos un paso, y me jactaba del descubrimiento con todo el que estuviera alrededor.
El marido de la charlatana de ojos saltones – me las arreglé para evadirla solamente 17 minutos – se mostró complacido con la precisión del comentario y nos entretuvimos largo rato comprobando la veracidad de mi afirmación.
Efectivamente, 32 segundos, un paso. Dijo.
Una coordinación maravillosa, qué burocracia tan esplendorosamente ordenada. Nunca vi algo así, si me preguntan a mí. Acotó ella.
Claro está, nadie se lo había preguntado. El hombre gruñó y desplegó un periódico de importantes dimensiones que había adquirido del vendedor que correspondía a nuestro tramo porque, a las 8 de la noche, todo estaba rigurosamente dispuesto.
No podés leer sin luz. Dijo la señora porque parecía físicamente incapaz de contener la fastidiosa verborrea emanante de sus labios finos.
Ni ellos, el grupo de adelante, ni nosotros, los del medio, sabíamos con certeza lo que había más allá, donde la fila empezaba, pero corrían rumores de que la hilera llegaba hasta la capital del país – a unos 200 Km. – y que había algo esplendoroso, y regalos. La mujer, que aprendí a fuerza de repetición se llamaba Marta, juraba que no podía haber tanta gente sin regalos.
La espera exige paciencia...
Cenamos sándwiches de pollo y luego nos turnamos para dormir en tienditas improvisadas al lado del camino humano. Grupos de a cuatro, tres horas, calculando a cuánta distancia encontrarían a los compañeros. Era una suerte que Juan, 5 lugares atrás, fuera profesor de matemáticas. Los noctámbulos, incluyéndome, nos ocupamos de cazar comentarios errático para convidarlos al resto.
Al llegar el día, idéntico a su predecesor, María, tres lugares adelante, tuvo un ataque de pánico por la espera y aunque encontramos un médico a varias decenas de pasos, la chica dijo que la situación era insostenible y se dio a la fuga. Una parte de todos se marchó con ella.
Había quienes aseguraban que habían estado allí una semana, uno incluso dijo que un hombre, que no se veía desde donde estábamos, había muerto de inanición en la espera porque se había olvidado la billetera.
Con el avance del día, los ánimos decayeron y varios proponían marcharnos, pero luego de tanto tiempo, pocos se atrevían a ceder el lugar.
Fue entonces que noté que adelante, había como mucho, 20 personas y cientos atrás, constantes.
“Hay una escalera” resonó sordo el ruido de las palabras que Marta traía luego de haberse ausentado por una hora – probablemente por socializar con cuanta cosa con boca y ojos hubiera incurrido en el error de mirarla.
Es mecánica. Agregó; y al dato le siguieron 15 minutos de halagos al gobierno, al dios de las escaleras mecánicas y a reflexiones sobre la falta de escalones en época de guerra.
640 segundos después, y claro, 20 pasos, me permitieron ver a lo lejos la escalera de plata irguiéndose colosal y perdiéndose en las nubes.
En el lugar que tanto esperábamos, el principio de todo, no había nadie: sólo los escalones y un cartel que cada 32 segundos exactos se iluminaba con la intimidante orden “suba”.
Marta le rogó al marido ir primero con insistencia innecesaria porque él dijo que sí y sin oponerse ni un instante, suponiendo tal vez y erradamente que de esa forma se ahorraría los 5 minutos de súplicas ininterrumpidas…
Subió él y yo aguardé con más desesperación que paciencia a que se encendiera el cartel que supondría el fin de la espera.
Puse el pie izquierdo primero – por costumbre- y comencé a ascender.
96 segundos después, la escalera seguía su marcha y el esposo de Marta (nunca supe su nombre) se veía más arriba o adelante, porque la escalera no era tan empinada como las regulares ni lo era tan poco como una rampa.
Tieso giró con los ojos que se adivinaban húmedos y con la voz tan fuerte como trémula gritó:
No hay nada arriba.
32 segundos más tarde lo comprendí. Llegó al tope de una escalera titánica que no iba a ningún lado; intentó retroceder pero a medida que se avanzaba el escalón se movía furiosamente al fin.
Me miró, se sacó el sombrero con un guiño y luego cayó a la nada; y el gris, la niebla y el tiempo lo devoraron.
Espantada intenté descender pero no pude: 32 segundos se escaparon entre los dedos hasta ver el último escalón a una muerte segura. «Pobre Marta», pensé.
