En la lista de los libros permanentemente pendientes estaba este, Niebla (Austral, 2010) de Miguel de Unamuno. Uno de los típicos títulos que se suelen incluir como lecturas obligatorias en el instituto pero que en mi caso nunca me llegaron a mandar. Escuché que se recomendaba leerlo, fueron pasando los años hasta que lo compré y por fin decidí que este era su momento (en parte porque planeo leer La península de las casas vacías de David Uclés y muchos lo mencionan como influencia clara).
Empiezo para deciros que debo de ser una rara avis pero las ediciones de Austral no me gustan. El exceso de notas al pie me saca de la historia, aclarar determinadas palabras básicas me parece redundante. Sé que su propósito no soy yo como lectora pero qué le voy a hacer si su catálogo es inmenso y no se puede huir de ellos. Intento, cada vez, no prestar atención a los numerillos de marras, pero lo siento, se me van los ojos.
Niebla tiene como protagonista a Augusto, un solterón bonachón que vive con su pareja de sirvientes. Dedicado parte de su vida al trabajo y a la contemplación, su vida cambia cuando conoce a una pianista, o a la imagen ideal que de ella tiene, como veremos más tarde, para pasar a la niebla del amor. A la duda perpetua.
Pero la historia va más allá de una simple trama de amor, ya que lo que se plantea es una historia de espejos, o más bien una historia de metaliteratura, porque entre las dudas de amoríos y existenciales de Augusto, la verdad se revela y se le comunica su existencia puramente literaria, algo que trata de resolver conversando con su autor, en una entrevista interesante y graciosa que nos plantea el vasco.
Esta es la parte verdaderamente importante, la que sale más allá de la trama de amoríos, la que enfrenta a la criatura y a su creador, la que plantea elementos filosóficos y desestabiliza al protagonista, ¿puede decidir el creador cuándo poner fin a la vida de la criatura?
Niebla es lo que esperaba y más, ya que la primera parte también es interesante, plagada de frases que se dedica Augusto y que conversa con su fiel perro Orfeo:
Ésta es la revelación de la eternidad, Orfeo, de la terrible eternidad. Cuando el hombre se queda a solas y cierra los ojos al porvenir, al ensueño, se le revela el abismo pavoroso de la eternidad. La eternidad no es porvenir. Cuando morimos nos da la muerte media vuelta en nuestra órbita y emprendemos la marcha hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que fue. Y así, sin término, devanando la madeja de nuestro destino, deshaciendo todo el infinito que en una eternidad nos ha hecho, caminando a la nada, sin llegar nunca a ella, pues que ella nunca fue.
Página 98
Sin embargo es el tercio final el que le da la importancia que tiene a la historia. El que la saca y la pone como referencia en la literatura: la parte que plantea un juego de espejos donde el personaje puede enfrentarse al creador, donde puede refutar todo lo anterior que sucedió, dudar sobre cada acción del pasado.
Tristísima, dolorosísima había sido últimamente su vida, pero le era mucho más triste, le era más doloroso pensar que todo ello no hubiese sido sino sueño, y no sueño de él, sino sueño mía. La nada le parecía más pavorosa que el dolor. ¡Soñar uno que vive… pase, pero que le sueñe otro!
Página 242
En definitiva, Niebla es una deliciosa historia, con mucha profundidad y que aguanta relecturas, con muchas referencias, y un planteamiento absolutamente genial.
Este es mi recordatorio para que escojáis ese libro que se os resiste sacar de vuestra lista de pendientes y, ahora sí, lo leáis.
FICHA:
| Te gustará si te gustó | – La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca. – Oblómov, Goncharov. |
| Pros | – Capítulos cortos, reflexiva, interesante y amena. – El juego que desarrolla Unamuno en la parte final. |
| Contras | – La edición de Austral. |
Namaste.
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