Hoy he terminado este libro, y tenía ganas de comentaros qué me ha parecido.
Éste es uno de los libros que compré en la Feria del Libro de Madrid, y aprovechando que se encontraba allí el autor me eché una foto con él y estampó su rúbrica en el libro que aparece en la imagen, aunque de eso ya hablé en otra entrada.
Lo primero que me llamó la atención del libro fue el título. Mi abuela solía despedirse con un “Hasta mañana si Dios quiere”, y por eso fue lo primero que me vino a la cabeza (digo solía porque desde que somos vecinos ya ni nos despedimos). Lo segundo que recordé es que había leído muy buenas críticas.
El último libro de Luis García Montero
El autor del libro es Luis García Montero (para los no iniciados: el marido de Almudena Grandes), un poeta que con esta novela se cambia de bando para contar la historia de otro poeta amigo suyo: Ángel González Muñiz.
Reconozco haber leído poca poesía de García Montero, pero lo que leí me gustó. No es enrevesada, forzada (siempre he recordado así a Góngora, ¡yo siempre he sido más de Quevedo!) vamos, que para mí, que no leo poesía, no me fue difícil entenderlo.
García Montero cuenta una biografía, y de las duras, porque Ángel González nació a finales de los años 20, y le tocó lidiar a la edad de 10 años con un episodio traumático de la Historia de España: la Guerra Civil. La pobreza, la muerte, el dolor… pero también la esperanza, las ilusiones, su amor por la literatura. De todo ésto trata la novela y de mucho más. El porvenir de sus familiares, el futuro incierto del propio Ángel… todo escrito en forma de novela, pero con una técnica literaria muy lírica, a medio camino entre un ensayo, una poesía y una novela.
Antes de comenzar a leerlo no sabía qué esperarme. Un poeta que escribe una novela… desconfié. Sin embargo, me bastó el primer capítulo para darme cuenta de que lo tenía entre las manos era de lo mejorcito que había leído. No quiero desvelaros mucho, pero os dejo una muestra:
«El calendario de los sentimientos no admite cronómetros, no responde a un tiempo lineal y sistemático, no arranca las hojas de los días siguiendo un ritmo disciplinado. Después de largos períodos de estancamiento, se producen saltos de una longitud decisiva, distancias pequeñas que abren abismos en las preocupaciones y en los deseos».
Quizá no sea el mejor libro para leer en verano. Pero qué más da. Cuando un libro es bueno, hay que leerlo en cuanto se pueda. Y esta novela es una joya.
FICHA:
Te gustará si te gustó
El Corazón helado, de Almudena Grandes.
Cuatro días de enero, de Jordi Sierra i Fabra.
Pros
La historia atrae. El ritmo no decae en ningún momento.
Hace un tiempo, quién sabe dónde o cómo, leí un artículo en el que hablaba del bookcrossing. Se trata de una iniciativa cultural que consiste en comprar un libro y dejarlo en un lugar público (“liberarlo”) para que otra persona lo coja y lo lea.
Logo de la iniciativa
También puedes leer las pistas que deja otra persona e ir en su busca. En cierto modo es una forma más global de prestar libros. Por supuesto, en la web podéis comentar lo que os ha parecido el libro.
Así las cosas, y mirando de vez en cuando a ver si podía salir a “cazar” (y comprobando, por ejemplo, que la gente dejaba un libro en una estación de metro alejada de donde yo me encontraba), me olvidé del tema… hasta que uno de sus libros se cruzó conmigo. Lo reconocí enseguida (llevan una pegatina de su procedencia, además de unas instrucciones para ingresarlo en la web) por supuesto lo cogí, y lo leí.
El libro en cuestión se llamaba La niña de la calle, y está escrito por Virtu Morón en base a la biografía de una muchacha marroquí que se traslada a España. Es corto y se lee rápido, aunque como os imaginaréis por el título, en la historia abunda la pobreza, la desdicha y el infortunio.
Os voy a ser sincera: no suelo prestar libros. No porque no quiera, pero la mayoría de las personas que conozco tienen un gusto muy distinto al mío, por lo que en pocas ocasiones me han llegado a pedir uno… 😦
Y sobre pedir prestado… eso lo hago más: Christian con la saga de Harry Potter, Niebla Espesa con muchos de sus libros clásicos (bueno, como si se los pidiera, ¡los cojo y punto!).
Sin embargo, y desde que estoy enganchada (porque es cierto, uno se puede enganchar) a leer todos estos blogs tan interesantes, me entran ganas de leer mucho más. En ocasiones los libros que comentáis son tan infrecuentes que sólo quedan dos opciones: comprarlo o pedirlo prestado.
Por último, y dado que acabo de ver la última película de Harry Potter, os la resumo en una frase: poca magia y mucha hormona.
Los que me conozcáis ya sabréis que Kafka es uno de mis escritores favoritos, por eso voy a dedicar a una de sus obras el segundo de “los indispensables”.
Lo primero que quiero destacar es que el propio autor en su testamento dejó escrito que quería que toda su obra fuera quemada, que jamás saliera a la luz. Sin embargo, su amigo y albacea desoyó el mandato y lo publicó. Y gracias a él podemos disfrutar de uno de los mejores escritores que ha dado la lengua alemana (a pesar de ser checo, su obra está escrita en alemán).
La vida de Kafka fue tormentosa, y esa situación se plasma en su obra. Además de la enfermedad que le acompañó toda su vida, tuvo que soportar a un padre tiránico (fijaos qué de similitudes con Dostoievski) y un elenco de relaciones sentimentales fallidas.
Centrándome en el libro, os diré que trata de un proceso judicial. Nuestro protagonista es detenido, si bien no sabe de qué se le acusa. Además de una constante vulneración de derechos fundamentales, hay un hermetismo judicial que hace que el libro se convierta en un lugar inquietante y agónico. Lo que importa es el camino. Y este es un proceso puro kafkiano: oscuro, complicado, absurdo… y muy interesante.
La soledad, tema recurrente en la obra de Kafka
Al contrario que en otras obras literarias, que cuentan con grandes personajes (Julien Sorel, José Arcadio Buendía, Edmundo Dantés), las novelas de Kafka se caracterizan por dar importancia al escenario en el que se recrea la acción. En muchos casos ni conocemos el nombre del protagonista, ni quién es o qué hace, pero sí cómo se siente, puesto que son recurrentes los temas de la incomprensión, la soledad y el ostracismo.
Para algunos Kafka sea demasiado depresivo (así me lo comentó una amiga), pero me parece que esta lectura no sólo nos abre las puertas hacia la obra de Kafka, sino que es un rayo de luz que enfoca los temas que trata, tan frecuentes en la sociedad que vivimos.
FICHA:
Te gustará si te gustó
La metamorfosis, de Franz Kafka.
La náusea, de Jean Paul Sartre.
Pros
El ambiente kafkiano.
Contras
Para algunos, los temas: la soledad, la melancolía…
Hoy me ha sorprendido el anuncio de la muerte de Frank McCourt, y por eso hoy le voy a dedicar mi entrada.
Si no le conocéis, os informo de que es el autor de la célebre novela Las cenizas de Ángela, una historia autobiográfica que se centra en la infancia del autor.
Los recuerdos de McCourt son tristes y crudos. Nació en Irlanda, en el seno de una familia pobre en la que su padre malgastaba su dinero en el alcohol y en la que su madre trataba de mantener a una familia numerosa como podía. La miseria, el hambre, el pesimismo de la situación en la que se encontraban… todo esto y mucho más es capaz de transmitirlo McCourt con una prosa que no busca dar pena; simplemente lo cuenta de una forma realista, sin caer en el victimismo. El libro es duro, porque expone de una forma cercana la realidad que le tocó vivir: las muertes, la pobreza… a mí me encantó.
Posteriormente, el autor publicó la segunda parte, llamada Lo es donde narra las situaciones por las que le llevó la vida
Portada del libro
a partir de su adolescencia: su emigración a Estados Unidos, sus trabajos itinerantes… también es entretenido, pero no es comparable con la primera parte, quizá porque le falta la inocencia de la infancia que tan bien relata el autor.
En cualquier caso, desde aquí aprovecho para recordar a un escritor que ha sido capaz de doblegar a medio mundo a la melancolía de sus páginas, y aún así recordar el libro con ilusión.
FICHA:
Te gustará si te gustó
El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga
Pros
Cautiva e impresiona.
Los personajes, reales como la vida misma.
Contras
La historia es triste y melancólica.
Qué mejor forma de recordar a un escritor que leyéndole, ¿no creéis?